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Etiquetas:   Contar por no callar  

El picoleto que amaba el jazz

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
domingo, 13 de diciembre de 2009, 09:03 h (CET)
La España de charanga y pandereta y el que a uno le espeten a la cara aquello de “usted no sabe con quien está hablando” sigue en vigor como en los años más negros. Estos días nos hemos enterado de que existe un festival de jazz que ya va por su quinta edición en la población de Sigüenza gracias a un incidente en el que han intervenido el alcalde del pueblo y un guardia civil. Sin la ayuda indirecta de estos personajes, de opereta en esta ocasión, tal vez la prensa no se hubiera hecho eco de las aficiones musicales de los habitantes de esta pequeña población de cinco mil habitantes.

Los recitales de música tenían lugar en una ermita del pueblo y durante la actuación del saxofonista Larry Ochs uno de los asistentes expresó su descontento ya que, según él, había pagado religiosamente su entrada para asistir a un concierto de jazz y lo que Ochs y los músicos que le acompañaban estaban tocando no tenía nada que ver con este tipo de música, es más, el susodicho espectador alegó en defensa de su reclamación que su médico, no especificó si psiquiatra o de cabecera, le tenía prohibido escuchar el tipo de música que allá se estaba ejecutando para preservar su salud mental.

Me imagino la escena, las imágenes de los santos mirando despavoridas desde sus hornacinas la escena que se vivía en aquellos momentos en el interior de la ermita, Larry Ochs, saxo en ristre, con cara de no entender nada de lo que ocurría, el desconsolado espectador interrumpiendo el concierto y reclamando que tocaran, tal vez, temas de Glen Miller y el alcalde, del que me dicen es un apasionado del jazz, llamando a la pareja acharolada de los tricornios para que impusieran orden en la sala. Y he aquí que uno de los guardias civiles, tal vez experto en música, ordenó al músico que interpretara algunas notas, se sacó la cera de los oídos y prestó atención a los sonidos que los soplidos de Larry Ochs sacaban de lo más hondo de su saxo.

Y el experto vestido de dril verde dictaminó con precisión de catedrático en la materia que el saxofonista interpretaba sonidos diferentes a lo que él, doctor en la materia, entendía por música de jazz y por tanto el espectador reclamante tenía todo el derecho a protestar ante tal engaño. Ochs, a punto de jubilarse como músico, no había vivido en sus largos años de profesión un momento como aquel en el que un señor uniformado devenía en profesor de Conservatorio y pontificaba sobre una materia sin saber siquiera el valor de una semifusa. Aunque tal vez me equivoque y en estos tiempos en los que la Benemérita se ha modernizado tanto los aspirantes al cuerpo tomen clases de música y composición para después poder actuar como expertos en estos tipos de dimes, diretes y reclamaciones. Como dijo Ochs al terminar la discusión ya tiene alguna cosa especial que contar a sus nietos.

In illo tempore en los pueblos la pareja de la Guardia Civil era el signo de la autoridad, era entonces cuando “sobre las capas relucen/manchas de tinta y de cera” como los describió García Lorca, y en los cuartelillos a la hora de escribir los atestados se peleaban con las teclas de las máquinas de escribir y con la sintaxis, “Jorobados y nocturnos/por donde animan ordenan/ silencios de goma oscura/ y miedos de fina arena” seguía diciendo Federico describiendo el temor que producía ante las gentes sencillas la pareja de tricornios. Hoy, afortunadamente, todo esto ya es historia, los ordenadores han sustituido a las viejas Underwood y a los cuarteles llega gente, a veces empujada por el paro, con un apreciable nivel de estudios, pero todavía quedan algunos números que se sienten autoridad, no sólo en la materia que les otorga la legislación, y dirimen en querellas musicales cual si de un Coltrane se tratara.

En el cuartelillo de Sigüenza cuentan con un picoleto, dicho con todo el respeto, amante del jazz, tal vez los cinco años que lleva teniendo que escuchar este tipo de música le han afinado el oído o, tal vez, creyó que en su papel de autoridad nadie mejor que él podía determinar si Larry Ochs tocaba o no verdadera música de jazz. Espero que no cunda el ejemplo y veamos, manu militari, suspendidos los conciertos cuando a un acharolado, ante cualquier espectador medio ido, se le ocurra meterse a catedro musical.

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