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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

El guerrero remiso

Kathleen Parker
Kathleen Parker
domingo, 13 de diciembre de 2009, 09:09 h (CET)
WASHINGTON -- Tras el discurso del Premio Nobel de la Paz pronunciado por Barack Obama, cualquiera que siga dudando de que es cristiano realmente en lugar de un musulmán alineado con el fundamentalismo tiene que ir al psiquiatra directamente.

Cualquiera que aún no esté convencido de que Obama es realmente un estadounidense comprometido con los valores de su nación en lugar de un impostor que no promete realmente proteger los valores para satisfacción de sus críticos probablemente debería ingresar en una institución mental.

El discurso de Obama, un artístico equilibrio entre realismo e idealismo, fue a la vez epístola judeocristiana, al reconocer la necesidad moral de la guerra, y meditación en torno al excepcionalismo estadounidense. Fue, en otras palabras, el presidente indiscutible de los Estados Unidos y no una especie de aldeano global rutilante en busca de aprobación.

El discurso fue un momento destacado de la evolución y maduración de Obama, de aspirante ambivalente a líder remiso.

A la altura de la ocasión, logró salir airoso en un momento bajo de su popularidad recordando a los estadounidenses lo que es mejor para ellos.

Homenajeando a los defensores de la no violencia, Martin Luther King Jr. y Mahatma Gandhi, reconocía no obstante que como jefe del ejecutivo encargado de proteger a la nación, no podía seguir en solitario sus ejemplos.

"Que nadie se lleve a error: el mal existe en el mundo. Un movimiento no violento no podría haber detenido los ejércitos de Hitler. Las negociaciones no pueden convencer a los líderes de al-Qaeda de deponer sus armas. Decir que la fuerza puede ser necesaria en ocasiones no es una invitación al cinismo -- es un reconocimiento de la historia, las imperfecciones del hombre y los límites de la razón".

Con esas palabras, Obama se alineaba con los conservadores, seguros tanto de la falibilidad de la naturaleza humana como de un orden moral imperecedero. Al mismo tiempo, dejaba espacio para el debate moral: la dificultad de reconciliar dos verdades aparentemente irreconciliables -- "que la guerra es a veces necesaria, y que la guerra en cierto grado es una expresión de la locura humana".

Obama no mencionó a su filósofo favorito, Reinhold Niebuhr, pero las ideas de Niebuhr estuvieron presentes todo el tiempo. Por poner sólo un ejemplo, Obama dijo "Tenemos que empezar a reconocer la difícil verdad: no vamos a erradicar el conflicto violento en nuestra vida". Niebuhr dijo "Nada valioso puede alcanzarse en el transcurso de nuestra vida".

Como Niebuhr, que durante la Segunda Guerra Mundial abandonó sus orígenes pacifistas para convertirse en un defensor de la guerra, Obama ha abandonado el cómodo mundo de la construcción del consenso para convertirse en un presidente de guerra, decidiendo hace poco enviar 30.000 efectivos adicionales a Afganistán. Su viaje sin duda ha sido doloroso a medida que ha llegado a este destino nada familiar: "Algunos asesinarán. Algunos serán asesinados".

Ningún candidato presidencial puede anticipar por completo nunca el peso del cargo al que aspira hasta que envía a la batalla a su primer pelotón. Obama se ha unido a la procesión de los otros que han sufrido a la espera de la inminente cifra de bajas. El conflicto moral que expresaba verbalmente va a encontrar expresión muy pronto en su rostro.

Aunque el discurso de Oslo acompañaba a otros que han inspirado hasta a sus críticos, fue el discurso más presidencial de Obama. Éste marca el momento en que Obama se convierte en un líder, definido como un individuo que elige la vía difícil porque está seguro de que es la correcta.

Algunas de las maquinaciones de las propias excusas de Obama eran patentes en el texto. Pretendió dar a entender, por ejemplo, que su guerra de Afganistán está más justificada que la guerra de George W. Bush en Irak. Hablando de los dos episodios, decía: "Una de estas guerras se está calmando. La otra es un conflicto que América no buscó".

Llegó a extremos insospechados para observar que las otras guerras, las "guerras santas" en particular, no están justificadas nunca. Y finalmente, "la propia guerra nunca es gloriosa, y no debemos pregonarla como tal nunca".

Y así el guerrero remiso, que llegó para salvar al mundo de las enfermedades, las plagas y el calentamiento global, también tendrá ahora que emprender la guerra tanto contra un enemigo ideológico como contra su propio temperamento. El liderazgo no es para cobardes.

De las alrededor de 4.000 palabras que pronunció Obama, las más tranquilizadoras para los oídos estadounidenses, por no hablar de aquellos sentados en sus inmediaciones, fueron las de homenaje de Obama a los sacrificios y gestos de generosidad de sus paisanos. Recordó al mundo que, al margen de los errores que hayamos cometido, Estados Unidos ha derramado su sangre y dedicado sus recursos a implantar la democracia y promover la paz y la prosperidad en el mundo.

Hay mucho que criticar en la administración Obama. Pero en momentos concretos, el presidente formula nuestros problemas de forma que nos conducen más allá de nuestras insignificantes diferencias. Su Premio Nobel puede ser todas las cosas que sus críticos han enumerado, pero la respuesta de Obama ha sido una triunfante expresión de los valores y el carácter estadounidenses.

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