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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Sostenibilidad

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 16 de diciembre de 2009, 07:43 h (CET)
La Biblia comienza con esta sorprendente declaración que no da lugar a dudas: "En el principio Dios creó el cielo y la tierra". Para muchos esta afirmación poco les importa porque la consideran una manera de decir del misterio que envuelve el origen del mundo material. Para los deistas, que creen que Dios ha creado todo lo que se contempla con los ojos, pero que niegan que haya realizado declaración alguna con la finalidad de que el hombre sepa algo sobre Él, creen que realizado el esfuerzo creador, Dios se tumbó en una hamaca saboreando ociosamente un granizado de limón, olvidándose por completo de lo que había terminado de hacer. Las Escrituras cristianas no dan pié a sostener semejante pensamiento ya que en diversos pasajes dejan bien claro que conserva su obra con el poder de su brazo, manera de decir simbólica de que mantiene activas, lo que nosotros llamamos leyes de la naturaleza.

La conservación de la creación y de todo lo que hay en ella no depende exclusivamente de Dios. Al hombre, creado a su imagen en la persona de Adán y de su mujer Eva le ordena: "Fructificad y multiplicaos, llenad la tierra y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra" (Génesis,1:28). El dominio que el hombre debe ejercer sobre la creación divina no tendría efectos negativos si no se hubiese rendido a la insinuación perversa de la serpiente que los engañó para que desobedecieran el mandamiento del Creador que les prohibía comer el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Debido a esta transgresión, el paraíso terrenal se convierte en un campo que debe cultivarse con esfuerzo agobiante y ríos de sudor viscoso, para conservar su fertilidad.

Ante las dificultades evidentes que se presentan en el ejercicio de progresar en el dominio de la creación, no se debe lanzar la toalla, indicando derrota. El Señor, dirigiéndose a nosotros en un lenguaje sencillo, infantil si se quiere, da a la criatura humana instrucciones claras para conseguir lo que hoy se llama sostenibilidad. No da instrucciones de carácter científico porque el primer destinatario de sus normas era un pueblo agrícola y ganadero. Hablando en un lenguaje comprensible según las características de aquella gente, los principios de sostenibilidad que les da pueden aplicarse perfectamente a nuestro mundo científico que se ha vuelto tan complejo: "Cuando encuentres por el camino algún nido de ave en cualquier árbol, o sobre la tierra, con pollos o huevos, y la madre echada sobre los pollos o sobre los huevos, no tomarás la madre con los hijos.

Dejarás ir a la madre y tomarás los pollos para ti, para que te vaya bien, y prolongues tus días" (Deuteronomio,22:6,7). De haberse tenido en cuenta esta orden tan simple no tendríamos que soportar los graves problemas medioambientales que nos afectan tan dramáticamente.

El texto citado de la Biblia nos viene a decir: "vive de manera que las otras especies animales y vegetales no desaparezcan de sobre la capa de la Tierra. Piensa que todas ellas te son necesarias para tu supervivencia. Compórtate de una manera sostenible. Limítate a coger lo que realmente necesitas". La codicia humana ha conseguido hacer desaparecer infinidad de especies útiles. Con la tala indiscriminada de los bosques se ha provocado una deforestación que ocasiona la erosión del suelo fértil convirtiéndolo en desierto infértil. La ausencia de vegetación que mantiene unido el terreno, con la llegada de las lluvias se presentan las inundaciones que tantos estragos ocasionan, arrasando vastos territorios y provocando hambruna, enfermedades y miseria entre sus pobladores. La moderna tecnología pesquera lo arrasa todo, impidiendo la reproducción de las especies marinas y provocando escasez de unos alimentos tan necesarios para la salud física de los hombres.

Las consecuencias de esta manera de dominar y someter a la creación las sufrimos en nuestra propia carne. Las prohibiciones de Dios no son para hacernos la puñeta sino para hacernos felices y gozar de una larga vida.

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