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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

El año que vivimos peligrosamente

David S. Broder
David S. Broder
viernes, 11 de diciembre de 2009, 07:56 h (CET)
WASHINGTON – Ya es todo lo seguro que cabe estar en política que el año 2010 será un año doloroso para los Demócratas -- un año de elevado desempleo, impresionantes déficits y una creciente lista de bajas fruto de una guerra sin resolver.

Dentro de la administración Obama, ese hecho – y sus implicaciones con una mayoría en el Congreso recortada de manera drástica – es reconocido abiertamente. Las sesiones de planificación estratégica se dedican ahora a la posibilidad de solventar parte de todos estos despropósitos antes de que el presidente confronte a los electores en 2012.

El desastre económico lleva siendo evidente desde hace más de un año. La burbuja inmobiliaria reventó antes incluso de que Obama fuera elegido y el sistema financiero se vino abajo antes de ser investido en el cargo. La deuda nacional proliferó con la aprobación del necesario paquete de rescate fiscal y lleva meses siendo dolorosamente evidente que la recuperación va a ser lenta y paulatina – y casi carente de creación de empleo.

Esta semana supimos que Afganistán – la otra pesadilla que heredó – también va a poner a prueba la paciencia de la nación y su capacidad de absorber el dolor. El tan esperado discurso de Obama esbozando sus esfuerzos más recientes por formular una política para una guerra que lleva abierta ocho años lo evidenció tan claramente al menos como su incapacidad a la hora de evadir las miserables elecciones con las que se le ha confrontado.

Cedió a lo inevitable al acceder a enviar 30.000 efectivos estadounidenses más a combatir a los talibanes y sus aliados terroristas. Había reconocido desde hacía tiempo que la presencia de al-Qaeda, la creciente fuerza de los talibanes y la debilidad de un régimen con armas nucleares en el vecino Pakistán, todo conjura para que Estados Unidos no se pueda permitir perder su influencia sobre la gente que administra Kabul.

Tan corruptos e incompetentes como puedan ser, son una amenaza inferior a la que plantearían los talibanes. Y por tanto tenemos que apoyarles. Si Obama aceptase por omisión el retorno de aquellos que protegieron a los terroristas del 11 de Septiembre, hasta el dividido y obstruccionista Partido Republicano podría ser devuelto al poder.

La retórica de Obama fue lo bastante hábil para que muchos entre su audiencia del martes crean haberle escuchado prometer que el destacamento de efectivos en Afganistán que ha ordenado será disuelto tan apenas entrado 2011. Pero el Secretario de Defensa Robert Gates, que es incapaz de disimular, dejaba claro rápidamente que la retirada empezará – no terminará – ese año y sólo si las condiciones sobre el terreno de batalla lo permiten.

Mientras tanto, las tropas estadounidenses combatirán al enemigo en las regiones más peligrosas de Afganistán a lo largo de todo el año que viene – y probablemente más allá.

Las referencias de Obama a su esperanza de que 2011 pueda ver el retorno de la escalada que ha aprobado fue interpretada de manera generalizada como una forma de desplazar la presión al Presidente afgano Hamid Karzai, para que depure su corrupto gobierno y empiece a prestar servicios a su pueblo.

Éste puede ser el objetivo último, pero es más probable que el efecto inmediato se sienta entre el ejército estadounidense. El General Stanley McChrystal, el mando al frente de las tropas estadounidenses y de la OTAN, recibió casi todo lo que solicitó al jefe del ejecutivo, pero con un algo extra: un calendario implícito que pone sobre él y toda la cadena de mando una enorme presión para obtener resultados rápidos.

Fijar el 2011 como momento de retorno de las tropas estadounidenses en Afganistán puede ser algo menos doloroso de aceptar para los Demócratas pacifistas. Pero deja a McChrystal y sus efectivos sin margen de error. No será hasta mediados de 2010 cuando los últimos efectivos de las 30.000 tropas nuevas se encuentren en el país. Y pasará más tiempo antes de que la distribución y la formación de las fuerzas afganas pueda lograrse.

Mientras tanto, los talibanes pueden seguir explotando la frustración de la opinión pública con el disfuncional gobierno afgano, reclutando nuevos guerrilleros con la misma rapidez quizá con la que McChrystal puede disuadirles de unirse al movimiento.

Este tipo de lucha paciente por la fidelidad de los supervivientes es difícil bajo la mejor de las circunstancias. Cuando las órdenes son lograrlo cuanto antes, se vuelve casi imposible.

Es perfecto que Obama no se deje llevar por el pánico. Mantener las cosas en su sitio será un examen constante cada uno de los días de 2010.

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