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Etiquetas:   Carta al director  

Resucitando la tauromaquia

Julio Ortega Fraile
Redacción
jueves, 10 de diciembre de 2009, 09:48 h (CET)
Hay algunos que emulando al Doctor Frankenstein pasan buena parte de sus días intentando resucitar cadáveres. Lo más estrambótico del asunto es que su interés poco tiene que ver con el deseo de otorgar vida, se corresponde más bien con un enfermizo culto a la muerte; no a una muerte natural y exenta de padecimientos en lo posible para el que la sufre, sino provocada, tortuosa y por lo mismo, apetecida para terceros, pues si de la agonía propia siempre se huye, los hay que disfrutan con la ajena y en el colmo del extravío moral, llegan incluso a presentarla como una necesidad irrenunciable, beneficiosa y enaltecedora para el ser humano. Estoy hablando de la tauromaquia, una tradición con consecuencias letales que languidece mientras unos cuantos tratan desesperadamente de hacerla resurgir, por más que sus constantes vitales sólo las mantengan ya terapias basadas en inyecciones continuas y millonarias de dinero público. Como Víctor Frankenstein, pero éstos conocedores del monstruo que alientan y con la asistencia indispensable de las administraciones.

Así, en una nueva tentativa por lograr tan innoble objetivo (y el adjetivo, si no es apropiado se debe a que se queda corto o a que es demasiado benigno, porque teniendo en cuenta lo que estos individuos le hacen a los toros, se me ocurren calificativos mucho más apropiados), en Andalucía se han reunido Peñas y Tertulias Taurinas con la pretensión de crear la Federación Cultural Taurina Andaluza (observen que el término "cultura" lo introducen con calzador una y otra vez, que viene a ser algo así como asociar los sustantivos "amor" y "violación"), porque según ellos, tales colectivos "son un motor fundamental para mantener viva la Fiesta de los Toros". Llevan años estos siniestros personajes tirando del desfibrilador mediático para salvar a un paciente que se les muere, que por otra parte es lo más conveniente que puede hacer, ya que su existencia implica la tortura y el asesinato de miles de seres inocentes.

¿Y qué mejor para convencer de las bondades de su brutal afición, que asegurar que es muy recomendable para los niños y fomentar la participación de éstos en su desarrollo?. En una Sociedad en la que al menos sobre el papel, se dice proteger a la infancia de cualquier agresión física o moral, lograr que una actividad se considere adecuada para los más pequeños es dotarla de legitimidad ante la conciencia colectiva, puesto que si no daña sus mentes es porque nada tiene de nociva. Y así, con ese halo de inocencia y con esa pátina de pedagogía, quieren estos taurinos vestir la indecencia con una mortaja de colores, cual traje de gala, para hacerla atractiva a los padres y encandilar a los hijos; sin embargo, por muy festiva que sea su apariencia es sólo eso, un sudario dudosamente seductor que envuelve violencia, abuso y crueldad.

Entre las perversas ideas surgidas en este conciliábulo de adeptos a las hemorragias de toro están las de: "ofertas de entradas en los institutos, clases de toreo a críos y permitir la entrada de los más pequeños a las plazas de forma gratuita". Se están pasando por el forro de su egoísmo y de su sadismo artículos de la Declaración Universal de los Derechos del Niño, pues dónde queda para esta gente el que "deban de ser protegidos contra prácticas que fomenten cualquier discriminación (la de los animales en este caso), o que hayan de ser educados en la paz (la lidia incita a la agresión), en la tolerancia (nada más intolerante que negar el derecho a la vida) y consagrando sus energías y aptitudes al servicio de sus semejantes (o cuando menos, al respeto a quienes cohabitan con nosotros en el Planeta)".

Estos sujetos, obsesionados como están en que se siga considerando el suplicio y la ejecución de animales como expresión de un valor fundamental para el desarrollo artístico e intelectual del hombre, así como para reafirmar la validez de tradiciones según ellos inamovibles, hacen sus pretensiones merecedoras de una condena social - ya que la legal por el momento no se les puede aplicar - por la bajeza y el desprecio que demuestran queriendo parapetar lo que sólo se puede clasificar como crimen autorizado, tras la conmovedora e inofensiva estampa de multitud de cuerpos infantiles, como testigos de la ruindad de sus mayores y bebiendo por sus ojos, la sangre derramada de quienes cometieron la fatal equivocación de no nacer personas; todo ello sin que debido a su inmadurez, sean capaces de reflexionar sobre las razones y las consecuencias de tanta brutalidad, y recibiendo estímulos asi de malsanos cuando la imitación de conductas, forma todavía parte fundamental de su proceso de aprendizaje y socialización.

¿Cómo es posible realizar tal exaltación de actitudes salvajemente primitivas?, ¿cómo tienen la desfachatez de valerse de los niños como instrumento destinado a colaborar en la perpetuación de la tortura a otros animales?, ¿cómo se atreven a bordear la ley por el margen del cinismo y de la sevicia, pisando de lleno en los pozos negros de una legislación anacrónica y profundamente injusta?, ¿cómo... se puede defender la tauromaquia?.

Han echado mano de taurinos famosos, como si la popularidad fuese garantía de ejemplaridad en la conducta; han buscado el apoyo de ciertos políticos con una taurofilia sospechosamente obsesiva; incluso se han valido de donaciones a ONGs, previo llamamiento masivo a los medios de comunicación, para escarbar en el corazón de los ciudadanos, una suerte de inversión con dinero manchado en sangre; y ahora, en un último esfuerzo rozan la degeneración y convierten la perversión consentida de menores en estrategia al servicio de sus intereses, estableciendo un callejón directo desde los centros de enseñanza hasta los ruedos y en algunos casos, utilizando la gratuidad del espectáculo como aliciente para que los niños se familiaricen con la tortura de animales y asegurarse la continuidad de tan deficitario negocio.

Cómo me recuerdan, promotores de la Fiesta, a los que reparten droga en las puertas de los colegios. La diferencia es que convertir a los jóvenes en yonquis de la crueldad con toros, es todavía un acto impune.

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