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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group  

Una imagen en la que puede depositar su confianza

Jim Hoagland
Jim Hoagland
martes, 22 de diciembre de 2009, 07:22 h (CET)
WASHINGTON -- Los estadounidenses más repudiados son hoy los banqueros del país.

En el extranjero, se han convertido de pronto en símbolos de incontrolable avaricia. En el país, el Presidente Obama se burla de ellos públicamente tachándoles de "industriales bien cubiertos" con el fin de situarse en el bando adecuado de las iras de la opinión pública - a pesar de que fue el Departamento del Tesoro el que expendió enormes incentivos de dinero de los contribuyentes para mantener cubiertos a los industriales.

Esta es una desconexión a nivel legislativo que abre la puerta a la repetición de los desastres financieros que acabamos de superar. En lugar de insultar a los banqueros estadounidenses, Obama debería estar poniéndoles límites y reformando su sector. Su administración no sólo necesita devolver la solvencia a un sistema gravemente castigado sino también cierta impresión compartida de confianza y responsabilidad entre los titulares de las cuentas, los prestatarios y los banqueros, que en sólo dos años ha saltado por los aires.

Y eso significa reconocer que también hay en juego una extendida desconexión cultural. ¿Cuándo y cómo esta profesión estadounidense socialmente imprescindible y en tiempos encomiable adoptó valores de engaño e interés, llevándolos a una escala global y después defenestrándolos?

Cierto, siempre ha habido usureros y artistas del fraude morando por las instituciones financieras. Como dijo el ladrón de bancos, es ahí donde está el dinero. Pero no es menos cierto que con frecuencia una profesión que debería apoyarse en la cautela, el buen criterio y los pronósticos fundamentados abandona sus referentes para representar todo lo que está podrido en el estilo de vida de una superpotencia. La cara amable de Wall Street hoy es el avariento y deshonesto Augustus Melmotte de la obra de Anthony Trollope.

Es artículo de fe en Europa que la recesión global fue provocada por banqueros estadounidenses que vendían artísticamente títulos financieros tóxicos a confiados compradores alemanes y franceses, entre otros. El pastel, sostiene esta versión de los hechos, fue urdido a través de la incompetencia administrativa estadounidense que dejó quebrar Lehman Brothers. (Se pueden leer variantes locales de esta línea argumental de acusaciones vertidas contra los banqueros y sus avalistas en Washington en Rolling Stone, los blogs de extrema izquierda y los medios de referencia).

Por desgracia, no sirve para frenar esta ira generalizada contra el sistema estadounidense argumentar que las cosas son más complejas - para empezar, los bancos europeos que adquirieron la deuda intercambiable tóxica de AIG estaban actuando a sabiendas de que hinchaban artificialmente sus reservas para poder prestar cantidades progresivamente mayores de dinero dentro de sus propios intercambios inestables -- ni recordar que el sistema bancario estadounidense ha jugado un papel vital históricamente en la expansión de la riqueza y las oportunidades sociales a nivel nacional e internacional.

Yo crecí en una ciudad industrial de Carolina del Sur de la que me marché a la universidad con la ayuda del primer banquero que conocí. Él prestó a mi familia la importante suma de 1.000 dólares de los titulares de sus depósitos con los que ayudar a financiar cuatro años de estudios. En 1957, con alguna beca y un empleo tras las clases, se podía salir adelante con esa cantidad en una universidad pública de las del Sur.

Esta experiencia sin duda marcó mi percepción de un contrato social entre los banqueros y sus comunidades clientes. Pero el contrato ha sido modificado mucho desde entonces -- y hoy puede que hasta impugnado -- por el avasallamiento de la profesionalidad en favor de la iniciativa que se da en gran parte del mercado estadounidense, lo que ha llevado a la exaltación de la rentabilidad como la vara última de medir los resultados y el corto plazo como el único horizonte que vale la pena considerar.

Las puñaladas verbales vertidas por el presidente contra los banqueros y sus bonificaciones no pueden reemplazar a una iniciativa focalizada emprendida por la administración y el Congreso encaminada a obligar a los bancos a reemplazar la actual disparidad de incentivos desproporcionados y riesgos ignorados con algún código nuevo de responsabilidad financiera basado en una mejor supervisión y regulación.

La administración parece haber sido cómplice en la encarnizada lucha de los bancos que recibieron fondos del contribuyente procedentes del Programa de Ayuda a Activos sin Liquidez (TARP) por escapar de la supervisión pública y el control de la remuneración de sus ejecutivos. Los banqueros quedan libres para asumir cualquier riesgo que les parezca oportuno en la búsqueda de carteras cada vez más rentables.

"Los bancos que resultaron ser demasiado importantes para permitir su quiebra son más importantes que nunca", escribía John Gapper en el Financial Times la semana pasada. Es difícil responder a su opinión diciendo que la administración Obama ha fracasado a la hora de aprovechar esta crisis como una oportunidad de acometer cambios fundamentales en un sistema financiero que aún muestra todos los indicios de ser incapaz de regularse.

Como prioridad urgente de la política exterior, el presidente ha dedicado grandes esfuerzos y un montón de ego a cambiar la imagen de América en el extranjero. Gran parte de esa admirable iniciativa se verá menoscabada si la administración no se ocupa de la forma en la que hay que cambiar también la imagen de los estadounidenses -- empezando hoy por los banqueros.

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