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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Curas sin Dios

Lorenzo de Ara
Redacción
miércoles, 23 de diciembre de 2009, 11:48 h (CET)
Los curas nacionalistas vascos dicen no a Munilla. El nuevo Obispo no tiene el apoyo de un número importante de curas cobardes.

Esos curas, con sotana para esconder la atrocidad de su comportamiento, son valientes a la hora de echarle un pulso al nuevo obispo.

Abren la boca para que la noche del miedo caiga silenciosa sobre todos nosotros.

Son los curas gallinas que han preferido vivir arrodillados bajo la dictadura del nacionalismo roba vidas.

Pocas veces, -quiero ser bueno-, les he visto andar junto a las víctimas de ETA.

Ellos se han mantenido limpios, como aquel Pilatos, que después de su fechoría cobarde, prefirió lavarse las manos para no tenerlas sucias ni un minuto más.

Estos curas perdonan la vida a Caín, y dejan solo a Abel con su tragedia. Con su muerte.

La iglesia, ciertamente, está hecha por Dios. Esos curas, que forman parte de ella, no invitan a ser hermanos de la casa de Dios. La quieren para sí y para los que ensucian con sangre la existencia pacífica de España.

Apestan, y están condenados porque el miedo y la zozobra intelectual les hace débiles, arrogantes, pero débiles.

Son incapaces de rechazar las cadenas del nacionalismo salvaje y sanguinario que se arrodilla en sus iglesias.

El creyente –es mi caso-, está más allá de esa gangrenosa chulería. Dios está en el centro de todo. Por eso nos salva de la putrefacción de unos curas que muerden, escupen, odian y se meten cristianamente con el más débil.

Dios me protege de ellos. Nos protege. Protege al prelado Munilla.

Y cuando esos curitas dicen no, seguro que se han olvidado del quinto mandamiento. Esa fea costumbre que los soldaditos de la jodida y ficticia patria vasca emplean para seguir ganándose la vida y el perdón de los curitas-gusanos.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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