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La educación moral

Francisco Arias Solís
Redacción
domingo, 27 de diciembre de 2009, 12:34 h (CET)
La conciencia moral no se “fabrica” a partir de los siete años, es decir, de lo que se ha dado en llamar “la edad del uso de la razón”. La educación moral y la educación a secas comienzan en la cuna. Algunos padres se sobresaltarán ante una afirmación tan sorprendente.

Es corriente encontrar en nuestro medio ambiente conceptos que se fundan en tradiciones cuasi primitivas. Es sabido que en la mayor parte de la culturas antiguas y aun en nuestros días en los poblados donde persisten ritos arcaicos, hasta los seis años el niño vive exclusivamente en el gineceo, es decir, se le confía a las mujeres. A los seis años comenzará la verdadera educación, aquella en la que intervienen los hombres.

Los desarrollados de la psicología moderna han demostrado que la educación moral tenía otras bases distintas de la integración de las normas de grupo o la afirmación muscular de sí en combates contra sus iguales o contra sus mayores... y que estaba fundada sobre otros aprendizajes, muy anteriores, ligados a la maduración del sistema nervioso y a las primeras relaciones con el medio ambiente.

Educar es aprender a controlarse, a socializarse, a respetar a los demás, es ante todo enseñar al niño a tolerar, a soportar ciertas frustraciones.

El niño no puede hacerlo todo. En la educación más liberal que se pueda imaginar seguirá habiendo un cierto número de frustraciones inevitables. Decir que “no” al niño es ya frustrarle con la realidad, con lo que existe y que no es él, pero con lo que tendrá necesariamente que tener en cuenta.

Esta “experimentación de la realidad” es necesaria. De su capacidad de tolerar la frustración dependerá en efecto la fuerza de su Yo, su resistencia ante las dificultades ulteriores de la vida, ante los “golpes del destino”..., su ánimo y su valentía.

Responder a todos los deseos del niño creyendo que cuanto más se cede se le demuestra más amor, es una aberración. Por una parte, utilizará esta debilidad de los demás pidiendo un poco más cada día, por otra, en la medida en que esta actitud le evita el encuentro con la realidad, es decir, que no le permite consolidar su Yo, afianzarlo, es en definitiva manifestarle un amor negativo, inútil y peligroso.

Muy pocos padres consideran la vida como un camino de rosas donde el niño no tiene más que aparecer para obtener la realización de los deseos. Para todos nosotros la existencia comporta decepciones, fracasos, insatisfacciones, luchas. Satisfacer todos los deseos del niño y todas sus reivindicaciones es negarse a socializarlo, a hacer aceptar la realidad y a los demás. Es prepararle a considerar más adelante a los demás no como iguales sino como obstáculos a su voluntad.

La descentración como factor de adquisición de la conciencia moral supone la compresión de la norma como necesaria al funcionamiento social, debiendo el niño tomar por objetivo el bien común del grupo y no el interés personal. Y en la edad de la socialización este paso se hace gracias al juego colectivo.

En el periodo de socialización y por medio a los juegos colectivos el niño, tras haber aprendido el respeto a la regla, descubre progresivamente la regla como convención libre del grupo.

La socialización es por una parte la aceptación del otro tal cual es (lo que supone benevolencia y tolerancia) y por otra el respeto de los límites impuestos por la existencia de los demás. El niño dice espontáneamente: “Tengo derecho”, no piensa en los derechos de los demás o los considera como una traba a su libertad.

Si el niño ha aprendido a tolerar las frustraciones, a sobrellevar las decepciones... una vez llegado a la adolescencia podrá volverse sin miedo ni audacia excesivas, hacia la vida y hacia a los demás. Y como dijo el poeta. “Por el cinco de enero, / cada enero ponía / mi calzado cabrero / a la ventana fría. / Y encontraba los días / que derriban las puertas, / mis abarcas vacías, / mis abarcas desiertas”.

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