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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Qualis artíficex pereo

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 15 de diciembre de 2009, 03:25 h (CET)
Se asegura que exactamente eso es lo que dijo Nerón cuando, asestándose una puñalada ayudado por Epafrodito, ganó por la mano a sus asesinos: “¡Qué artista muere conmigo!” Y debía ser verdad porque nadie incendió Roma con mayor primor ni nadie iluminó la Vía Apia con más arte que él, ribeteándola con crucificados cristianos ungidos de brea y quemados vivos, tal vez principiando lo que es hoy la iluminación pública.

Nosotros –o nuestros gobernantes, más propiamente dicho-, también podrán decir algo parecido no porque hayan incendiado Roma o a los cristianos (que ya les gustaría), sino porque hacérselo a nuestro futuro, que es una forma bastante suicida de alcanzar la iluminación. Se está pasando una crisis envidiable, por las oportunidades que nos brindaba de corregir el rumbo alocado que llevábamos, a una felicidad absurda por regresar al desvarío precedente: se han invertido centenas de miles de millones de euros en lo más absurdo al tiempo que desde los poderes se dilapidaba a mansalva en estupideces para, al final, volver a lo mismo. Nuevamente se habla de crecimiento inmediato, de ir a países cada vez más lejanos a que los pescadores se traigan los peces que necesitarían quienes en aquellas costas se mueren de hambre, de explotar más el medioambiente, de saquear más la naturaleza…, y todo para obtener más votos porque de lo que se trata en verdad no es de resolver nada, sino de conservar el poder y de obtener ventaja sobre la oposición en las encuestas, aunque nos precipitemos en caída libre por el abismo del colapso. Estatismo en estado puro, en fin.

Sólo con una parte de lo que se ha invertido en tirarlo por la alcantarilla de la inutilidad, se podrían haber creado al menos una docena de pueblos de nueva factura, dotados con todos los avances tecnológicos y los servicios e infraestructuras sociales para que produjeran indefinidamente para el país, además de para el propio sostenimiento de esas nuevas comunidades. Algo que se reclama de boquilla en Copenhague y que más pronto que tarde será imprescindible, porque producimos el tres por ciento del alimento que consumimos y no se podrá traer por siempre lo que precisamos desde los otros ángulos de la Tierra. En definitiva, no nos damos por enterados de que están sonando las trompetas de que la fiesta se termina y de que el Sistema está agotado, terminado, finito, kaput, hayan manipulado o no datos sobre el calentamiento global o sean responsables o no de él las industrias predadoras que asolan el universo mundo en plan Bhopal, Seveso, etc.

¡Qué hermosa especie…, pero no tienen cerebro!, le decía el zorro de Fedro a la máscara. Y vivimos un orden friki de máscaras teatreras donde las autoridades van a lo suyo, que es la conservación del poder para meter la mano en la caja. Allá por Argentina, se están quedando con el país en crudo; por acá, que somos más civilizados, hasta con las pelusas, a juzgar por la corrupción y la falta de transparencia. Un enorme y cósmico Gürtel que abarca desde Tarifa a Estaca de Bares y desde el Golfo de León a Vila do Bispo, en el que todos tienen las manos aceitadas de dineros malgastados, sisados o utilizados para beneficiar a quien convenía, como convenía y cuando convenía.

Volvemos, pues, a lo mismo. Regresamos a lo conocido por miedo a la libertad de ser más o mejores de lo que somos, por pánico a progresar hacia un orden más concerniente a seres libres que aspiran a lo alto, encadenándonos a lo que nos corporaliza como bestezuelas consumidoras y experimentadoras de placeres carnales. Conseguida la libertad de hablar y de quejarnos, aunque no sirva de nada, de poder ver pornografía por doquier o de poder deshacernos de ese engorro que llora mucho y precisa pañales, no nos queda ya ningún horizonte al que dirigirnos: somos cosas que nos conformamos con latir, alimentarnos y morir sin aprovechamiento. Nos asusta la novedad, nos da miedo prescindir de nuestros hábitos y, compulsivamente, retronamos al pecado y al berrido de la manada, volvemos a la oscuridad onanista en la que nos satisfacemos. El misoneísmo nos proporciona seguridad, el confort de lo conocido: lo nuevo…, lo nuevo puede ser peligroso, especialmente si con ello se descubre que las autoridades no eran necesarias… para otra cosa que para ser pastores de manadas, que eran tramposas, que impedían el progreso y que preferían tirar a la basura o derrochar lo que era de todos, en vez de procurar un futuro mejor para toda una sociedad… en la que ellas no cabían.

¡Qué hermosa especie descerebrada, sí!, y ¡qué artistas perderíamos si murieran! Quedaríamos a oscuras, sumidos en un mundo que no les precisaría ni les echaría de menos para otra cosa que para saber qué no debe hacerse ni cómo no deben hacerse las cosas. Por eso incendian cualquier acceso al progreso de la especie, impidiendo que demos un paso evolutivo hacia lo alto, que nos crezcan alas. Nos prefieren ataditos al suelo, a su merced y enquistados entre la nada y el vicio, entre el fútbol y el ocio y entre el consumo y la vacuidad que les sostiene y alimenta. No hay horizonte al que dirigirse, nos dicen: “Hemos alcanzado nuestros últimos objetivos: el futuro del presente, ha estallado.”

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