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Opinión

Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Quo vadis, presidente?

Josefina Albert (Alicante)
Redacción
lunes, 21 de diciembre de 2009, 06:38 h (CET)
Es asombroso constatar la facilidad con la que mienten algunos políticos y lo hacen con un descaro inimaginable, sobre todo, cuando existen precedentes tan claros y reconocidos por esos mismos políticos. Y eso, aunque en principio no lo parezca, sí tiene que ver con la propuesta parlamentaria de retirar de las escuela el Crucifijo que Esquerra Republicana (esa que hizo burla con la corona de espinas en Jerusalén, ofendiendo así a más de mil setecientos millones de cristianos en el mundo) hace unos días presentó en el Congreso de los Diputados, instando al Gobierno a aplicar la sentencia hecha pública a comienzos del mes pasado por el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo. Los parlamentarios europeos afirman nada más y nada menos que los crucifijos en las aulas son «una violación de los derechos de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones». Es decir, que la presencia de la Cruz en la escuela quebranta una ley, la del derecho de los padres a educar a sus hijos. Si se analiza el contenido con detenimiento, lo que afirma Estrasburgo es que todos los padres europeos tiene unas convicciones contrarias al Crucifijo, lo que va en contra de su propia afirmación, al ignorar a los que no piensan así; es decir, por un lado, defienden el derecho de unos (quienes no quieren saber nada con el Crucifijo) al mismo tiempo que se lo quitan a otros (los que sí quieren educar a sus hijos en la doctrina del Cristianismo), como si la presencia del Crucifijo constituyera una amenaza para los primeros o su ausencia dirimiera la cuestión.

Ante el revuelo que se ha generado a partir de tal decisión, el Presidente del Gobierno parece haber dado marcha atrás desautorizando, en cierta manera, como él mismo suele hacer para que «escampe –si se me permite el coloquialismos- la tormenta», a la Comisión del Congreso que lo ha admitido a trámite. Decía el Sr. Rodríguez el pasado día 3 que no está en la agenda de su gobierno la retirada de los crucifijos de la escuela. ¿Vuelve a mentir el Presidente? Es decir, ¿manifiesta lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa, tal como define el artículo mentir el DRAE en su acepción número 1? Con el aborto ha sucedido recientemente otro tanto y no solo eso, sino que ha empeorado el proyecto inicial al pactar con los grupos más radicales del Congreso, según conocíamos ayer mismo. Y yéndonos un poco más lejos, recuérdese que Sr. Rodríguez Zapatero, que negociaba con ETA cuando el atentado de la T4 de Barajas, dijo que se interrumpían las susodichas negociaciones, cosa que no era verdad y que él mismo reconoció haber mentido a todos los españoles. Este Gobierno nos tiene acostumbrados a dudar también de lo que dicen sus ministros: ¿quién no recuerda a este respecto a la Sra. de la Vega negando ante los periodistas el haber adoctrinado un poco antes a estudiantes de cuarto de ESO en Valencia? Parece que el Ejecutivo Español ha hecho de la mentira un hábito, un modo de gobernar, un instrumento a favor del poder, pensando erróneamente que los españoles somos idiotas. «Antes se pilla a un mentiroso que a un cojo», dice la sabiduría popular. Claro, que parece ser que la mentira es menos mentira si va acompañada del engolamiento y la presunción al que nos tiene acostumbrados el Sr. Zapatero en sus comparecencias públicas. El aplomo y la chulería («cierto aire o gracia en las palabras y ademanes», según la primera acepción del DRAE) del Presidente que todo lo sabe y que nada escapa a su control cuando habla con los medios y en el Congreso, me ha traído a la memoria la descripción que Ortega y Gasset, en el capítulo XII de La rebelión de las masas, hace del gobernante; es el «hombre-masa», en palabras del propio Ortega, el sabio-ignorante instalado en el poder, que «se comportará en todas las cuestiones que ignora no como un ignorante, sino con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio».

Y volviendo al tema de este artículo. ¿Por qué tanto odio al Cristianismo? ¿Por qué ese afán de arrancar los símbolos religiosos? Es curioso que todos los movimientos o revoluciones anticristianas lo primero que se proponen es quitar de los centros oficiales el Crucifijo. ¿Qué significado adquiere para esas sociedades secretas la imagen de Cristo en la Cruz? El Crucifijo, o mejor el Crucificado, se muestra en el madero como una baldón al que se rechaza y evita.

Y así lo presenta Isaías (cap. 42): «Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres». Y el Salmo 30, puesto en boca del Jesús doliente en el Calvario, se expresa así: «Soy la burla de todos mis enemigos,/ la irrisión de mis vecinos,/ el espanto de mis conocidos […]». ¿Le repugna esa imagen del Crucificado a esa minoría progresista que deambula por los pasillos del Congreso de los Diputados o acaso lo ve como una amenaza? ¿Qué será lo próximo que nos tienen preparado? ¿Se atreverán a entrar en nuestras casas dando una patada en la puerta para arrancar también los símbolos religiosos que queden en nuestros hogares? Pueden quitarlo todo, pero no podrán con nuestras convicciones y ni les dejaremos penetrar en nuestro mundo interior. Un sacerdote, que por serlo fue asesinado en 1936, con motivo –como ahora- de quitar el Crucifijo de la escuela, decía a un grupo de profesoras: no os preocupéis porque vosotras desde ahora seréis crucifijos vivientes.

El Crucifijo nunca fue un problema, ni hoy lo es, por mucho que unos pocos se empeñen en decirlo (una mentira puede llegar a convertirse en verdad a fuerza de repetirla: son las trampas del lenguaje). El Crucifijo no discrimina sino que iguala, no viola la laicidad sino que respeta y defiende la libertad de todos los hombres de cualquier raza o creencia. El Crucifijo no segrega sino que junta, no separa sino que une. El Jesús del Crucifijo es la imagen de aquella doctrina prístina que predicó el amor y la igualdad entre todos los hombres y que ahora, con los brazos extendidos, los recoge a todos en un solo abrazo. El Crucifijo –como bien ha señalado don Francisco Vázquez, embajador del Gobierno Español ante la Santa Sede- es el referente máximo del valor de la solidaridad, de la igualdad y de la defensa de los más desfavorecidos». Entonces, ¿por qué, por qué quieren borrarlo de la faz de la tierra?

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