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Por sus frutos los conoceréis

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
sábado, 26 de diciembre de 2009, 09:12 h (CET)
La Ley del Karma contempla, además del karma individual, el familiar, el local, el nacional, el de la especie… Una ley que, como en la geometría de fractales, va desde lo infinitamente pequeño –el individuo- a lo infinitamente grande –el universo-, y viceversa, abarcándolo todo. No en vano para las grandes corrientes de pensamiento místico o esotérico, el universo, la realidad, es una creación mental del Gran Autor, algo a lo que pasito a paso se está aproximando ya la Física Cuántica. Un larguísimo periplo por el conocimiento experimental y el cartesianismo cientifista para llegar exactamente adonde estábamos hace cinco o seis milenios. ¿O no es así?...

Los hay, claro, que todavía no entienden estos principios místicos o esotéricos como base de la Creación divina y de nuestra realidad cotidiana, pero no por ello pueden escapar a la Ley. Para los demás, los que somos conscientes del maravilloso entramado sobre el que está construida la realidad, no deja de ser aleccionador contemplarla, y, por simple razonamiento, entender que no hemos dado los pasos adecuados para una evolución que nos garantice continuidad. Si como individuos hay abundante número de personajes que merecen nuestra admiración y que por sus propios méritos alcanzaron la iluminación, como colectivo, y aun como mayoría, estamos aún haciendo los primeros palotes... o abonando deudas anteriores. Nuestra cultura actual, genéricamente, es la de la codicia, la del egoísmo, la egótica: esto dice y proclama la simple observación de nuestra realidad.

Para los que consideramos estas leyes como regidoras de la existencia, la cosa no pinta bien. Hay demasiado karma por todas partes que genera un sufrimiento que debiera ser purificador, pero que por no comprenderlo, al mismo tiempo, este mismo dolor está generando mucho más karma, mucha más deuda. No actuamos como un colectivo de especie, ni siquiera como colectivos de país y aun de familia. Hemos creado una sociedad en la que cada uno va a lo suyo, olvidándonos de los demás, por próximos que estén. Tal vez por eso hay cuatro mil millones de seres que están excluidos de cualquier forma de bienestar, los países están enfrentados en tendencias entre sí mismos y con otros países, las familias a menudo son territorios de conflagración e incluso el mismo individuo frecuentemente se descuartiza entre lo que ama y lo que desea. Da la impresión de que pocos, muy pocos, han comprendido que nada es gratis. Nada, absolutamente, es gratis. No importa si ganamos o perdemos, si generamos deudas tendremos que pagarlas ahora o en la próxima existencia, y, según su naturaleza, multiplicadas.

Para soportar nuestros actos perversos o inadecuados, es muy humano –pero también muy equivocado- investirnos de una razón que no tenemos. Es precisamente por causa de este error conductual que, lejos de solucionar nuestros problemas, los multiplicamos. El perdón, hacia los demás y hacia nosotros mismos, es una ley compensadora que no aplicamos, sino que nos obstinamos en un rigorismo que nos aboca indefectiblemente a ser medidos con la vara de medir que aplicamos a nuestros semejantes. Quien no perdona a su hijo no merece perdón, pero tampoco lo merece quien no se perdona a sí mismo, quien no asume que la existencia es experimentación, aprendizaje, capacidad de extraer conclusiones de sus propios actos o de los actos que presencia en sus prójimos. El que siembra perdón, cosecha perdón; el que odio, odio recolecta. Esta es la ley. Todos, sin excepción, estamos legitimados para equivocarnos, y todos, por la misma ley, tenemos el deber de aprender de nuestros errores… y de nuestros aciertos.

Mucho y mal karma genera la especie olvidando en la marginalidad y el sufrimiento a cuatro mil millones de prójimos, que no son sino una expresión sufriente del colectivo; mucho y mal karma generan los Estados imponiendo sus leyes a otros Estados, produciendo invasiones y guerras; mucho y mal karma genera el falso criterio de propiedad que se afinca en muchas parejas; mucho y mal karma genera el que nos creamos en posesión de la verdad absoluta y consideremos a los demás como infelices que no dan pie con bola; y mucho y mal karma nos genera el hecho de que nos consideremos con privilegios que los demás no tienen. Sólo de las cosas grandes se tiene más cuando más se reparte; sólo las cosas verdaderamente grandes se multiplican cuando se dividen. Lo aparente y lo real son la imagen y el reflejo de un espejo que invierte los conceptos: lo más grande, es lo más pequeño; lo más pequeño, lo más grande. Ésta es la ley.

Navidad: solsticio de invierno. Reflexión, introversión: balance y resultado. Que en el nuevo sol el hombre aprenda a perdonarse sí mismo, que el padre sepa perdonar a su hijo y que el hijo sea capaz de perdonar a su padre, que el Estado respete la libertad de sus propios ciudadanos y de otros Estados, que cesen las guerras y los poderosos respeten que los demás sean como quieran ser y hagan su propia senda, y que entre todos podamos conseguir que sea el respeto y el perdón, y no la tolerancia, el verdadero motor de nuestras vidas. De no ser así, seguiremos acumulando karma y estaremos obligados a compensarlo: el que mate a espada, a espada habrá de morir; el que engañe, engañado; el que castigue, castigado; y el que odie, odiado. Por sus frutos los conoceréis: por nuestros frutos nos conoceremos. Que la paz y el perdón sean con todos nosotros, y que su luz nos haga replegar nuestros ejércitos a sus cuarteles, desvanecer nuestros odios y liberarnos de nuestras cadenas kármicas. Lo que mi prójimo reciba de bueno, me librará de cuanto de malo sufro.

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