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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Pobreza y desigualdad

Francisco Arias Solís
Redacción
miércoles, 23 de diciembre de 2009, 12:01 h (CET)
Cuando se habla de pobreza podemos, fácilmente, pensar en el colectivo social de indigentes, donde la pobreza adquiere sus tintes más dramáticos, aquellos que no tienen ingresos, que pueden pasar hambre real, frío en invierno, enfermedades derivadas de la mala alimentación. Con esta acepción se remite a situaciones en la que la pobreza es entendida como la falta vital de ingresos, y se obvia una cuestión fundamental: que existen otras situaciones más extendidas, menos visibles, que son las de aquellas familias o personas que tienen un poder sensiblemente por debajo del nivel medio, que les imposibilita un desarrollo considerado normal en su sociedad.

En el primer caso, la pobreza es sinónimo de miseria, de una situación en la que la carencia de recursos es tan profunda que la propia vida está en peligro. En el segundo caso, en vez de a la mera supervivencia, se alude a un nivel de vida que se considera como mínimo aceptable.

La Comisión de la Unión Europea, en los Programas de Lucha contra la Pobreza, considera pobre al que tiene unos recursos tan escasos que tiene que vivir de una manera que se considera inaceptable en su país.

Esta forma de aproximarse a la pobreza se basa en la “forma de vivir” y no en la desigualdad, por lo que la cuestión pasa a ser determinar que bienes y recursos deben considerarse como mínimos.

Ahora bien, éste no es el enfoque empleado por la mayor parte de los estudios sobre la pobreza, en los que la pobreza se registra sobre la base de la renta. Tales estudios utilizan profusamente una definición operativa de la pobreza, de la mano de su empleo por la UE, según la cual será pobre quien se sitúe por debajo del 50% de la renta per cápita de un país. De modo que la consideración de lo que se considera inaceptable como nivel de vida digno, se basa en la desigualdad de la renta.

Así pues, utilizando el criterio estadístico de la UE, el umbral de la pobreza se establece en la mitad (el 50%) de los ingresos netos medios por persona y mes. Y dentro de él podemos distinguir dos grados de pobreza: Pobreza moderada o relativa (se establece entre el 25 y el 50% de ingresos medios) y pobreza severa o gran pobreza (se establece en el 25% de los ingresos medios).

Consideramos que el establecimiento de las categorías para el análisis de la pobreza es importante, porque si sólo se contempla como pobreza lo más excluido, o incluso sólo la pobreza severa o gran pobreza, se corre el riesgo se separar la pobreza del ejercicio de los derechos básicos.

A nadie se le escapa que el criterio de medición de la pobreza empleado por la Unión Europea equivale a una valoración del grado de desigualdad económico-social en una sociedad concreta. En el fondo la pobreza vendría a ser la manifestación de los extremos inferiores de la desigualdad. Por tanto la disminución de la pobreza deberá significar la disminución de las desigualdades.

La relación de pobreza y desigualdad subraya que la pobreza es un fenómeno social, enraizado en la estructura y en la dinámica social general. Por lo que la acción frente a la pobreza implica acciones dirigidas a los mecanismos sociales que producen desigualdad y generan pobreza. No en vano, dijo el poeta: “¡Qué poco me va quedando / de lo poco que tenía! / Todo se me va acabando / menos la melancolía”.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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