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La alegría vacía

Wifredo Espina
Wifredo Espina
@wifredoespina
sábado, 2 de enero de 2010, 13:30 h (CET)
¿Y si llenáramos de algo esta alegría vacía? Esta alegría del ruido de los petardos sin sentido, de los brindis rituales con champaña, de las obligadas sonrisas postizas, del bailoteo porque sí, de las campanadas que se van no sabemos donde y de las felicitaciones sin alma.

Este traspaso del año viejo al año nuevo ha sido más insulso y tristón que otras veces. Con menos alegría de verdad. Con un simulacro de alegría. Una alegría plastificada. Una alegría de mentira. Una alegría vacía.

Se ha cumplido el ritual, claro. Pero, quizás como nunca, con una liturgia sin significado, sin contenido. Como aquellas letanías que se rezaban de corrido y sin saber lo que se decía. Había que rezar. Cuantas veces, en las liturgias cívicas, oficiamos sin vocación, sin ganas, porque toca, quizás odiando a los dioses que nos mandan hacerlo.

Esta vez, seguramente, se ha notado más. De la preocupación no se puede exprimir zumo de esperanza. De la tristeza no es posible alumbrar rayos de alegría. Pasamos un tiempo en que van mal las cosas del cuerpo y las del espíritu. Entonces salen predicadores a cada esquina, subidos a taburetes hechos de la nada, augurando Apocalipsis y clamando por la pérdida de unos valores que no saben concretar. Son, también, sermones vacíos.

Y, sin embargo, habría que llenar de algo sustancioso esta alegría vacía, que teatralizamos sin convicción ni vocación cada vez que el calendario pinta de rojo una fecha. Como ha ocurrido en la noche vieja. Como está ocurriendo ya hace demasiadas noches y días viejos...y nuevos.

A modo del ya gastado “!buen año nuevo!”, podríamos empezar a llenar esta alegria vacia, que nos embarga, con una oportuna reflexión del malogrado escritor Miret Magdalena, que nos invita a superar las contrariedades y buscar la felicidad.

Nos recuerda Miret que el gran pensador francés André Maurois decía que "hay que tratar las catástrofes como molestias y jamás las molestias como catástrofes", porque, como afirmaba Tolstoi, "la felicidad no depende de acontecimientos externos, sino de cómo los consideremos".

Podríamos empezar a llenar nuestra alegría vacía con esta actitud positiva y superadora, que no surge del ruido de las cosas sino de las cosas del espíritu. Un valor elemental para la vida.

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