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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Algo bueno y algo podrido

David S. Broder
David S. Broder
lunes, 28 de diciembre de 2009, 08:28 h (CET)
WASHINGTON -- El proyecto de reforma sanitaria que sale del Senado plantea un verdadero dilema a la audiencia: ¿cómo se aplaude mientras tienes que taparte la nariz por el hedor que despide?

Tiene tanto de malo -- y la forma en que se hizo -- y, al mismo tiempo, tanto de bueno que el estupor y la desesperación son inevitables.

En calidad de alguien que cubrió la lucha de los Clinton hace cinco años por aprobar una reforma sanitaria y que escribió un libro deliberadamente largo en torno a su fracaso a la hora de por lo menos someter su reforma a votación en un Congreso Demócrata, estoy atónito ante la perspectiva de que un proyecto de ley así pueda estar superando los trámites hasta la Casa Blanca.

Cuando se implante dentro de unos años, promete dar acceso a la misma atención que tienen sus vecinos más afortunados y asegurados hasta a 30 millones de hombres y mujeres que hoy conviven con el miedo a caer enfermos o a una hospitalización que conduzca directamente a su ruina financiera.

Seis décadas después de su muerte, uno de los pilares del Four Freedoms de Roosevelt quedará, después de mucho, casi garantizado para casi todos los estadounidenses.. Y la vergüenza de esta sociedad rica que tolera la negativa de la atención a sus propios ciudadanos quedará redimida casi por completo.

¡Pero Dios bendito, qué cantidad de vergüenza ajena acompaña a esta sensación de satisfacción! Lo que debió de haber sido un momento de orgullo para el Senado de los Estados Unidos, comparable a la aprobación de la seguridad social o las primeras leyes de derechos civiles, fue en su lugar una aberración de compadreo político de baja estofa -- retórica rabiosa y acuerdos a puerta cerrada.

Todo el mundo tiene parte de culpa. Empezando con los 40 Republicanos, al no estando dispuesto ninguno a romper la disciplina negativista de partido y ofrecer un entorno de trabajo sostenible en una iniciativa legislativa rigurosa.

Pero hasta esos Republicanos inclinados inicialmente a hacer eso -- y fueron unos cuantos -- fueron condenados por la Casa Blanca y los líderes Demócratas del Senado, que nunca se molestaron en mirar más allá de las filas Demócratas.

Obligado a negociar cada voto entre los 60 de su Comité, el secretario de la mayoría Harry Reid hizo lo que hace normalmente: redujo las negociaciones a su propio nivel de moralidad negociadora. Incapaz de aunar los esfuerzos de sus colegas en torno a la gobernación, hizo negociaciones tan burdas y parroquiales como lo fueron en apariencia -- envolviendo un logro histórico en intereses privados y mecenazgo.

La mancha se extendió a todo el proyecto. El estudio de la Universidad de Quinnipac dado a conocer esta semana concluye que la mayoría por un margen del 53 al 36% desaprueba la legislación y la mayoría abrumadora -- el 73% frente al 18% -- afirma no creer que, como se promete, reduzca el déficit presupuestario futuro. Se convierte ahora en la responsabilidad personal del Presidente Obama reforzar las provisiones de ahorro del gasto y presentarlas bajo una luz más favorecedora. Dos de ellas son vulnerables al ataque cuando el proyecto vuelva a la sesión con la Cámara en enero. A los Demócratas de izquierda no les gusta que la Comisión independiente contenida en el proyecto del Senado tenga competencias para imponer medidas de ahorro en Medicare y el sistema privado de salud. Y los sindicatos no aceptan el plan del Senado de gravar los seguros más caros.

Obama no ha intervenido de manera decidida mientras el proyecto ha ido superando los trámites en la Cámara y el Senado, pero ahora es hora de actuar.

Ayudaría mucho que se dirigiera personalmente a esos pocos Republicanos todavía dispuestos a mejorar el proyecto en lugar de hundirlo. Y ayudaría aún más que reprendiera a los Demócratas forzando la anulación de algunos de los acuerdos más impresentables que hicieron para comprar votos por el camino.

El país celebraría incluso unas pocas señales de que esta legislación cuenta con el apoyo bipartidista.

A continuación aplaudiríamos su aprobación final, y podríamos dejar de taparnos la nariz.

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