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Indiferencia

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
sábado, 9 de enero de 2010, 02:24 h (CET)
Sin pudor alguno, como siempre, hemos vuelto a pasar el hito de un nuevo año. A pesar de que el 2009 fue un año infausto que asoló principios y economías, dejando en sus riberas a millones de familias sin recursos, impúdicamente se ha celebrado su ocaso y el amanecer de 2010 tirando auténticas fortunas por el desagüe, entretanto esos y otros millones de personas –vecinos y prójimos- no tenían qué llevarse a la boca. Poco les ha importado a los poderes de siempre el derroche a costa del Erario y los impuestos que todo este circo ha comportado, como un ardite les ha importado a quienes tenían que sus vecinos languidecieran simple y llanamente de hambre.

El hombre es un lobo para el hombre. Poco o nada importa el progreso que alcancemos como especie, cada humano comporta un orden por completo ajeno a los demás humanos: somos fieras para nosotros mismos. “Los niños que han sido buenos recibirán los regalos de Sus Majestades, los Reyes Magos”, proclamaban los periodistas a contrato eventual a los que se les impuso la ordinaria comercial noñería de todos los años. Los hijos de los desempleados no han sido buenos; los hijos de los profesionales independientes, tampoco; los hijos de los pequeños empresarios a los que la crisis inventada por los poderes fácticos han reventado, también han sido malos niños; incluso los millones de niños del mundo que no han comido bien –por simple hambre y por las guerras artificiosas inventadas por Occidente-, no son merecedores de regalos por parte de sus simpáticas Majestades. No; toda esta infinita purrela de chicuelos, sólo han podido participar con ojos de ansiedad y sentimientos envidiosos del festín de los hijos de los especuladores, de los funcionarios o de aquellos que, por suerte, sí tenían un trabajo que les permitió poder regalar a sus hijos un poco de felicidad de plástico. La mentira del Sistema, un año más, se ha verificado sin pudor ni rubor, con una inmoralidad tan memorable que a muchos nos a hecho admitir que merecemos la suerte que tenemos, este dudoso privilegio de ser la especie más cruel del planeta.

Nos hemos acostumbrado a ir a lo nuestro a costa de quien sea, poco importa si en el orden individual o si en el colectivo. Los demás no importan, y tanto menos si son de otras religiones, países o razas. Lo único que nos preocupa es que el infierno no esté ante nuestra vista, que se celebren sus horrores allá lejos, más allá del horizonte, o que los tétricos fantasmas de la miseria y el dolor no se acerquen siquiera a nuestra puerta. Para justificarnos de nuestra insolidaridad, de nuestra indiferencia y de nuestro egoísmo, tenemos una enorme batería de excusas listas para ser disparadas sin piedad contra quien sea, tenemos argumentos que nos parapetan, atenuantes que nos justifican y eximentes que nos mantienen impolutos entre nuestra miseria moral y nuestro cinismo. Si no se hubieran encendido las luces de fanfarria de las ciudades, si no hubieran desfilado por calles y plazas cabalgatas de Reyes Magos y Papás Noeles, y todos esos haberes se hubieran dedicado a los menos favorecidos, a los hambrientos, a los enfermos, a los sufrientes, a quienes estaban tristes o solos, hoy, en 2010, tendríamos lo mismo o un poco menos, pero seríamos infinitamente ricos, felices; pero de felicidad íntima, ésa que no tiene parangón ni puede comprarse o venderse, ni siquiera multiplicarse con juguetes electrónicos o artificios de plástico. Sin embargo, soberanamente hemos optado por ser los que somos, miserables que van a lo suyo y que sólo tienen para sus semejantes más humildes o para sus prójimos condenados al dolor y a la necesidad, una mirada esquiva o una indiferencia cruel y seviciosa. Nuestras autoridades, como no podía ser de otro modo, se han comportado como lo que son, infames profundos que no merecen la dignidad que se les supone, por cuanto se han olvidado con intención de quizás la parte más nutrida de la ciudadanía; pero nosotros, cada uno de nosotros, no somos inocentes.

No; no lo somos, porque hemos sido cómplices de esta fiesta de derroche inútil y de mentira consagrada, pues que sabemos que a nuestros hijos les haríamos más dignos si en vez de contarles mentiras noñas y cuentos cínicos, les hubiéramos hecho partícipes del drama humano, acaso haciéndoles responsables del mundo que heredarán en unos años. Les hemos mentido, adempero, porque decirles la verdad sería también asumirla, y todavía no podemos siquiera soportar nuestro propio reflejo en el espejo.

No somos una especie memorable. No sé si somos la más inteligente del planeta, pero, desde luego, no somos una especie digna de estima, si siquiera merecedora de sí misma. Así es la cosa en lo individual y en lo colectivo, tal y como hemos podido comprobar en la Pascua Militar, en la que hemos sido nada más que voceros de Mabus, corifeos de súbditos del Imperio, dibujando pánicos que no existen para justificar nuestra participación mercenaria en guerras atroces e injustas en los confines de nuestro conocimiento. Vale todo, cualquier excusa, cualquier desvarío de cualquier infeliz o cualquier desesperado para invadir un país e instalar en sus fronteras el infierno, para llevar la desolación a sus campos y ciudades, y exterminar a sus civiles con esos oportunos errores tan frecuentes. Ningún país invadido ha experimentado el menor progreso, y sí una multiplicación del odio hacia los invasores, hacia estos nosotros que, entre carrozas orladas de luces y dineros derrochados entre los que más tienen, establecemos la mentira y el cinismo de generación en generación, sin duda formando a los mentirosos que mañana se ampararán en un loco o en un desperado para llevar a sus países el regalo mágico del horror. Después de todo, el dolor de nuestros semejantes menos afortunados nos es indiferente. De preocuparnos para algo, sin duda es para hacer negocio, aún a costa de sus vidas.

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