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Etiquetas:   Mujeres del Siglo XXI   -   Sección:   Opinión

Todo, por amor

Remedios Falaguera
Remedios Falaguera
lunes, 14 de diciembre de 2009, 05:55 h (CET)
"El crucifijo ha sido siempre un signo de ofrecimiento del amor de Dios, y de unión y acogida para toda la humanidad. Lamento que sea considerado como un signo de división, de exclusión o de limitación de la libertad”, señalaba hace pocos días Federico Lombardi, portavoz de la Santa Sede, al conocer la sentencia dictada por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos contra la exhibición obligatoria de crucifijos en las aulas.

Una sentencia que significa el pistoletazo de salida en una carrera descabellada bajo el lema:”Dios ha muerto, viva el hombre”.

Una carrera en la que los participantes no se cortan un pelo en llevar a las aulas una “laicidad obligatoria” con el propósito de impedir que se reconozca al cristianismo como agente fundamental a lo largo de la historia en la siembra la semilla de los derechos humanos y de la democracia. no solo en Europa, sino en el mundo entero.

Pero se equivocan de cabo a rabo si pretenden excluir a Dios de la cultura y de la vida pública poniendo trabas de esta índole.

De verdad creen que retirando los crucifijos de las aulas conseguirán relegar la fe y la doctrina católicas, así como la práctica de la religión, a la esfera de lo privado, eliminándolas lo más posible de la esfera pública?

Lo tienen muy claro. Podrán retirar los crucifijos, pero JAMAS podrán eliminar la cruz como la señal del cristiano.

La cruz es nuestra vida, un regalo de Dios, un privilegio de hijo. En ella se contempla la locura del Amor de Dios por sus hijos, Su poder, Su humildad, Su sabiduría,…En una palabra: Su vida.

Por eso, cuando cogemos una cruz de madera y la besamos con cariño nos invade la fuerza necesaria para decirle: Te quiero, te ayudo, te acompaño,… ¡CUENTA CONMIGO!

¡Dios está de nuestra parte! y nos “guía por el camino justo, haciendo honor a su Nombre. Aunque pase por un valle tenebroso, ningún mal temeré” (Salmo 23), porque El está con nosotros.

Y por ello, tenemos la obligación filial de ser “cruces luminosas, crucifijos vivientes”, como señala bellísimamente monseñor Carlos Osoro, arzobispo de Valencia, en su misiva escrita a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.
Es más, a través de ella nos anima a transformar el “escándalo” de la cruz en “la descripción más bella del amor al prójimo que ha transformado la historia de la humanidad”.

“¡El amor de Dios hacia cada uno de nosotros ha vuelto a reinar desde la Cruz! Por eso decimos que Jesús es el Señor. "Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos" (Rm 14, 9).

Entonces, “¿por qué pretenden obligarnos a retirar la Cruz que es expresión del amor apasionado de Dios por el hombre, manifestado en Jesucristo? A Dios no le bastó con hablarnos de su amor. Jesús no se limita a hablarnos del amor de Dios como hacían los profetas, Él es el amor de Dios, porque Dios es amor y Jesús es Dios. Nos ha hablado desde dentro de nuestra condición humana (…) ¡Qué belleza!”

“Y es que amando hace crecer y devuelve dignidad y esperanza. Si alguien me hace caso, le ruego que antes de quitar un Crucifijo, se acerque a Jesucristo con corazón sencillo, verá cómo sale transformado de este encuentro y con capacidad y gracia para ser alguien que comienza a vivir de otra manera y a relacionarse con los demás de otra forma. La contemplación del hombre injustamente crucificado nos interpela al amor por los demás. La cruz es amor. Siempre me han impresionado dos cosas del amor de Jesús:

1) que hace bien siempre al amado.

2) que es superior a la primera, que consiste en sufrir por él.

Nuestro mundo necesita creer en el amor de Dios. Necesita del Crucifijo. Lo necesita nuestra humanidad, si es que no queremos que siga siendo como dice Dante: "el parterre que nos vuelve tan feroces". Urge volver a proclamar el Evangelio del amor de Dios en Cristo Jesús. Si los discípulos no lo hacemos seremos como los hombres que meten la luz debajo del celemín y defraudaremos la esperanza del mundo.

¡Ha llegado el momento de que todos vosotros seáis crucifijos vivientes! Los cristianos no tenemos otra fortaleza más que la viene del Crucifijo, ha de ser nuestra pacífica armadura, la armadura de Dios mismo. El Crucifijo es el único tesoro que tenéis, la única propiedad.

Pero os digo mucho más,(…) Sed cruces luminosas, sed crucifijos vivientes, causad en cuantos os traten el mismo respeto, los mismos sentimientos, las mismas ideas que un Crucifijo.

Es la hora de los discípulos de Cristo, sin vergüenza de ningún tipo, dad a conocer que sois cristianos, llevando en vuestro pecho el Crucifijo y viviendo conforme a esa cruz que es signo del amor que todo lo puede”.

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