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Etiquetas:   Artículo opinión  

El control descontrolado

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 17 de diciembre de 2009, 08:18 h (CET)
Cuando menos es sorprendente que el Estado tenga la preocupación que tiene por el terrorismo y todo eso, que no cesan de ponerse por todos lados cámaras que limitan la libertad de los ciudadanos por cuanto irrumpen impúdicamente en su intimidad, y que además pretenda hacer fascistas comités ideológicos para definir si una página web se debe cerrar por ser un portal de intercambio de archivos en los que no mete sus garras la truculentamente aberrante SGAE, y, al mismo tiempo, consienta que sea Internet el peligrosísimo estercolero que es, sin que haga nada por evitarlo.

Choca, choca mucho, y a uno no le queda otro remedio que pensar que aquí, seguro, hay busilis. Cualquiera, sin límites de edad o de restricciones, puede acceder, por ejemplo, a páginas en las que se enseña pasito a paso cómo fabricar una bomba con productos caseros –edificante, ¿no es así?-; pero es que también puede, sin moverse de casita, acceder a lo más aberrante, degradante y animalesco de la condición humana: sexo brutal con adolescentes (ni hablemos ya de lo que es directamente la pedofilia), relaciones sexuales zoofílicas, portales de coordinación para suicidas, anoréxicas o depresivos, y mil lindezas más por el estilo.

A la vista de esto, se pregunta uno que a qué vienen tantas cámaras y tantos controles para detectar lo indetectable –los malos ya saben que las cámaras están y saben cómo evitarlas-, si lo que se puede evitar directamente porque es malo y está bien a la vista de todo el mundo, incluidos los inocentes o los niños –especialmente los inocentes y los niños-, no lo evitan ni parecen tener la menor queja hacia ello. Aquí, seguro, hay busilis. Es como si al Estado le interesara el control de los ciudadanos, del rebaño, y no de los lobos que esquilman la manada, cual si ésta debiera ser controlada permanentemente para que les siga proveyendo de bienestar, haberes impositivos, cuidados y cariños que les regalen una buena vida a las autoridades. Sospechoso: esto es muy sospechoso.

La realidad desborda permanentemente las pomposas declaraciones de principios de los pastores: si promulgan leyes para la protección de los animales, promocionan a la vez la violencia gratuita contra ellos con la excusa de la cultura, mediante fiestas taurinas y animaladas por el estilo -¡menuda cultura la de la barbarie!-; si proclaman que son partidarios de la vida y que hay que eliminar la pena de muerte, esto sólo tiene vigor para los criminales que ya han matado y que volverán a hacerlo en cuanto puedan, pero no cursa para los más inocentes de los humanos, que son los que se están gestando, teniendo cualquiera barra libre para descuartizarlos a placer, cometer cualquier clase de tropelía con ellos y aun para utilizar los pedazos resultantes de sus cuerpecitos en pruebas de laboratorios, diluirlos en cremas cosméticas –como los nazis con los judíos- o perpetrar mil aberraciones más, a cual más repugnante; y si dicen que hay que controlar a quienes violan las normas de convivencia, ello es que esto sólo tiene vigencia para los ciudadanos de a pie, pues que nos llenan las calles de cámaras, lanzan satélites que nos espían, controlan nuestro flujo informático y nuestros movimientos y conversaciones a través de los teléfonos portátiles, pero ahí tenemos bien a la vista en Internet los manuales del terrorista o la degradación humana en su versión más libérrima, abyecta y escatológica. Un gusto, en fin, que me hace repetir nuevamente: aquí, señores míos, hay busilis.

Y digo yo: ¿no será que le interesa al Estado que de cada tanto se desmarque alguien con alguna atrocidad o alguna salvajada para distraer al respetable y así las autoridades puedan seguir mangoneando en el estrechamiento de las libertades?... A esos alguien, claro está, hay que darles cursillos de formación, y ya que no sería tolerable en academias al uso, pues no parece mal camino que sea a través de Internet y la falta de filtros en que se ampara la libertad de expresión, un artificio que no sirve para asuntos verdaderamente culturales como la opinión y aún para el intercambio de archivos. ¿Será que cuando compré un CD, pongo por caso, me advirtieron que pagaba sólo y exclusivamente el disfrute personal e intransferible, de modo que no lo puedo compartir con mi hijo, mi pareja, mis amigos o quien me dé la gana?... Aquí, se lo digo yo, hay mogollón de busilis. Esto apesta.

Cámaras, carnés, bandas magnéticas en billetes y tarjetas, ordenadores que envían señales de qué hacemos y cómo lo hacemos, satélites espías, sistemas de identificación facial por doquier y todo un mundo de tecnología punta al servicio del control de las libertades, en un país donde las libertades reales se limitan a la cosa de la entrepierna y al protestar para nada, porque todo lo demás es sencillamente inviable o carísimo. El Gran Hermano lo controla todo, y, al mismo tiempo, nos ofrece gratuitamente la posibilidad de aprender a producir artefactos explosivos con los productos que hay en cualquier cocina, a generar reacciones exotérmicas capaces de fumigarse una ciudad entera con elementos comunes y hasta embrutecernos hasta más allá del australophitecus rudimentario mediante la animalización de nuestras cualidades humanas. Si aquí no hay busilis, que venga Dios y lo vea.

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