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El comodín del terrorismo

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
sábado, 2 de enero de 2010, 13:40 h (CET)
Sé que algunas almas sensibles pueden sentirse heridas por mis creencias particulares acerca de lo que es y cómo se usa el terrorismo por los poderes; pero no puedo evitar reunir información, atar cabos, colegir que bien pudieran ser estrategias del poder y, más allá de informaciones recibidas un tanto incomprobables, sacar conclusiones. Lo sorprendente, así en la cuna del Imperio como en la misma España, es que el terrorismo suele aparecer casi siempre en los momentos cruciales en que la atención ciudadana se centra en los desastres gubernativos. Recordarán los lectores las constantes alarmas terroristas en los EEUU después de los atentados del 11-S, los supuestos ataques frustrados y jamás demostrados, los polvitos de talco de las cartas de correos, las células islamistas y todo eso que derivó en el Estado policial que viven, como sin duda serán conscientes de que cuando la cosa se pone cruda en España por la cosa del paro, de la alarmante pérdida de votantes potenciales por parte de quien ostenta el poder o de la mayor incidencia de la crisis económica y la inutilidad de las acciones emprendidas por el Gobierno, como por arte de birlibirloque, ¡ale hop!, aparece ETA, una célula islamista que pretende matar indiscriminadamente o cosa por el estilo.

En la última encuesta del CIS, entre los pánicos ciudadanos quedó relegado el terrorismo a un lugar de discreta inquietud, siendo antecedido en el pánico y la indignación social por el desempleo, la corrupción o el desmadre de la clase política, y, ¡oh, misterio!, ahí tenemos el ulular de alarmas con que el Ministerio del Interior nos pone en guardia frente a inmediatos terribles atentados, secuestros y tal. A mí, todo esto de las casualidades, qué quieren que les diga, pues como que me caen muy mal y me hacen tener la mosca tras de la oreja, especialmente cuando las alarmas provienen de aquellos que están haciendo justito, justito, lo que no se debe, como no se debe y cuando no se debe, y tanto más cuando no dejan de echarse encima a numerosos colectivos gracias a su desquiciada legislatividad coercitiva o prohibitiva.

En el Premio Planeta de 2008 muchos fueron los que creyeron que iba a ganar el premio una novela mía presentada bajo el lema El Lazo Infinito y con el pseudónimo de Jacob Zhorn, en la que, precisamente, trato este tema del terrorismo: negociación con los terroristas, uso de las organizaciones terroristas como instrumento de los Estados e incluso la manipulación por parte de los poderes de los grupos terroristas. Una novela que no ganó no por falta de méritos –además de quedar tercera, en algún medio de comunicación fue proclamada vencedora, atribuyénsela erróneamente su autoría al ganador de aquella convocatoria, Fernando Savater-, seguramente porque estos críticos consideraron políticamente incorrecta mi obra, además, claro, de que ya se sabe que los premios literarios de tal magnitud retributiva suelen estar concedidos desde mucho antes de su convocatoria. No; no gane, no sólo porque soy un autor tan libérrimo como políticamente incorrecto que no tiene pelos en la pluma para graficar sobre asuntos políticamente incorrectos, sino también porque soy un personaje incómodo para esos poderes y para los que rezan en lo oscuro, sobre suelos ajedrezados. No es cuestión de calidad –pueden bajarse gratuitamente mis obras editadas de mi web para verificarlo por sí mismos-, sino de lo que creo, escribo y difundo. La censura, para quienes no se han enterado todavía, sólo cambió sus maneras, pero nunca dejó de funcionar a todo tren, y, sí, existen listas negras de autores marginados forzosamente por instrucciones recibidas de la superioridad. En su lugar, ahí tienen los listados de triunfadores, y podrán comprobar que habitualmente obtienen los laureles personajes complacientes con los poderes. En fin, que quien tenga ojos para ver, que vea… si quiere, por supuesto.

Una lástima porque es una novela memorable no sólo por su calidad, sino porque muestra y demuestra la instrumentalización del terrorismo y la implantación de la Política del Miedo como herramienta de control social. Una novela que pondré muy pronto a la venta con su verdadero título, Lemniscata, y que podrá estar al alcance de mis lectores tanto en mi web como las librerías.

Desde mi punto de vista, el terrorismo es una suerte de comodín que puede ser usado en cualquier baza. Naturalmente, es posible que los terroristas –que los hay y lo son- tengan el don de la oportunidad, pero es particularmente sospechoso que siempre actúen en momentos clave que desvían la atención ciudadana del desastre que concierne a la mayoría para centrar su atención en sucesos con mucho ruido y –perdónenme quienes pudieran verse afectados- pocas nueces. Me sorprende, en fin, que se tenga tal grado de información y de infiltración en las organizaciones terroristas y que no se termine con ellas de una vez por todas, como me sorprende que siempre se capturen camellos y hasta capos de la droga, pero rara vez o nunca a los que la importan, que no deben ser difíciles de localizar por cuanto mueven miles de millones de euros en sus tráficos, además de que nunca, bajo ningún concepto, sin importar el imponente volumen del alijo que pudiera ser aprehendido, se desabastezca el mercado. Raro, muy raro, como decía aquél.

En fin, que las alarmas de quienes suelen decir poco la verdad me parecen como los juegos de los prestidigitadores, que te mueven la mano izquierda para ocultar que mientras, con la derecha, te están guindando la cartera. Un juego extremadamente cruel por el dolor que conlleva, pero juego de control, al fin y al cabo. El poder, después de todo, es inmune e indiferente al dolor ciudadano porque sólo procura sostenerse a sí mismo, es autosuficiente. Mucho es lo que se mueve gracias a todo esto, desde tecnología y recursos económicos a control de la opinión social, y ya se sabe que donde hay un duro, hay una mafia. Puede que mi opinión personal sobre estos asuntos esté equivocada y que sea un simple conspiranoico que ve intrigas palaciegas donde no las hay, o puede que no. Lea, si puede y quiere, Lemniscata, y, después, si lo desea, lo comentamos de nuevo. A lo mejor no es sólo una opinión.

Diciembre 2009
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