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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Catalunya debiera pararse a reflexionar sobre su futuro

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 22 de diciembre de 2009, 07:23 h (CET)
Debiéramos reflexionar a cerca de lo que entendemos, la mayoría de los españoles, por el concepto de España y como la define la Constitución de 1978: para luego sacar las oportunas conclusiones que nos permitan dilucidar si, de verdad, los catalanes pueden, por sí solos, decidir lo que hacer con Catalunya o si, más bien, es a todos los españoles a quienes compete, a través de los preceptos constitucionales, lo que los habitantes de la región española, conocida por tal denominación, pueden o no pueden disponer a su antojo del territorio sobre el cual están a sentados. Por consiguiente, las relaciones de esta díscola autonomía con el resto de España y las limitaciones que, en cuanto a su funcionamiento, libertades y las facultades le han sido atribuidas por la Carta Magna, como comunidad autónoma; no es cosa que solamente pueda alterar el pueblo catalán, sino que compete a toda la ciudadanía española. Y debería ser, en todo caso, a través de un referéndum general de toda la nación, donde se estableciera estableciera, con claridad, los límites de los que ninguna de la regiones españolas puede salirse, sin incurrir en una de las causas establecidas por la Constitución, por las que el Estado, en defensa de la unidad nacional actuase, incluso, si fuere necesario, llegándola a despojar de sus atribuciones y transferencias, retornándolas al Gobierno Central.

Porque, señores, no parece que todos estos señorones importantes, incluidos algunos magistrados y juristas, estén muy al tanto del espíritu de la Carta Magna y del sentimiento de unidad que de ella emana, compartido, sin duda, por la mayor parte de los ciudadanos de nuestro país. Y no es que hable por hablar, porque si alguno se toma la molestia de comprobar las encuestas que se hacen en diversos medios de comunicación ( excluyamos, por supuesto, los catalanes que barren para sí y se ponen de parte de aquellos que los subvencionan, sin cuyas ayudas, y esto choca de verdad, no subsistirían ni la mitad de ellos, los escritos en catalán particularmente), podrá darse cuenta de que, la proporción de los que discrepan de los métodos, las algaradas, los sondeos y las patochadas utilizadas por los secesionistas catalanes, alcanza a porcentajes que superan el 80% de los encuestados; mientras sólo un exiguo 18 o 20 por ciento aceptan que puedan decidir por ellos mismos sobre sus destino. Recordemos que sólo un 30% de la ciudadanía catalana fue a votar en el referéndum del controvertido Estatut, lo que deja fuera, de este pretendido independentismo de los catalanes, a las dos terceras partes de la ciudadanía de toda la región.

En España ya tenemos precedentes, por desgracia bastante recientes dentro de las dimensiones temporales de la Historia ( no por supuesto de este engaño al que fatuamente se lo califica como Memoria Histórica), de esta manía que les cogió a ciertos grupos más levantiscos, inconformistas y con ambiciones de poder, generalmente considerados de izquierdas – aunque a este respeto podríamos hablar bastante si nos atenemos a como viven, lo que gastan y la forma despilfarradora con la que utilizan nuestros dineros ciertos cabecillas de ERC – de considerarse superiores al resto de españoles, sólo basándose en que, una minoría de ellos, los más burgueses, en un momento determinado ( primera parte del siglo pasado) tuvieron necesidad de mano de obra barata para cubrir sus necesidades de personal de sus fábricas de tejidos con las que se habían hecho de oro debido a las masivas exportaciones durante la primera Guerra Mundial ( 1914–1918); en la que España no participó y, esta circunstancia y la destrucción del tejido industrial de los países beligerantes, fueron los que favorecieron, en general, a nuestras empresas y, en especial al sector industrial catalán.. A estos inmigrantes que llegaron a Catalunya, pertenecientes a las clases más necesitadas de Murcia, Andalucía y Extremadura, etc. se los bautizó con el nombre genérico de “charnegos” y, si bien se los utilizaba para trabajar en las fábricas, la sociedad catalana, la gran burguesía, no quería, en modo alguno, integrarlos en sus círculos sociales.

Esto ya lo advirtió don Jordi Pujol cuando se apercibió de que, la avalancha de inmigrantes provocaba un aumento considerable de los, “nou vinguts”, como se los llamaba, lo que, de alguna manera, podría llegar a repercutir en lo que pudiéramos definir de una forma coloquial como “la pureza de la raza catalana”. ¿Recuerdan ustedes a los vascos y a como presumen de tener un RH distinto de los demás ciudadanos españoles, lo que los coloca en la cima de la pirámide de la “excelencia” como seres humanos? Pues algo así les pasó a los primeros catalanistas, entre los que naturalmente podríamos situar a la familia Pujol, los Heribert Barrera, los Hortalá y toda esta retahíla de apellidos catalanes que confundieron la riqueza y prosperidad de los catalanes, con un derecho de exclusiva sobre esta parte de España, que limita con los Pirineos y el mar Mediterráneo. El problema estaba servido y, por ello, este empeño en convertir a los inmigrantes, mejor dicho, a los españoles llegados de otros puntos de la Península, en catalanes auténticos, fuera como fuese, supònía exigirles que renunciaran a sus propias raíces, costumbres y lengua. Pero no les bastó con que se integraran en las costumbres catalanas y que aprendieran su lengua, sino que su soberbia los llevó a que los nuevos ciudadanos se convirtieran en una nueva raza distinta a la suya de origen, la catalana, que se debía diferenciar del resto de españoles; para cuya misión no han regateado esfuerzos, desde tergiversar la historia a prohibir el uso del idioma español y obligar a los comerciantes a que rotulasen en catalán y a las escuelas a que sólo impartiesen enseñanza en el idioma vernáculo. Documentos oficiales en catalán; obligación de los funcionarios en dirigirse en catalán a los ciudadanos; protección absoluta y subvenciones especiales para las representaciones en catalán, las películas en catalán y todo el entramado social inmerso, voluntaria u obligatoriamente, en una lengua que, si fuera usada voluntariamente, la mayoría la utilizaría sin inconveniente alguno, pero que, a copia de imponerla a la fuerza, una parte de los españoles que residen en esta autonomía la rechazan como rechazaron los catalanes la imposición absoluta del castellano en los tiempos de la Dictadura.

Resulta poco menos que incomprensible que un pueblo, el catalán, que tanto presume de su “seny” de su moderación, de su laboriosidad y de su hospitalidad, haya extremado sus rencores ancestrales para entregarse a la “rauxa”, la fiereza, la exclusión y la venganza de supuestas cuentas pendientes, para conseguir enfrentarse al resto de pueblos de España. Una región con tanto poder industrial, con una fuerza económica que la distinguía de todas las demás y con un mercado tan vasto como es el español, se ha empeñado en aislarse, encerrarse en sus fronteras y cosechar la antipatria de las demás comunidades cuando, precisamente, desde ellas siempre fueron bien acogidos los catalanes. La manera de hacerse grande, tanto desde el ámbito individual como en el de la comunidad, sólo se consigue procurando atraer a los demás, mostrase acogedores y hacerse agradables y simpáticos, con lo que, sin duda, las relaciones se distienden, los odios se amainan y, entonces, es cuando uno se da cuenta de que aquellos enfrentamiento de antaño no tienen por qué continuar, después de tantos años transcurridos, tantas generaciones interpuestas y tantos nuevos y buenos motivos para reconciliarse de viejas afrentas que, seguramente, hoy en día no tendrían la menor importancia. Pero los hay que luchan para que no sea así y, por ello, prefieren mantener las espadas en alto, aunque ello no tenga otro fin que un nuevo enfrentamiento fraticida.

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