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Locomotora de Europa (y II)


Luis del Palacio


Luis del Palacio Luis del Palacio
martes, 5 de enero de 2010, 20:36
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Referirse, en general, al “carácter alemán” sería tan tonto como tratar de equiparar al francés con el chauvinismo o al español con la siesta. La generalización, en la que todos caemos alguna vez, suele ser una torpeza de la que nos resentimos, y no aporta nada al entendimiento entre los pueblos. Es curioso comprobar cómo, en plena globalización, cuando todos creemos saber todo de todos, el estereotipo sigue predominando a la hora de hacernos una idea de nuestros congéneres… y no sólo de los que viven en los antípodas.

En mi anterior columna, traté de hacer ver por medio de dos ejemplos bastante significativos en cuanto al funcionamiento interno de un país (transportes y comunicaciones e impuestos de dudosa justificación) que ese epíteto con el que nos machacan los oídos tantos comentaristas y políticos (“locomotora de Europa”) cuando se refieren a Alemania, no es más que un bobo lugar común: este país, admirable en muchos aspectos, atraviesa desde hace años una profunda crisis, que no es tanto económica como de ideas sobre la manera de avanzar como nación.

La reunificación alemana, producida tras la caída del Muro de Berlín en 1989, fue un hecho histórico glorioso, pero trajo consigo una enorme carga de problemas, sólo equiparable a la que tuvo que atravesar Alemania para rehacerse tras su derrota en la II Guerra Mundial. Este hecho tiene hasta la fecha innegables repercusiones económicas sobre la población, como el impuesto “Solidaritätszuschlag” (este sí justificado) que grava al contribuyente medio con una tasa de unos 60 euros al mes, pero también algo mucho más sutil, inasible y serio como es la lentísima integración de los antiguos ciudadanos (más bien, ex súbditos) de la antigua República Democrática Alemana en el conjunto nacional. Han pasado veinte años desde aquella efeméride, y no son pocos los que se preguntan si, después de todo, aquello fue tan positivo como parecía. Esta duda, algo egoísta, se produce en ciertos sectores de la clase trabajadora que han visto mermadas sus posibilidades, tanto en lo económico como en las propias prestaciones de la Seguridad Social, modélicas hasta la última década del siglo XX, pero que han sufrido profundos recortes en los pasados dos lustros (una de las más notables fue la cancelación de las guarderías para niños menores de un año, que suponía una gran ayuda a las madres con responsabilidades laborales)

Otro varapalo reciente para la sociedad alemana ha sido comprobar cómo su sistema educativo hace aguas; y en un intento de que no se vaya a pique, se han dispuesto medidas para frenar el descenso vertiginoso de la calidad de la enseñanza y el aumento del fracaso escolar. El demoledor informe PISA del año 2003 (Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes), mostró que “la locomotora” renquea en lo que atañe a la formación técnica y humanística de sus jóvenes, al situarla en los puestos 20, 17 y 15, dentro del conjunto de países de la OCDE, en los apartados correspondientes a comprensión de la lectura, cultura matemática y cultura científica. Y parece que, de momento y a pesar de los intentos, no se han logrado los resultados apetecidos; aunque se haya sometido a los docentes al trabajo extra que supone la elaboración y corrección de tests semanales, ya que para los alumnos se han convertido en una mera rutina y ha desaparecido el “temor a los exámenes” y el esfuerzo que conlleva prepararlos.

Otro botón de muestra de la situación general que vive la República Federal Alemana es la crisis de ciertas industrias, como la de del automóvil, que, aun siendo todavía puntera, acusa desde hace años un debilitamiento que se ha hecho palpable en marcas como Mercedes, cuya plantilla de trabajadores lucha a la “manera teutónica” (es decir, sin huelgas y sin poner zancadillas a la empresa) para que no se mermen sus puestos de trabajo.

“La locomotora”, pues, tiene problemas técnicos bastante graves; pero existe en el aire un deseo de que no se pare, de reparar cuanto antes las averías, y en eso sí se ve una clara diferencia con nuestro propio carácter.

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