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Etiquetas:   Artículo opinión  

Política impura, en Cataluña y España

Wifredo Espina
Wifredo Espina
@wifredoespina
domingo, 27 de diciembre de 2009, 09:37 h (CET)
La política está llena de impurezas de distinta índole. En sus fines, sus planteamientos y métodos, como también en las condiciones y aptitudes de quienes se dedican a ella. Intentemos, simplificando mucho, resaltar dos formas distintas en nuestro país, que en el fondo explican muchas cosas.

Por una parte, el sentimentalismo y el victimismo bloquean la capacidad catalana de desarrollar una actividad política normal. También el individualismo y la envidia son un lastre para llevar adelante grandes empresas, tanto en el terreno económico como en el político. Estos cuatro elementos juntos dan como resultante falta de vocación y mediocridad políticas. Y cuando Cataluña quiere reaccionar ante determinadas contrariedades y ataques, lo hace desde un cierto complejo de inferioridad, que le conduce a la rauxa, a la desmsura o arrebato.

Así, está desaprovechando –como advertía Duran Farell- las posibilidades de potenciar su personalidad como país, de desarrollar su economía y cultura, para enfrascarse en una carrera un tanto ilusa hacia un independentismo, por el momento imposible y que desgasta sus enormes energías personales y colectivas.

Por otra parte, en la política española, en general, encontramos muchas de las impurezas que menciono en el libro Crítica de la política impura. Pero son impurezas de la política, mientras que los catalanes, con frecuencia, se quedan en la prepolítica, que es donde aquellos elementos encuentran su hábitat natural, y es que escasean de madera de políticos. Cada vez, por ejemplo, que pronuncian la expresión “esto es innegociable”, estan en cierta manera confirmando su escasa capacidad para la política, que es el reino de la negociación, de la transacción, del pacto; su cacareado “pactismo” (estudiado por Vicens Vives) con frecuencia brilla por su ausencia.

Resumamos diciendo que la política deviene impura cuando se desvirtúa su noble afán de servicio público, cuando es un mero instrumento para conquistar o conservar el poder, cuando pretende ser una forma de dominio de la sociedad, cuando se quiere secuestrar ésta para imponerle una determinada ideología (con frecuencia minoritaria), cuando está en manos de incompetentes o acomplejados, cuando se la condiciona a intereses de grupo, partido o demasiado locales, cuando es un medio de servir intereses propios, de influencia o de riqueza, o cuando cae en la corrupción.

Nuestra política, catalana y española, está llena de estas impurezas, que últimamente han estallado en decepción, tensiones y grandes secándolos.

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