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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Un minuto para mí

María Romo de Oca
Redacción
jueves, 10 de diciembre de 2009, 09:17 h (CET)
Confieso que al charlar con vosotros la última semana, un descubrimiento me conmovió. Además de la promesa a los ciegos, sordos y cojos de que sanarían de sus males hay otra promesa curiosa que puede referirse a todos: “El que de ellos se ha compadecido, los llevará a los manantiales…”.

¿Os dais cuenta? Como en esos países de oriente, casi todas nuestras limitaciones tienen forma de sed. Dicen, además, que es abrumadora la proporción de líquidos en nuestro organismo. De ahí los dos o tres litros diarios de agua que necesita el cuerpo. Pero ¿y el alma? ¿Por dónde se esconde nuestra sed?

Tendríamos que llevarnos la mano al pecho para ver si, en lo más hondo de nosotros, hay una pequeña fuente que salta, una alegría de vivir, una maravillosa impaciencia. No tenemos tiempo. Andamos a lo loco, preocupones, inquietos. Demasiadas cosas dependen de nosotros, ¿cómo vamos a saber si corre el agua?

Tampoco la vida nos trata con blandura. Crisis en el trabajo, tal vez zancadillas, pruebas... Y después, un número, un cargo, un sillón… Demasiadas cosas. ¿Quién puede escuchar su manantial? Ni siquiera sabemos cómo somos o qué se esconde tras la flamante máscara que paseamos.

Así un día y otro, un año y otro. Todos como ovejas “Dolly”, convertidos en la madre coraje, el buen funcionario, la secretaria eficiente, el político camaleón.¡Ufff! ¿Cómo subir corriente arriba, para mojar los dedos en el primer temblor del agua?

Por favor, un minuto, para saber lo que queremos, lo que buscamos, si de verdad somos nosotros. Si acaso existimos.

No hay renovación sin un consenso elemental con nosotros mismos. Basta un minuto. Lo afirma un best-seller. Las posibilidades de mejora que tenemos todos con sólo un minuto diario, reflexivo, intenso, descarado, íntimo…, son infinitas.

Un minuto sólo para nosotros, para atrapar ese yo escurridizo que se escapa bajo todas las formas de evasión. Un minuto sólo para mí. Ya esta bien de actos programados, compromisos, gestiones…Me pregunto por qué tenemos todos la manía de sentirnos imprescindibles, de creer que si no hacemos esto o aquello, el mundo se viene abajo.

Esta eficiencia calculada es lo que nos impide descubrir el enorme gozo de lo inútil. Lo dijeron los griegos. “Todo lo que viene de los dioses es gratuito”.

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