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Etiquetas:   La linterna de diógenes   -   Sección:   Opinión

Energúmenos

Luis del Palacio
Luis del Palacio
martes, 15 de diciembre de 2009, 03:16 h (CET)
Hay todavía quien dirime sus diferencias por medio de patadas e insultos. En la “era de la comunicación” no son pocos quienes prefieren la coz o el puñetazo al diálogo. Gran paradoja. Una discusión acalorada jamás debería terminar en una pelea, pero sucede con frecuencia.

Con ser malas estas reacciones primitivas que nos acercan a los cavernícolas y que como especie nos sitúan en una posición anacrónica, son mucho peores las agresiones impunes, con alevosía, por la espalda. Como la que sufrió a principios de la pasada semana el periodista Hermann Tertsch. En este caso el informador pasó a ser una especie de “alguacil alguacilado” y se convirtió, a su pesar, en noticia. No se trataba de un “cruce de cables” momentáneo sino de una acción que exigía una cierta premeditación, como queda de manifiesto al haberse perpetrado por la espalda e incluir una rápida huida. No se sabe si el agresor actuó influido por el famoso montaje que había aparecido pocos días antes en el programa del llamado Gran Wyoming, en la Sexta, o por los “telediarios de autor” que presenta el periodista en Telemadrid, pero lo cierto es que la bestia parda eligió la vía más cobarde para demostrar su disconformidad con las ideas de Tertsch.

Hay ciertas agresiones mediáticas “light” que pueden producir hasta una cierta simpatía en el gran público, o al menos en una parte de él.

Cuando el periodista iraquí Muntazer al Ziadi lanzó sus zapatos al ya entonces ex presidente Bush en el transcurso de una conferencia de prensa, no buscaba agredir sino más bien expresar una protesta a través de un gesto comprendido por cientos de miles de musulmanes, cuyo sentir se vio representado ante las cámaras del mundo entero. No en vano Al Ziadi, tras unos meses de prisión fue recibido, como un héroe y su caché ha aumentado enormemente desde entonces.

Ahora le ha tocado el turno al “cavalliere”, pero no ha sido de la forma simbólica y un poco ridícula para el ofendido que le tocó a Bush, sino en su modalidad cruenta; la que busca causar un gran daño, acaso la muerte, de la víctima. Si a Berlusconi no le hubieran saltado literalmente encima los guardaespaldas, evitando que el atacante le incrustara en el cráneo el objeto contundente y metálico –parece que una especie de estatuilla- Italia lamentaría ahora un magnicidio.

No existe justificación alguna para agredir al prójimo. La violencia sólo puede justificarse cuando se actúa en defensa propia o de otros; pero jamás para mostrar el desacuerdo con lo que la víctima dice o representa. En el caso de Berlusconi –personaje que sólo resulta simpático a sus fieles seguidores; como sucede, por ejemplo, con Hugo Chávez en Venezuela- nada atenúa la vileza del acto.

Hace pocos días me vi enzarzado en una pelea callejera y, aunque los detalles del caso no son pertinentes porque no soy una figura pública, debo decir que mi atacante era persona ilustrada y que los motivos de su ataque tenían que ver –aunque parezca mentira- con temas egiptológicos. Caí al suelo en plena vía pública y decidí no devolver el golpe: mi atacante huyó como una rata de alcantarilla y yo evité males mayores, entre ellas solicitar un parte de lesiones y poner una siempre engorrosa denuncia

Y es que esa agresividad necesaria a la que se refería el premio Nobel Konrad Lorenz, nada tiene que ver con la ofuscación mental, que hace descender al ser humano a la categoría de un reptil, aunque este escriba artículos o pronuncie conferencias en ateneos militares.

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