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Etiquetas:   Políticamente incorrecta   -   Sección:   Opinión

Fracaso del sindicalismo vertical

Almudena Negro
Almudena Negro
@almudenanegro
lunes, 14 de diciembre de 2009, 05:55 h (CET)
Trenes puestos a disposición de liberados sindicales de toda España por cortesía de la gubernamental RENFE. Autobuses gratis. Impresionante despliegue de TVE para cubrir una manifestación que los sindicatos verticales, Zerolo y los inevitables titiriteros cejateros, sólo faltaba Alberto Ruiz Gallardón, preveían multitudinaria. En un millón de euros se estima lo que se han gastado los sindicatos en la fiesta. Dieta de 30 euros de comida por asistir a la manifestación “contra la crisis”, que es una estupidez de lema. Como si “la crisis” fuera a asustarse al ver las barbas de Cándido Méndez o escuchar algún mal chiste del hipócrita empresario y presentador Wyoming. O “contra los que se aprovechan de la crisis”. Que no es una estupidez, sino que retrata la caradura de esta gente. ¿Acaso salieron a manifestarse contra ellos mismos, que, pese a no aportar absolutamente nada a la buena marcha del país, son los que se han embolsado este año, el año del 20% de paro, por la gracia del Caudillo ZP, 450 millones de euros de la contribución de los trabajadores? 7 millones de euros al mes le pagamos entre todos a los dos sindicatos del gobierno.

El caso es que, y la prensa afecta no lo cuenta, en 32.000 se cifra por parte de una empresa contratada por la agencia EFE el número de asistentes al aquelarre decimonónico convocado por los sindicatos verticales del régimen, lo que supone que más del 70% de liberados sindicales, que son esos señoritos que disfrutan de privilegios feudales mientras los curritos se van por decenas de miles al paro, se quedaron en casita o se fueron de fin de semana al pisito de la playa.

Lo cierto es que el hipócrita discurso de Méndez y Toxo, tan secundado por el gobernante más radical de Europa y el socialismo que compra en Adolfo Domínguez, Desigual, Sánchez Romero y Custo, cosas del proletariado-VIP, ya no engaña a nadie. En este país, como en el resto de Europa, conocidos los horrores que se escondían detrás del Muro de Berlín, todo el mundo tiene claro que las pequeñas y medianas empresas son la verdadera columna vertebral de nuestra economía, que el empresario es quien crea empleo arriesgando, a diferencia de los sindicalistas, su patrimonio personal y que la economía planificada, esa que algún asesor monclovita de los cientos que con nuestro esfuerzo le pagamos a ZP preconiza, es un camelo de sangrientos resultados. Camelo del que quienes menos quieren oír hablar son los trabajadores más modestos. El socialismo en el siglo XXI es cosa de pijos con contactos que quieren subvención o que aún están por alfabetizar.

Los sindicatos, mérito propio, son considerados por el pueblo al que dicen defender, de ahí que sea imposible que una convocatoria sindical triunfe, una especie de casta privilegiada de quien se desconoce haya acudido alguna vez en auxilio de un currito. Y es que los que se manifestaron este pasado fin de semana en Madrid son, en su gran mayoría, los que viven del cuento; esos cuyos sueldos pagamos entre todos y que no pasan la angustia y el temor por perder el puesto de trabajo que tiene en un ¡ay! a la mayoría de españoles. Son los que no han dado un palo al agua en su vida pero no pueden ser despedidos. Tan poco trabajadores son, en general aunque de todo haya en la viña del Señor, los liberados sindicales que muchos de ellos ni siquiera acudieron a la manifestación. Un sábado por la mañana. A quién se le ocurre. Que la hubieran convocado un viernes por la noche.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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