Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil
15º ANIVERSARIO
Fundado en noviembre de 2003
Opinión
Etiquetas:   Artículo opinión  

Obama, o la deificación de un hombre

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
lunes, 14 de diciembre de 2009, 05:51 h (CET)
Obama, el Presidente de los EEUU y no El Invisible ése del turbante al que se le atribuyen atentados que justifican guerras terribles, está siendo deificado mampuesto a mampuesto. Ayer, sin ir más lejos, le dieron el Premio Nobel de la Paz, si bien no se sabe bien por qué, porque entre otras cosas lo agradeció haciendo panegíricos de la guerra. Como método de defender la paz, eso sí –que no deja de tener su gracia-, pero guerra al fin y al cabo, como la guerra la defiende supuestamente El Invisible, quien también la pregona, según parece por la etérea Internet, aunque en ese caso Santa y para protegerse de los infieles y su angurria y sevicia. Lo que no dijeron los sabios de Oslo que concedieron el galardón al Presidente del Imperio, es si el próximo año le darán el Nobel de la Paz al Invisible, porque no se justificaron por no dárselo en los años anteriores y porque según se ve lo que prima para obtener ese Nobel es que se ensalce la violencia gratuita, ilegal, injusta y a mansalva contra toda clase de inocentes o pringados, que son los que suelen morir en las guerras.

Cosas, cosas, cosas absurdas para que la gente de todo el mundo mire a lo muy alto o a lo muy bajo y no vea lo que tiene ante sus narices, sin duda. Una estrategia que va desde el fútbol a la política y desde el aeropuerto de Lanzarote a los de las cejas, y aun a esas leyes que lindan con el delito de lesa humanidad, las cuales están imponiendo a golpe de locura y sinrazón los demócratas-de-toda-la-vida, que sin duda son también los que aplauden el Nobel de la Paz regalado a los briosos guerreros de las guerras amañadas que arrasan los Estados de allá por donde pasan con sus intereses. Un ramillete de absurdos a cual más incoherente, pero que cumplen a rajatabla su objetivo de dividir a los ciudadanos en facciones, grupúsculos y los reducen a individualidades, desmoronando cualquier fuerza –casi toda- que les proporcionaría la unidad de criterios o de objetivos vitales. La unión –ya se sabe- hace la fuerza, y la desunión…, pues eso, faculta a los nobeles y a los otros a militarizar la sociedad, a atiborrarnos de cámaras y controles, a que hoy se pueda atentar contra la vida humana libre y gratuitamente cuando aun está en gestación (mañana serán los disminuidos, los débiles o los enfermos, aunque por piedad, eso sí), y a que pasito a paso se vaya implantando una dictadura democrática que favorece que los recaudadores de la ceja puedan cobrar lo que no tiene cualquiera que vaya escuchando música por la radio o por su mp3 -¿será que no pagó ya un canon por el aparatejo ése de los demonios?- y que estén por conseguir de un día a otro que se le otorguen poderes a una simple comisión de “expertos” para que pueda restringir según su criterio la libertad de expresión en Internet o donde sea…, en la mejor línea del pensamiento goëbbelsiano. Una gloria, en fin, lo que se nos viene encima, bien se ve.

Pudiera ser que todo esto fuera casualidad, pero lo dudo mucho porque parecen los pespuntes o el hilvanado por donde en breve va a pasar la máquina de coser a todo trapo, uniendo con hilo de bramante lo que ahora parecen puntadas desarboladas de hilo de algodón de un solo len. El dibujo, aunque parezca tan cómico como la entrega del Nobel de la Paz a Obama, no puede ser ni más negro ni más tétrico. Miedo da, desde luego.

Por mi parte nunca le concedí mucho crédito a los Premios Nobel, y no sólo porque su creador fuera aquel hombre de quien se dice que estaba atormentado por el remordimiento por haber inventando el trinito-tolueno, sino porque también recibieron el Nobel de la Paz el Begin aquél que en su juventud ponía bombas en los mercados palestinos o el Sadat que dividió a los árabes, además, claro, de cualquier sabio de la ingeniería que da un pasito más hacia el abismo de convertir al Hombre en una máquina desmontable para que sean utilizados sus mecanismos por otros hombrecillos más pudientes, o a cualquiera que profundiza en cómo convertirnos en dioses para crear bichos a partir de lo que Dios creó, o quienes nos empujan a obtener partículas de Higgs (la partícula de Dios) en los túneles de Suiza, quién sabe si para coronar de una vez por todas al Rey de este mundo y que pueda competir mano a mano con el mismísimo Dios. Gracias a cada uno de ellos estamos como estamos, tan ricamente reducidos a seres que nacen –si les dejan-, crecen –como cosas-, aprenden -a ser codiciosos y buscadores insaciables del gustirrinín-, trabajan –como esclavos, con contratos eventuales y con cada vez menos derechos-, sirven a los dioses –que son los que tienen la pasta-, defecan y empujan –hasta donde su santa les permite-, se cargan a algún que otro nasciturus –de forma crudelísima-, y mueren en beneficio de alguna farmacéutica que ha soltado algún bichito para hacer caja, en el curso de alguna guerra inventada contra sus semejantes o simplemente de asco porque su vida ha sido como vegetar…, o aún peor. El panorama, francamente, no es el más idílico, desde luego.

El propósito de la vida, para un hombre o mujer medio, hace mucho que dejó de buscarse, y las motivaciones sociales para encontrarle algún sentido orientan más a las masas a hacerlas creer que somos un accidente biológico, una suerte de casualidad que se da en el universo, pero que no tenemos mayores diferencias ni responsabilidades que una piedra –positivismo en estado puro- o un bichejo cualquiera, a no ser nuestra capacidad de sentir gustirrinín en las horcajaduras, como los micos. Y sí que lo tenemos: 21 gramos. Somos, ni más ni menos, que 21 gramos de alma; la corporalidad es transitoria, pero esos 21 gramos son eternos, y, por suspender, probablemente tengamos que reencarnar para seguir aplaudiendo al Obama que nos hace más cosas y menos hombres, y quién sabe si para pugnar con obsesivo afán por nuestra ración de placer, aunque sea a costa de descuartizar a algún que otro nasciturus, que es otro semejante que estaba en vías de purgar su propio pecado: el de ser.

Noticias relacionadas

La burra al trigo y la perdiz dando vueltas

Andalucía se merece abrir las ventanas y respirar aire fresco, renovado y fértil

¿Marranea Ciudadanos al PP? ¿Corteja al PSOE buscando ventaja electoral?

Rivera parece temer el San Benito de ser considerado de derechas y es posible que, su apuesta por el PSOE, acabe por conseguir para su partido, Ciudadanos, el calificativo de chalaneador político, de tendencia izquierdista, con quienes apoyan el independentismo catalán

Maestras por el mundo

Laura ha tenido la mala suerte de encontrarse una situación peor que hace un siglo, no respeto a la mujer

¿La sombra del crash bursátil planea sobre Wall Street?

Génesis de la actual burbuja

¿Qué sucede en Europa? La reacción inesperada hacia la derecha

¿Hablamos de extrema derecha o simplemente de derechas a las que, los perdedores de la izquierda y los incapaces del centro, intentan demonizar?
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris