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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El odio

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 16 de diciembre de 2009, 07:48 h (CET)
El odio es la válvula de escape de la frustración. A su través se fuga violentamente toda la presión ahorrada en innumerables fiascos que, a menudo, han sido regalados por quienes debieran gobernar la sociedad para algo mejor que promocionar amigos, colocar colegas, ensalzar frikis, comprar voluntades, pagar con negocios sustanciosos a los cómplices la fidelidad a la causa, envanecer inútiles o jugar con la crispación social para sacar ventaja sobre los adversarios políticos. La frustración es un río de incompetencia de las pésimas autoridades que suele desembocar en el odio de los ciudadanos.

No todo el mundo puede controlar sus emociones en todos los casos; siempre hay un momento de debilidad, en que la voluntad y la razón están relajadas o abatidas, y, entonces, si se odia con la intensidad suficiente porque la frustración es lo bastante desoladora, el estallido es inevitable y las consecuencias pueden ser desastrosas. Visto desde la razón, el odio es irracional, propio de quienes han permitido que su corazón se encoja; no en vano en ningún lugar cabe más odio que en un corazón pequeño. Sin embargo, visto desde la otra acera de esa misma razón, ¿no será responsable del odio precisamente quien con sus injusticias encogió los corazones?..., ¿es terrorista quien mata por odio, o lo es el que sembró el odio suficiente para que el hombre se convierta en una fiera que ve una opción liberadora en acciones desesperadas, cuando no suicidas?... Las cosas y los actos pesan; se puede medir la calidad en el arte, se puede poner un grado a la belleza y una temperatura a la emoción: todo es mesurable, incluso lo más etéreo, como el Bien y el Mal. Adempero, nuestra sociedad no premia a lo mejor ni ensalza lo más positivo, no se esfuerza por ser ecuánime, no aplica los mismos principios ni procura la misma dignidad para todos; muy por el contrario, manipula, tergiversa, tuerce lo derecho para que las realidades que convienen a quienes pueden sean investidas de una honorabilidad que no tienen. Esto es lo que genera frustración, como la generan quienes crispan para mover indecisos para su causa, quienes hurgan en los odios dormidos de los ciudadanos para se pongan en pie y caminen al paso marcial que se les indica, y quienes hacen trampa sobre trampa con truculencias del lenguaje para convertir lo abyecto en algo digestible. Estos son, realmente, quienes aunque no se inmolen en un acto de odio, se inmolan; estos son los que lanzan, aunque no los lancen con sus manos, objetos contundentes contra presidentes frikis, y estos son los que precisan de ingentes fuerzas de seguridad brutalizadas por un salario para contener a las masas que se rebelan por frustración de poder hacer algo contra sus injusticias continuas y manifiestas.

No todos los ciudadanos podemos controlar siempre nuestros actos. Ya apuntó Jung que todos llevamos dentro un tigre y un cocodrilo, que no es sino un atavismo de nuestra evolución; pero los llevamos, por más que estén dormidos. A veces, por todas esas injusticias con que cada día nos regalan nuestras tramposas autoridades, las bestias se desperezan, y sólo por la voluntad pueden ser contenidas. Pero, ¿y qué si la voluntad está débil?... El odio, entonces, estalla, y paga un inocente por la enorme cuota de frustración que el individuo arrastra o paga un extraño, si no un amigo o la misma pareja. ¿Cuántas muertes son debidas a odios ajenos a esa misma situación aparente que provocó la enajenación?..., ¿cuántas muertes producidas en el ámbito tramposo de eso que se nombra por violencia de género no están producidas por un odio sembrado desde los púlpitos del Congreso, las encíclicas de los diarios, las promulgaciones de leyes injustas, las condiciones laborales o desde el conjunto de todo ello?...

Frustra, frustra mucho que lo más necio sea encumbrado, que los inútiles y los pillos vivan mejor que los honrados, que se premie el lametón o la proximidad ideológica en vez de la calidad que se pregona, que Juan Pueblo siempre sea el adorno, el orillo, la cenefa o la jácara con que se adoban las trampas para que parezcan decisiones justas, que las varas de medir sean distintas según para quién, que el esfuerzo se desconsidere como se desprecia la probidad o la excelencia… Frustra mucho, sí; y, cuando la frustración alcanza una masa crítica, cuando el hervor de la sangre comienza a transformarla en gaseosa, el mecanismo del odio se dispara y permite que la presión se libere en forma de odio, y el odio siempre es demoledor para alguien, aunque frecuentemente no lo sea para aquellos que lo sembraron, lo abonaron y lo regaron. Incluso los verdaderos responsables del odio presenciarán los juicios de quienes empujaron a la desesperación y, con un vaivén de cabeza que evidencie suficiencia, se quejarán de la débil condición humana que permite que un tigre o un cocodrilo haya escapado de su jaula craneal para satisfacer su instinto. Se sentirán a salvo, ignorando a propia intención que ellos fueron quienes liberaron a las bestias.

El ejecutor del odio es responsable de sus actos, pero no en mayor medida que quienes los provocaron. El martirio del desesperado no es más que un grito de auxilio, un aullido de rabia que las injustas autoridades han ido acumulando en su alma. No nace el hombre para odiar, ni siquiera para inmolarse: es antinatural, contrario a las leyes de la vida y de la supervivencia. Hacia otros hay que dirigir el dedo: alto, mucho más alto. Aunque señale a los mismos que dicen combatirlo.

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