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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

A vueltas con Haidar, España y el pueblo saharaui

Mario López
Mario López
domingo, 13 de diciembre de 2009, 09:05 h (CET)
Es sorprendente el apasionamiento con el que una cantidad importante de la población española se ha lanzado a defender los derechos de Aminatou Haidar, pasando por encima de cualquier consideración que pudiera poner mínimamente en cuestión la absoluta e inapelable legitimidad de la activista saharaui.

No creo yo que haya alguien medianamente decente que no condene la lamentable situación de desamparo a la que se ha condenado al pueblo saharaui desde hace varias décadas. No creo tampoco que haya alguien medianamente decente que sea indiferente a la generosidad y bravura de Aminatou Haidar defendiendo sus ideales; así como al grave peligro en el que está poniendo su vida. Pero nada de esto nos puede hacer perder el criterio. No se puede demonizar al Gobierno español por no haber atendido a las demandas de Haidar en el mismo instante en que su avión aterrizó en el puerto de Arrecife. No se puede organizar cada diez minutos un acto de acoso y derribo a las autoridades españolas con el peregrino propósito de resolver en diez minutos lo que no se ha podido resolver en cuarenta años. No se puede atender a las invitaciones del Frente Polisario a presionar al monarca alauita, cuando el propio Polisario tiene demasiadas cuentas de sangre pendientes con los pescadores españoles. Se ha dicho que la retirada de las tropas españolas en 1975 ante la Marcha Verde fue una cobarde acción contra el pueblo saharaui y la mayor afrenta al honor de nuestro Ejército. Me parece un análisis cuando menos simplista ¿Era recomendable entonces entrar en guerra con Marruecos, en medio de la agonía del dictador Franco, con la oposición democrática en la clandestinidad y un ejército todavía plagado de mandos africanistas dispuestos a retomar la guerra del Ifni (con Ceuta y Melilla asediadas por el ejército marroquí) para volver a continuación las armas contra los demócratas españoles? No me parece lo más sensato ¿Es en estos momentos aconsejable presionar a Marruecos para que devuelva la soberanía al pueblo saharaui con el solo concurso del rey Juan Carlos, primo del sultán Mohamed VI? Tampoco me parece razonable, pues si fracasa el primo, ¿qué podemos esperar a continuación? Lo que sí me parece razonable es resolver el problema humano de Aminatou Haidar de la manera más expeditiva y sin ceder a ningún tipo de chantaje y, a continuación, propiciar una cumbre en el ámbito de las Naciones Unidas para fijar, de una vez por todas, una fecha para el referéndum para la autodeterminación del pueblo saharaui; resolviendo, por encima de la dicotomía Polisario-Marruecos, el eterno problema del censo.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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