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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

¿Demasiado importante para fracasar?

Jim Hoagland
Jim Hoagland
lunes, 14 de diciembre de 2009, 05:57 h (CET)
WASHINGTON -- En las calles de Teherán, jóvenes iraníes gritan "Muerte al dictador" en lugar de "Muerte a América". Al otro lado de la frontera, los iraquíes están preocupados porque la nueva violencia tras meses de calma relativa pueda socavar el proceso político que adoptaron bajo presión estadounidense. Pero también manifiestan una renovada determinación por rechazar a los sádicos y asesinos que con anterioridad dominaron su país.

En Pakistán, un presidente civil débil y desagradable, Asif Ali Zardari, parece estar convenciendo con ayuda estadounidense a su traicionero ejército de abandonar su complicidad con al-Qaeda y los talibanes y combatirlos como amenaza existencial a Pakistán y Afganistán.

Ninguno de estos avances es motivo de celebraciones de victoria. Siguen siendo delicados. Pero cuando se comparan con la opinión generalizada hace unos cuantos años acerca del resultado probable de la intervención extranjera en una región que lleva siglos inmersa en despotismo y agitación, estos sucesos representan un progreso temporal por lo menos.

Ellos ponen de relieve la defensa del Presidente Obama de su política afgana durante su discurso de aceptación del premio Nobel de la Paz como un hito. En cuestión de cuatro décadas -- un abrir y cerrar de ojos en términos históricos -- los estadounidenses han pasado del convencimiento nacional de que no debería de haber tropas de combate estadounidenses destacadas en lo que antes se llamaba "el arco de crisis" -- la opinión de la esfera de los expertos (y la mía propia) cuando vivía y trabajaba en Oriente Medio y el Golfo Pérsico en la década de los 70 -- a aceptar de manera generalizada la noción de que es posible proyectar una presencia militar estadounidense óptima allí. Los ayudantes de Obama han llegado a difundir la narrativa de que a través del interrogatorio presidencial a sus propios legisladores, podemos dar respuesta a si 20.000, 40.000 o cualquier otra cifra de efectivos nuevos llevará el éxito a Afganistán.

Solía ser seguro que los imperios morían en el cinturón de territorios empobrecidos islámicos en su mayor parte que se extiende del norte de África hasta bien entrado Asia Central. Allá por entonces, estábamos seguros de que no podía haber algo peor que la intervención militar estadounidense en esta zona de fanatismo. Ni el embargo petrolero de 1973 ni la revolución iraní de 1979 y posterior secuestro de diplomáticos estadounidenses provocaron decisiones de destacar tropas estadounidenses sobre el terreno para evitar lo que claramente iría a continuación. Algunos políticos abogaron por la medida atávica de hacerse con el control de los campos de petróleo o bombardear Teherán, pero perdieron el debate.

Hoy somos informados por un Nobel presidencial nada menos que en la práctica hay cosas peores que emprender la guerra en esta región y tenemos que ir a luchar hasta bajo las circunstancias menos propicias para evitarlas. La historia sugiere que el Presidente Obama está en lo cierto en principio pero que verá salir mal muchas cosas en la práctica.

Este demostró ser el caso de la política no intervencionista del pasado en la misma medida que de las recientes invasiones de Afganistán y el Irak de Saddam Hussein encabezadas por Estados Unidos. Acabamos sin el control de los campos petroleros, que han generado ruinosas transferencias de océanos de dinero a corruptos regímenes y organizaciones terroristas de Oriente Medio, y con Irán aspirando a poseer un arma nuclear que provocará una carrera atómica a nivel regional -- mientras América lleva el peso de dos guerras que pueden servir de laboratorio de futuros conflictos.

La cadena de infortunios que condujo a esta situación se remonta hasta 1967, cuando la retirada británica del Golfo y la conquista de territorio árabe por parte de Israel empujó a Estados Unidos a un explosivo vacío para el que estaba muy mal preparado. Sólo mediante el entendimiento de la forma en que todas las administraciones transcurridas desde 1967 -- no sólo la desastrosa presidencia de George W. Bush -- comparten la responsabilidad de la presente mezcla entre progreso y peligro podemos encontrar la forma de salir del atolladero que se forma en Afganistán y en la región en general.

Estados Unidos se beneficiaría de un examen independiente y amplio de sus intereses y políticas en Oriente Medio en general realizado por una comisión presidencial de ex funcionarios y académicos. (La presente Comisión Chilcot de Interés Público en Gran Bretaña en torno a las decisiones relativas a Irak serviría de mini-modelo de lo que estoy proponiendo). Por lo menos nos recordaría que la historia no sigue un camino recto predecible. Zigzaguea, haciendo que hasta los imperios poderosos caigan cuando se extralimitan más allá de sus posibilidades.

En Oslo y a principios de este mes en West Point, Obama expuso los riesgos de la guerra estadounidense contra el fanatismo centrada ahora en Afganistán. Está desafiando al mundo a evaluar las consecuencias globales de permitir que Estados Unidos fracase allí sin ayuda significativa. En último término, la comunidad internacional debería decidir que Estados Unidos es demasiado capital -- y demasiado importante para la estabilidad global -- para decepcionar.

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