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Examinar nuestras relaciones

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
miércoles, 23 de diciembre de 2009, 08:43 h (CET)
Nuestra vida está hecha de las relaciones que vamos trenzando con las cosas, con las personas y con Dios. El constante devenir de nuestro propio ser depende de la forma en que se desarrollen estas relaciones, por eso vale la pena que las examinemos con frecuencia. Cuando damos por terminado un año y vamos a comenzar otro, como cualquier empresa, podemos hacer balance de los resultados y proyectar las mejoras necesarias.

Vivimos en constante relación con las cosas que nos ofrece la naturaleza y a las que tenemos que tratar con respeto. No podemos viciar el aire, ni ensuciar las aguas, ni destruir el paisaje. El mundo vegetal que hace posible la vida de hombres y animales hay que cuidarlo con esmero, con mimo. Hay que evitar activamente la deforestación de nuestros bosques por el fuego o la codicia, también la desertización de la tierra o su degradación por el uso inadecuado de productos químicos. Todos producimos basura nociva para los campos, los ríos, los mares. Tratar con respeto a la naturaleza significa conservarla en el mejor estado posible. Tenemos que preguntarnos seriamente si colaboramos en su conservación o en su destrucción.

En un proceso acumulativo de descubrimientos y mejoras, la humanidad ha conseguido fabricar multitud de cosas con las que estamos constantemente en relación. Energías transformadoras que canalizadas, mueven las fábricas, las minas, los transportes, iluminan, calientan o refrigeran nuestras casas, nuestras ciudades. Objeto maravillosos que nos permiten una vida más agradable al ahorrarnos esfuerzos y fatigas, o nos brindan distracciones al alcance de la mano o nos facilitan conocimientos y comunicaciones al instante. Tratar con respeto todas estas cosas exige evitar el despilfarro y hacer un buen uso de ellas. Si las usamos mal, en lugar de servirnos, nos estarán esclavizando. Si dependemos de todas estas cosas hasta el punto de sentirnos desgraciados cuando nos falta cualquiera de ellas, es síntoma claro de que hemos dejado de ser libres para ser esclavos de la comodidad, de la informática, del teléfono móvil, de la televisión…

Nuestras relaciones con las personas son de carácter distinto, pues las personas no son cosas ni están a nuestra disposición para usarlas y desecharlas cuando se nos antoje. Todas las personas son sagradas, aunque ellas mismas no lo sepan o lo hayan olvidado, y hemos de tratarlas como a tales. Cada persona tiene en su interior un espacio misterioso e inviolable en el que late el Espíritu con una oferta de eternidad. No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti, nos pone a todos en un nivel de igualdad, pero lo supera el precepto de amar a tu prójimo como a ti mismo, porque amar significa buscar activamente el bien de los demás y el bien absoluto es Dios que, de alguna manera, habita el interior de cada persona, como nos reveló Jesús. Nuestra relación con las personas sólo puede entenderse en términos de amor, de búsqueda del bien. Quedan por tanto excluidas las relaciones de dominación o de servidumbre.

Aunque ahora se quiere introducir en la mente de las nuevas generaciones que las relaciones entre las personas hay que verlas en términos de placer, de sexualidad sin compromiso, esto significaría dejar de ser personas para ser cosas sin alma, desechables, intercambiables, efímeras y sin sentido. La sexualidad forma parte de nuestra persona y es un bien destinado a darse en una recíproca donación de amor para siempre, abierta generosamente a la vida.

Forma parte de nuestra vida la relación con Dios. Somos criaturas suyas y nos relacionamos con Él, aunque esta relación sea de amarlo, de ignorarlo, de negarlo incluso de odiarlo, de forma parecida a nuestra actitud hacia otras personas. Pero la relación con Dios es la más importante. De ella depende el sentido total de nuestra vida. Por eso conviene reflexionar sobre ella. Si creemos que somos tan sólo el resultado de una evolución ciega destinados al placer, al dolor y a la extinción ¿Por qué sufrimos con la injusticia? ¿Por qué distinguimos entre lo bueno y lo malo? ¿Existe el bien y el mal?

Pero si creemos que somos criaturas que vivimos, nos movemos y existimos en Dios que nos creó por amor, qué duda cabe que tendríamos que responder con amor a su amor, tendríamos que amar a las demás criaturas y respetar toda la creación.

Ahora que termina el año, reflexionemos sobre todo ello, por favor.

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