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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El debilitamiento de la democracia

Lorenzo de Ara
Redacción
sábado, 9 de enero de 2010, 02:49 h (CET)
Pienso, igual que José María Marco, que la democracia es cuestionada, que pierde prestigio, que ya no convence del todo. Y no sólo en Europa, continente que apostó por ella sabiamente desde hace mucho tiempo, sino que ahora, las granes potencias emergentes no quieren oír hablar de un sistema que ofrece síntomas de agotamiento. China en primer lugar, pero también la India, sin olvidar a Rusia, conciben un mundo sin democracia.

¿Es la decadencia de la democracia un serio peligro para Occidente? Naturalmente que sí. La pérdida de estructura física de la democracia hace viable, cada vez más, la pretensión de los grupos terroristas. Y ellos únicamente quieren la destrucción de Occidente.

La democracia está debilitada porque se ha impuesto una cultura cobarde, condescendiente con las opiniones de los enemigos, cabizbaja en el momento en que tiene que dejarse escuchar y, con la misma virulencia, secuestrada por los intereses de algunos sectores de la sociedad: político y económico, principalmente.

En España, por ejemplo, la radicalización del socialismo a manos de José Luis Rodríguez Zapatero, hace peligrar la solidez del sistema. En estos años han sido numerosos los errores, cuando no la deslealtad que el socialismo ha llevado a cabo.

Ante ese panorama, ciertamente desolador, los ciudadanos pueden llegar preguntarse sobre la viabilidad de la democracia. Puede preguntarse si ésta yace en manos de unos señores que lo que hacen es aprovecharse de ella para satisfacer sus propios intereses.

Si la respuesta es que sí, o sea, que unos pocos se acomodan en el poder, destruyendo desde dentro la estructura, la sociedad terminará por darle la espalda al que muchos consideran el menos malo de los sistemas conocidos.

La democracia demuestra que tiene muchas carencias. El sistema depende de los partidos políticos –en España es una evidencia sangrante-.

Que la democracia es imperfecta, se ha vendido como ese mal milagroso que la hace más longeva, pues en la búsqueda de su perfección se trabaja todos los días. Es obvio que el tiempo empleado del verbo trabajar es un error, pues debemos coincidir en que hace tiempo que no se emprende una acción conjunta o solitaria que beneficie a la democracia.

La democracia también es incapaz de dar respuesta a las amenazas exteriores, sobre todo en Europa, empezándose a notar cierto aislacionismo en Estados Unidos, menos agresivo en su política exterior, aún siendo, todavía hoy, la única gran superpotencia a escala global. Ese agotamiento yanqui pone más en peligro la democracia en el viejo continente, y también la seguiridad de Israel.

La democracia se nos muere porque las personas y las instituciones que tienen que trabajar para preservar su correcto funcionamiento se han convertido en el propio mal de esa democracia, hoy huérfana de servidores.

La abstención en las votaciones, -cada vez más recurrente por parte de los votantes, asqueados y hastiados ante tanta mentira, zafiedad y despropósito de los gobernantes y las sospechosas alternativas-, es un llamamiento a la búsqueda de respuestas, y cuanto antes mejor.

2010, amén de ser un año, como lo ha sido el 2009, marcado por la crisis económica, también será un periodo de tiempo en el que la democracia deberá hallar mecanismos apropiados y eficaces para dejar atrás el ostracismo en que se encuentra postrada.

Un dato muy negativo es el que indica que serán nuestros políticos los que en primer lugar tendrán que emprender esa singladura. Sin embargo, la desnutrición de la democracia, así como su precaria salud, se debe en gran medida a la actuación de muchos de esos “servidores públicos”, con sus partidos al frente, responsables y generadores de la falta de liderazgo que la democracia tiene en la actualidad.

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