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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El consumo infantil

Francisco Arias Solís
Redacción
miércoles, 23 de diciembre de 2009, 11:56 h (CET)
Las actitudes consumistas de los primeros años, entre los 6 y los 10 años, se desarrolla en función de la publicidad y de las decisiones de sus padres. Sin embargo, a partir de esa edad, el entorno de consumo se amplia y se dejan influir también por los que opinan y tienen sus amigos. Al mismo tiempo aumenta el interés de los pequeños por manejar dinero, inexistente en los primeros años de la infancia.

La ropa es uno de los primeros territorios en los que los chavales actúan independientemente en su elección y presionan a los padres a la hora de elegir marcas. Su gran objetivo se convierte en conseguir del siempre receloso bolsillo paterno lo que quieren: esa y aquella marca que también tiene su amiga o amigo.

Ninguno de ellos busca la calidad de las prendas de vestir, tan sólo les importa las etiquetas. Aquí es donde se producen los primeros “chantajes” infantiles. Si los mayores les compran ropa que ellos no han elegido o les disgusta, amenazan a los padres con no ponérsela.

En cuanto a otras compras, las más habituales se refieren a temas domésticos. Los tradicionales “recados” donde los más pequeños comienzan a desarrollar una educación consumista mediante la observación. Lo mismo ocurre, cuando van con sus padres a hacer compras alimenticias, presionando a los mayores para que compren aquellos alimentos de su preferencia, dejándose llevar por la publicidad, los envoltorios y las modas.

El dinero, algo que en un principio carece de interés para los más pequeños, se convierte a partir de los diez años en una necesidad. Las fuentes de ingresos son muy variadas, desde las propinas por hacer algún trabajo en casa, las recompensas económicas por los aprobados, el dinero recibido por el cumpleaños, la paga semanal que puede oscilar entre los seis y diez euros, cantidad que no incluye el goteo de dinero que significa para los padre la compra de bollos para la merienda o los cines.

Lo más normal es que los niños dediquen sus ingresos habituales, cuando son pequeños, a golosinas, cromos y juguetes de poco valor. A partir de los diez años este dinero se destina a hamburguesas o pizzas, los platos favoritos de los niños. Los ingresos extraordinarios más cuantiosos, lo dedican a compras más caras, como son videojuegos. En algunas familias, los ingresos extraordinarios de los pequeños se colocan en una cartilla de ahorro.

Para los padres el deseo consumista de los pequeños se relaciona con los objetos que hay en el mercado, por lo que detectan una falta de imaginación de sus hijos. Además, manifiestan que la influencia de la publicidad es total a la hora de consumir. Sus prendas de vestir, sus juguetes y demás productos son elegidos por los pequeños en función de la publicidad.

En definitiva, para los niños consumir es intercambiar un producto por dinero y repetir hasta la saciedad, la tan odiada frase de: “¡quiero eso!”. Algunos padres dirán como el poeta: “Como quien oye llover / te estuve escuchando tanto / que no te pude entender”.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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