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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Las caras nuevas del Senado entran en escena

David S. Broder
David S. Broder
sábado, 12 de diciembre de 2009, 09:01 h (CET)
WASHINGTON -- Por fin hay buenas noticias en el frente de la sanidad. El titular se lo llevó el posible compromiso alcanzado en el espinoso asunto de la opción pública, pero la mayor victoria podría estar en la menos conocida legislación del Senado que podría reducir realmente el coste de forma drástica de nuestro sistema de salud imposiblemente caro.

Esta semana, los detalles de tal cambio salían a la luz en el marco de un paquete de enmiendas propuesto por 11 senadores Demócratas novatos -- que tienen montones de sentido común para compensar su falta de de veteranía y renombre.

Desde que volvieron de su receso veraniego, con su intercambio subido de tono en sus asambleas todavía en sus oídos, los nueve caballeros y dos mujeres que integran por primera vez la mayoría en el Senado se han venido reuniendo semanalmente para ver lo que podrían aportar para sacar adelante el proceso.

Como me decía Mark Warner, senador de Virginia y uno de los líderes del improvisado grupo, "Sabíamos que estábamos sentados en la mesa de los pequeños", sin ser miembros de la élite del Comité de Economía. Pero muchos de ellos estaban acostumbrados, fruto de sus puestos en las instancias locales y estatales, a cerrar disputas legislativas atascadas de forma parecida.

Así que se dirigieron a algunos de los jugadores importantes fuera del Congreso y, como me decían varios de esos expertos en grupos de interés, desempeñaron la parte difícil del trabajo de explorar por cuenta propia cómo podría mejorarse la legislación que está surgiendo.

El producto de su ejercicio es un paquete de enmiendas que según ellos "ampliarán y acelerarán los esfuerzos por estimular la innovación y reducir los costes para el consumidor a lo largo de todo el sistema sanitario estadounidense".

Muchos de los cambios propuestos llegan con el aval de las organizaciones empresariales, sindicales, de consumidores y proveedores. Si bien los redactores eran todos Demócratas sin cartera, trabajaban a instancias del secretario de la mayoría Harry Reid y su paquete fue inmediatamente aprobado por la Senadora de Maine Susan Collins, Republicana moderada.

Al mantener unos objetivos modestos y centrarse en los cambios que pueden tener beneficios prácticos, los novatos mejoraron enormemente las posibilidades de que su propuesta sobreviva en cualquier legislación sometida a la aprobación del presidente.

Su trabajo fue elogiado por muchos que ayudaron a desarrollarlo por reconocer que hay que hacer cambios paralelos en Medicare y Medicaid, así como en el sector privado de la medicina. También barajaron la necesidad de hacer un uso más robusto de los experimentos de campo para averiguar cómo hacer eso.
Esto se basa en una creciente consciencia del hecho de que enterradas entre los miles de folios de la legislación aprobada por la Cámara y pendiente de aprobación en el Senado hay autorizaciones de programas piloto que ponen a prueba un amplio abanico de cambios encaminados a coordinar la atención y reducir el gasto.

Han estado presentes todo el tiempo, pero hasta hace poco se veían eclipsados por el enfrentamiento a cuenta de la opción pública, el aborto y los demás asuntos que acapararon titulares. Estos programas piloto pondrán a prueba enfoques tales como ofrecer una factura general en lugar de una factura por cada médico o prueba cuando, por ejemplo, un paciente con angina de pecho o diabetes sea tratado por primera vez, o recompensar o penalizar a un centro hospitalario dependiendo de su número de infecciones contraídas durante la hospitalización.

Por casualidad, justo cuando los novatos se preparaban para presentar su paquete de ampliación significativa del alcance de los programas piloto, la revista New Yorker publicaba en su edición del 14 de diciembre un artículo firmado por Atul Gawande destacando el potencial de tal experimentación. Gawande, un médico metido a periodista residente en Boston cuyo trabajo es citado con frecuencia por el Presidente Obama, puede haberse convertido en la voz más influyente del debate sanitario fuera de la política, en especial en el asunto de controlar la ruinosa inflación médica.

Gawande afirma que el ejemplo histórico de fomentar la innovación en el control del gasto a través de proyectos piloto patrocinados por el gobierno puede encontrarse en el sistema de explotación del Departamento de Agricultura. Durante la primera década del siglo XX, agentes de condado persuadieron a un puñado de granjeros de utilizar métodos científicos modernos para explotar la tierra y cultivar la cosecha, y su éxito se extendió rápidamente a miles más. Nosotros cosecharemos pronto los beneficios de una transformación que fue catalizada -- no promulgada -- por el gobierno.

Necesitamos con urgencia una transformación parecida en el terreno de la sanidad, y las enmiendas de las caras nuevas pueden ayudar a que llegue antes.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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