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Etiquetas:   Cristianismo originario   -   Sección:   Opinión

Los tres Sabios reconocieron la Luz en el pesebre de Belén

José Vicente Cobo
Vida Universal
lunes, 4 de enero de 2010, 06:38 h (CET)
Cada año en Noche Buena conmemoramos el nacimiento de Jesús, que en el Reino del Eterno es el Corregente del cielo, pero hoy queremos referirnos a esas personas que hace 2000 años se sintieron atraídos por ese gran acontecimiento. No fueron sólo pastores, sino que también acudieron unos sabios de oriente a los que conocemos como los Reyes Magos. También ellos estaban unidos con las fuerzas cósmicas y reconocieron en las constelaciones estelares los signos del gran acontecimiento que les hizo ponerse en camino. Se encontraban de camino con camellos y asnos y seguían inequívocamente las estrellas en el cielo, que les marcaban el camino hacia Belén.

En el libro de manifestación “Esta es Mi Palabra” de la colección Vida Universal leemos que los tres Sabios estaban siguiendo las estrellas tan afanados, que se olvidaron de repostar y dar de beber a los animales. Entonces desapareció la estrella de sus miradas. De pie, miraron en vano fijamente y en su consternación se miraban unos a otros. Entonces se acordaron de sus camellos y asnos y se apresuraron a quitarles su carga para que pudieran descansar. Había allí cerca de Belén, un pozo junto al camino y al inclinarse para sacar agua para sus animales, he aquí que la estrella que habían perdido se reflejó en la tranquila superficie del agua. Y al ver esto, se llenaron de gran alegría. Y glorificaron a Dios, que les había mostrado misericordia precisamente cuando se comparecieron de sus animales sedientos. Y habiendo entrado en la casa, hallaron al niño con María, su madre, y postergándose Lo adoraron y abrieron sus tesoros y extendieron sus dones ante Él: oro, incienso y mirra.

Los sabios que venían de oriente seguían a una estrella, a la que también llamamos la estrella de Belén. A lo largo de la historia de la humanidad siempre han existido personas orientadas hacia el interior, para dar gusto a Dios en la oración y con su vida. Sintiendo que la vida interna es el amor de Dios, el orden de Dios y la voluntad de Dios. Si no ponemos orden en nuestra vida, si no cumplimos la voluntad de Dios, no nos volveremos sabios. La vida interna en el cumplimiento de los mandamientos de Dios, nos abre a nosotras las personas la conciencia para la comunicación interna con el Eterno. La Luz eterna, que ilumina todo el firmamento vive como esencia y fuerza en cada uno de nosotros, en cada alma. Jesús de Nazaret enseñó a las personas: "El Reino de Dios está contenido en vosotros". Es decir, que el gran Espíritu, la ley eterna del amor, la luz, que es la vida eterna y la sabiduría divina, está en las profundidades del fondo de nuestra alma como luz, fuerza y conducción.

Los sabios de oriente, seguramente habían seguido el camino paulatino del cumplimiento de los Mandamientos de Dios. Su conciencia se había ampliado. Habían alcanzado la comunicación con el Ser cósmico, que es Dios. Ellos eran conscientes de que todo, pero absolutamente todo, se encuentra como esencia y fuerza en ellos y que en todo lo que ven y lo que no ven irradia el amor y la sabiduría de Dios. Conmemoremos a los hombres sabios en el pesebre de Belén. Justamente porque estaban cada vez más en unión con Dios, estaban en condiciones de sentir que allí, en Belén, ocurría algo grandioso. Quizás alguno de ellos intuía que ese niño recién nacido se trataba del corregente del cielo encarnado, que en el pequeño cuerpo humano irradiaba la gran conciencia de Uno-Eterno. Y alguno de ellos percibía: con este Niño ha venido algo al mundo que cambiará las almas de las personas, es decir que les dará luz incrementada. Y seguro que más de uno de ellos rezaba diciendo: "Señor, que cada vez más personas capten que ha venido la gran luz del Eterno al mundo, para llevar de vuelta a las almas a la casa del Padre.”

Justamente fueron los pastores y astrólogos, los primeros que reconocieron el gran acontecimiento cósmico que comenzaba en Belén. Ellos eran personas que vivían en la unidad con la naturaleza y los animales. ¿Pero cómo es con nosotros, vivimos también en la unidad? ¿Seguimos la estrella de Belén o nos dejamos deslumbrar por las luces falsas de este mundo? ¿Qué podemos hacer para encontrar la luz del Cristo de Dios en nosotros y dejarnos conducir por él hasta el final de nuestros días, para que también nosotros podamos encontrar de nuevo la luz, la luz eterna, después de nuestra muerte física?

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