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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group  

Obama: Maridando realismo con idealismo

E. J. Dionne
E. J. Dionne
lunes, 14 de diciembre de 2009, 05:58 h (CET)
PARIS -- Los europeos están reconciliándose con el hecho de que el Presidente Obama no es ningún obrador de milagros, y con la realidad de que todo lo que hace no es magia.

Ah, sí, los europeos todavía están contentos de que Obama sea Presidente.

Siguen fascinados por él y agradecidos de la dirección de sus políticas.

Un veterano diplomático francés enumeraba todas las buenas noticias: la promesa de Obama de cerrar Guantánamo, la prohibición de la tortura, la presente retirada de Irak, su diálogo con Irán y Corea del Norte, implicación en el problema palestino israelí, la búsqueda del desarme nuclear, la iniciativa para "relanzar" las relaciones con Rusia.

Y está la postura de América hacia el calentamiento global, a la vista en Copenhague. Este reposicionamiento no importa solamente a la élite sino también al emergente movimiento ecologista de a pie como alternativa al centro izquierda de los partidos socialdemócratas, sobre todo en Francia y Alemania.

Pero son tiempos de dudas europeas: Obama sigue siendo interesante, no es George W. Bush, pero ¿qué tiene para avalar sus esfuerzos? Su iniciativa palestino israelí ha terminado en agua de borrajas. Los frutos de sus nuevos gestos hacia Irán, Rusia y Corea del Norte distan mucho de ser evidentes. ¿Dónde está la legislación del cambio climático que se suponía iba a salir del Congreso?

¿Y por qué se saltó Obama el aniversario de la caída del Muro de Berlín? De acuerdo, dicen los europeos, entendemos que él entiende que el futuro está en Asia, pero ¿tenía que hacer el feo? ¿Y por qué no puede encontrar un solo líder europeo al menos con el que entablar vínculos?

En mitad de tales dudas y quejas, me senté con un grupo de estadounidenses y europeos a escuchar la retransmisión en directo del discurso de Obama en Oslo antes de la inauguración de una conferencia organizada por el Instituto Francés de Relaciones Internacionales. Para mí, el discurso fue la respuesta de Obama a sus críticos, tanto europeos como estadounidenses.

Para empezar, el presidente nos recordaba por qué había cautivado la imaginación de tanta gente desde el principio. El discurso fue descrito de manera generalizada como defensa de la "guerra justa", y lo fue -- una rigurosa y firme defensa del motivo de que la violencia y la amenaza de violencia puedan ser necesarias en defensa del bien.

Pero aún más, el discurso reanimó una escuela ideológica de política exterior que une realismo con idealismo. El discurso de Obama estuvo marcado por un cierto candor acerca de los defectos de la naturaleza humana transmitido por Reinhold Niebuhr, su teólogo favorito, y también de cierta insistencia en que los derechos humanos y la justicia social no son sólo deseables en sí mismos, sino necesarios para la estabilidad.

Su largo tributo a los héroes de luchas en defensa de la libertad y su argumento de que "la paz es inestable allí donde a los ciudadanos se les niega el derecho a manifestarse con libertad o a expresarse religiosamente como les parezca" llegó a algunos activistas de los derechos humanos y hasta a algunos neoconservadores.

Pero esto se acompaña de la afirmación de que la diplomacia, hasta con los regímenes brutales, tiene que formar parte de un esfuerzo por "equilibrar aislamiento con diálogo, presión e incentivos, para que los derechos humanos y la dignidad sean impulsados con el tiempo". Y demostró lo mucho que Obama respeta la tradición realista el que para demostrar su idea, estuviera dispuesto a elogiar a Richard Nixon por sus gestos de aperturismo a China.

Pero el realismo de Obama se acompaña de justicia social, e hizo gestos al Four Freedoms de Franklin D. Roosevelt. "La verdadera paz no es sólo libertad del miedo", decía Obama, calcando a Roosevelt, "sino libertad del deseo".

Y por último llegaba a su insistencia de inspiración religiosa en que la idea del "amor" no es ni ilusa ni romántica, sino que proporciona "la chispa de lo divino que sigue agitándose dentro de nuestras almas" y nos ayuda a no flaquear ante las ambigüedades de la historia. Fue especialmente conmovedor que en la Europa supuestamente secular, la "chispa de lo divino" fue lo que despertó el aplauso a Obama.

Resulta que hay una doctrina Obama basada en la búsqueda del equilibrio moral. Su precepto central es que es posible ser idealista y claro, suscribir un realismo anclado en valores.

Un discurso no va a resolver el contagio de Obama que sufre Europa. La humillación era inevitable, decía uno de mis interlocutores, ya que "parecía prometer lo imposible, y dado que fue tan elocuente, le creímos". Y Obama sigue teniendo muchos defensores, incluyendo al ex ministro de exteriores Hubert Vedrine, que decía que los europeos deben ayudarle, no criticarle.

Hasta el realista entiende la importancia de la puesta en práctica, y el Presidente tiene que trabajar en la práctica diplomática del Obamaísmo. Pero la teoría tiene éxito, y la promesa sigue vigente.

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