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Etiquetas:   Artículo opinión  

Feliz Navidad, esclavos

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
sábado, 19 de diciembre de 2009, 05:11 h (CET)
Es maravilloso lo bien que se está organizando el comercio para algunos… a costa de los otros. Para la mayoría de los ciudadanos, el hecho de que estén abiertos los comercios de lunes a lunes y de mañana a la noche es algo excelente, entre otras cosas porque tampoco les importa un ardite que otros trabajadores, simplemente por sobrevivir, tengan que renunciar no a tener algo de vida, sino simplemente a no tener vida: su trabajo se lo impide, los horarios autorizados por el Estado, sin duda por ventaja para ese monopolio tiránico de la gran tienda por departamentos, y, por simpatía, para todos los demás, se lo impide.

Vivir, además de alimentarse, ir al baño y poco más, es tener una vida privada, una familia, amigos, tiempo para uno mismo… En fin, lo normal. Lo normal para cualquiera, excepto para los que trabajan el comercio. Un día libre a la semana –y a veces ni eso, aun siendo ilegal-, y siendo este día libre en lunes o martes, no permite precisamente tener una vida normal, mantener amistades, ni siquiera tener una vida ordenada con la familia. Es, sencillamente, un asco que a menudo deriva en problemas, falta de entendimiento y hasta, frecuentemente, en el divorcio y todos los daños que eso conlleva. Pero a la sociedad de consumo, todo esto, ¿qué más le da?... Todo tiene un precio, incluso el tener las puertas abiertas para vender más, para que los aburridos acudan a desear lo que no se puedan permitir o a endeudarse con absurdos que no tienen utilidad más allá de satisfacer el propio deseo momentáneo.

Pero el que los comercios estén abiertos a las tantas o los domingos y los festivos, tiene un costo humano formidable. Legal o ilegal, los trabadores no pueden protestar, porque se ha impuesto la dictadura de que, si lo hacen, son despedidos. Es esclavismo puro y duro, a menudo con jornadas y condiciones laborales sangrantes e indignas; pero hay lo que hay. Si se les pregunta a los empleados de comercio, lo que se escucha parece entresacado de ámbitos tales como, sin faltar, Somalia, Dafur o cualquier paraíso semejante, y tanto esto es más si quien habla es un empleado de El Corte Inglés. Ahí no sólo hay tiranía como en todos los demás centros comerciales: hay esclavitud literal, con látigo y todo. Hasta esos jefecillos de área o departamento, que mañana serán despedidos sin contemplaciones y que parecen clonados en el centro de formación que tiene el monopolio en la Carretera de la Playa, tienen maneras de sudaneses que tiran de cuerdas de esclavos. Los empleados han de soportar sus continuas humillaciones, estar firmes, no poder hablar ni siquiera con los compañeros y lucir una esplendorosa sonrisa Profidén de plástico genuino…, todo ello por unos euros que serían humillantes en Madagascar.

Los demás comercios, pues que el adalid de los esclavistas abre, deben hacerlo también, y, aunque es difícil llegar a tanto, también aprietan a sus empleados, en la mayoría de los casos jóvenes y mujeres que en buena medida pueden soportar esas condiciones miserables porque hay otros salarios en casa, ya sean de parejas o de padres, y han de permitir que sean vejados con jornadas insoportables, contratos de miseria, salarios de hambre y amenazar permanentes de que “¡Ojito, que hay otros que quieren tu puesto!”

No; la apertura de los comercios o el beneficio legal que desde el Estado se está proporcionando a monopolios como El Corte Inglés, y a su través –sólo a su través- a todos los demás grandes establecimientos, no está redundando en nada bueno para la sociedad, ítem más, la está perjudicando seriamente. Nuca se ha producido un retroceso en los derechos individuales tan severamente que con este tipo de legislaciones a la medida –bueno, sí, casi toda la legislación que ha hecho el PSOE-, y tal vez sea el momento de empezar a cortar las alas a estos murciélagos de la extorsión laboral oscura y el esclavismo enmascarado de luces de neón y arbolitos navideños.

Los empleados de comercio, a pesar de estos tiranos y de los otros tiranos que son los sindicatos, tienen, cuando menos, los mismos derechos que los demás ciudadanos. Por ejemplo, a un trato digno que rara vez reciben, a tener una vida, a poder mantener relaciones normales con su familia y con sus amigos, a una jornada conocida y a, al menos, cuarenta y ocho horas seguidas de descanso a la semana, algo que no tienen. No; no lo tienen, como no tienen derecho a que esos deplorables jefecillos de chicha y nabo, que no son mucho más que el traje que los contiene, los estén hostigando permanentemente para que el jefe que está en lo profundo del despacho les pase mañana la mano por el lomo y les regale el azucarillo de una dulce palabra. Tal vez sea el momento, ahora que se puede percibir ya que el PSOE va a ser enviado a la catacumba o la fosa séptica de la nunca debió haber salido, que quienes ya se sabe que van a gobernar se comprometan a poner orden en este infierno, afirmen que van a poner coto a monopolios aberrantes y a horarios a la medida, y que van a hacer cumplir los derechos que tienen también estos trabajadores. Hasta ese momento, para felicitarles habrá que decir: Felices Navidades, esclavos. Nunca faltarán miles de aburridos e insolidarios personajillos que llenen las tiendas y comercios en festivos y domingos. A ellos, estos trabajadores les importan casi tanto como a mí mismo me importan ellos: nada en absoluto.

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