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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

Arriba Italia, abajo Berlusconi

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
martes, 15 de diciembre de 2009, 03:10 h (CET)
Los asiduos de este blog ya conocen mi debilidad por todo lo italiano. Italia es un gran país que visito todos los veranos y del que hace tiempo he quedado admirado. No se trata sólo de Venecia y Roma, quizá las ciudades que más visitamos los españoles, ni de Pompeya o Capri, sino de toda Italia, toda su cultura latina y mediterránea lo que ha prendido en mí. De Italia me gusta todo, su modo de vida y su gente me hacen sentir que no estoy en el extranjero. Perdón, rectifico, de Italia me gusta todo menos su presidente del Consejo, ustedes me disculparán.

En la corrupta sociedad occidental solemos admirar a quien tiene más éxito social, medido casi siempre en dinero o popularidad, y nos olvidamos de otros valores, dignidad, ética y generosidad, por poner los tres primeros ejemplos que han salido del teclado. En ese sentido Silvio Berlusconi puede concitar la admiración de muchos italianos, no sé dónde he leído que los italianos no condenan su vida disoluta porque en realidad aspiran a ser como él. Berlusconi nada en dinero, en popularidad y en poder, tres de las cuatro cosas que la decadencia occidental adora. La otra es el sexo, claro, y Berlusconi también anda sobrado, al parecer, aunque haya tenido que ser de pago.

Berlusconi tal vez pase a la Historia como un gran estadista, aunque para ello mucho deberían cambiar las cosas, pero ya ha pasado por ser el símbolo refulgente de la decadencia moral y social de nuestro primer mundo. Su vida es un perfecto ejemplo de la ausencia de valores trascendentes, de valores superiores, de entrega al dinero por el dinero y al poder por el poder. Y al placer por el placer. Occidente es así, disculpémosle, supongo, o fusilémosle al amanecer.

Con frecuencia sus intervenciones en los foros internacionales causan vergüenza ajena, haciendo sentir inaceptable su presencia junto a los líderes de la sociedad occidental; su exhibicionismo impúdico de nuevo rico, manifestando sin recato sus millones, su poder y sus putas, debería retirarlo de la escena política entre sentimientos de bochorno y sonrojo.

Como a todos los chulos de pueblo le ha llegado la hora de enfrentarse con el loco del lugar, o con otro más chulo todavía, y ha salido violentamente trasquilado. Afortunadamente sus heridas no son graves y no parecen pasar de las típicas de una riña tabernaria, el agresor ha sido felizmente detenido y en su momento deberá comparecer ante la Justicia italiana.

Es imposible alegrarse de la agresión ni sentir por el matón más que deseos de internamiento, sea en una cárcel o en un hospital mental, si es que en Italia no los han cerrado. Un personaje como Berlusconi no puede provocarme sentimientos favorables, no los tengo hacia un líder político carente de valores positivos y tan obscenamente decadente que sirve como antítesis de quien una civilización, occidental y teóricamente cristiana, debería elegir para manejar su timón y llevar su rumbo.

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