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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group  

lo que las palabras de Obama nos dicen

David S. Broder
David S. Broder
domingo, 13 de diciembre de 2009, 09:10 h (CET)
WASHINGTON -- Una de las cosas que diferencia a Barack Obama de la mayoría de los políticos es lo mucho que se puede conocer a base de escuchar sus discursos.

El presidente es criticado en ocasiones por el tono de sus comparecencias públicas y, siendo sincero, se dedica demasiado a predicar.

Pero en el transcurso de su campaña -- reforzado en su primer año de mandato -- aprendimos que es un error pensar en estos discursos como algo puramente rutinario. No tienen rival a la hora de proporcionar indicios de la forma en que funciona su cabeza y el contexto que orienta sus decisiones.

Lo llamativo es la consistencia con la que pone medidas concretas en el marco filosófico o histórico general, y lo mucho que se ve influenciado en la toma de sus decisiones por el alcance de su ejercicio intelectual.

Esto primero me sorprendió durante la crisis de las primarias cuando las opiniones racialmente provocadoras de su veterano pastor, el reverendo Jeremiah Wright, salieron a la luz pública. En su discurso de Filadelfia Obama dio el primer paso para distanciarse de Wright, pero de alguna manera en medio de la presión de una campaña reñida también logró componer lo que es probable que se interprete como el ensayo más significativo en materia racial pronunciado nunca por ninguna figura pública desde los días de Lyndon Johnson o Martin Luther King Jr.

Tuve una reacción similar al leer los discursos que pronunció Obama durante las dos últimas semanas en la Academia Militar de West Point, anunciando sus planes para Afganistán, y en Oslo, aceptando el Premio Nobel de la paz.

Su objetivo más inmediato en West Point era anunciar las conclusiones de su examen dolorosamente largo de la estrategia afgana y explicar su decisión doblemente polémica de enviar 30.000 efectivos estadounidenses más pero empezar a retirarlos hacia julio de 2011.

Empezar a responder todas las preguntas surgidas a tenor de las filtraciones de los debates internos durante los tres meses anteriores habría sido todo un desafío en sí mismo. Pero Obama insistió en poner su decisión en su contexto histórico -- como respuesta a los instigadores de los atentados del 11 de Septiembre desplazados más tarde por la guerra de Irak -- y a continuación en su contexto estratégico, como piedra angular de la lucha pendiente por estabilizar la vital región afgano-paquistaní.

Desde ese prisma, estaba perfectamente claro el motivo de que Obama decidiera desafiar la voluntad imperante en su propio partido e incrementar el riesgo.

En Oslo, el desafío evidente residía en explicar el motivo de que haya que distinguir con el premio de la paz al presidente de una nación implicada en dos guerras. En lugar de esquivar la polémica o enterrarla en clichés, Obama la abordó de frente, empezando al primer minuto de su discurso y dedicando a esa cuestión la mitad del texto.

Se centró en el significado actual del arcaico concepto de "la guerra justa", y terminó defendiendo que, en contra de los deseos de aquellos que le concedieron este galardón, "No vamos a erradicar el conflicto violento en nuestra vida. Habrá momentos en que las naciones -- actuando a título individual o en concierto -- encuentren el uso de la fuerza no sólo necesario sino moralmente justificado".

Afganistán es un caso así, decía, igual que lo fue la primera Guerra del Golfo para repeler la invasión de Kuwait por parte de Irak. Pero no hizo tal afirmación en defensa de la guerra de Irak que inició George W. Bush, e insistió en que los muchos compromisos morales asumidos por la administración anterior en la guerra contra el terror también estaban injustificados.

No fue un discurso confeccionado para su audiencia inmediata. Hasta se atrevió a debatir directamente con el fantasma del Dr. King, afirmando que "un movimiento no violento no podría haber detenido los ejércitos de Hitler".

Pero dio a su audiencia una orientación clara de dónde y por qué pone Obama el límite en el uso o la amenaza de la fuerza en la negociación internacional. Y también explicó lo que en ocasiones habían parecido invocaciones contradictorias de sanciones firmes contra Irán y la disposición a entrar en negociaciones con Teherán.

Como siempre, se puede descubrir mucho escuchando a este caballero.

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