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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

El 11 de septiembre de Obama

David S. Broder
David S. Broder
viernes, 8 de enero de 2010, 23:46 h (CET)
WASHINGTON - ¿Fue el Día de Navidad de 2009 el mismo tipo de toque de atención a Barack Obama que fue el 11 de septiembre de 2001 para George W. Bush?

La chapuza de un pasajero que volaba con destino a Detroit con planes de volar por los aires un aparato comercial estadounidense parece haber impresionado a este presidente tanto como los ataques contra el World Trade Center y el Pentágono al último.

Ambos presidentes habían recibido un montón de advertencias en forma de amenazas anteriores y hasta de incidentes. Sin embargo, ambos fueron pillados totalmente desprevenidos por los acontecimientos: Bush leía a una clase de chavales; Obama de vacaciones familiares en Hawai.

Bush reaccionó con ira y la determinación de castigar a las personas que causaron el caos. Obama estaba igual de enfadado, pero una buena parte de su enojo se dirigía a los miembros de su propia burocracia de Inteligencia, que dijo habían pasado por alto abundantes pistas y no frustraron el ataque. Al igual que Bush, Obama prometió ver que las consecuencias también llegaban al país extranjero que alumbró el complot - Afganistán hace ocho años, Yemen hoy.

Por ahora, estamos llevando a cabo una guerra a distancia en Yemen, pero eso puede cambiar. Los colaboradores locales de Al-Qaeda deben aprender que atacar al Tío Sam desde sus bases conlleva un precio que deberán pagar.

La pregunta más importante es cómo afecta esto a la forma de pensar a largo plazo y las prioridades del nuevo presidente. Antes del 11S, la agenda de Bush consistía sobre todo en un grupo de bajadas de los impuestos y un ambicioso programa educativo (No Child Left Behind), ambos destinados a superar sin problemas el trámite de un Congreso complaciente.

Obama, por otra parte, llegaba al día de Navidad con un conjunto desbordado de tareas autoimpuestas. Rebajaba una guerra heredada en Irak y ampliaba otra en Afganistán. Estaba renegociando nuestras relaciones con las demás potencias del mundo e intentando contar con su ayuda a la hora de confrontar a los regímenes disfuncionales de Irán y Corea del Norte. Y a la vez, a nivel nacional, estaba siendo presionado para rescatar una economía en baja forma al tiempo que influenciaba a un Congreso remiso pero aliado para aprobar cambios polémicos y ambiciosos en la sanidad, el control del clima y la regulación financiera.

Que Obama estableciera una nueva prioridad, obviamente, sería mucho más difícil de lo que parecía ser para Bush. Y esta nueva prioridad sería mucho menos cómoda de encajar para Obama de lo que liderar una guerra contra el terror fue para Bush.

Sin embargo, los acontecimientos tienen su propia lógica. La trama de Navidad parece haber sacudido a Obama más que nada de lo sucedido en su primer año. Cuando dejó que la Casa Blanca citara su advertencia a sus colegas del Gabinete de que otra "chapuza" como esa no iba a ser tolerada, pareció indicar que su estilo de liderazgo buenista había tocado techo.

Muchos vienen buscando un cambio de tono parecido en sus relaciones con los dictadores de Irán y Corea del Norte e incluso en su tolerancia a las maniobras políticas de muchos congresistas Republicanos y algunos Demócratas.

Todavía no conocemos las consecuencias de este suceso sobre Obama y su gobierno. Pero no me sorprendería que fueran enormes.

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Una muerte accidental y dos jubilaciones han silenciado la voz de tres de mis colegas más admirados.

Deborah Howell, defensora del lector hasta el año pasado en The Washington Post y editora del St. Paul Pioneer Press años antes, era un espíritu alegre, apasionadamente dedicado al periodismo y la integridad, y una camarada de inextinguible entusiasmo por la política. Murió muy joven en un accidente de tráfico estando de vacaciones en Nueva Zelanda.

Ellen Goodman, del Boston Globe, se jubila como columnista. Sus ensayos eran únicos en su tono personal y su sentido común; nunca había que preguntarse qué opinaba Ellen y era una delicia descubrir la forma en que argumentaba sus ideas.

Jim Hoagland, el gran columnista de exteriores del Post que también finalizaba su sindicación la semana pasada, fue un modelo de la forma correcta de dominar la profesión: acudir hasta la noticia y contar con la confianza de los jugadores en esos lugares. Con gran frecuencia a lo largo de una dilatada carrera fue Jim quien descubrió la noticia.

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