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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La enfermedad de la inseguridad

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 10 de diciembre de 2009, 09:14 h (CET)
El gran boom de su construcción llegó en los años setenta. En esta época surgieron como grandes moles blancas en las que se podían atender a miles de pacientes a la vez. En cada gran ciudad se iban levantando, poco a poco, como enormes monstruos. Y –no podía ser de otra forma- eran bien recibidos, venían para curar a la gente. Pero había un problema, ellos eran los que nacían enfermos. Y su enfermedad se ha desarrollado con ellos, y con ella han crecido. Nuestros grandes centros hospitalarios nacieron sin seguridad, debido a la falta de normativa y de legislación adecuada para ellos. Hoy, mayores de edad, aún no se han curado, sólo se le han ido aplicando pequeños remedios, poniendo parches para adecuar viejos edificios a obligaciones modernas. De momento, se sigue parcheándolos para curarles de una gran enfermedad, la enfermedad de la inseguridad.

El fuego es el mayor peligro –por supuesto que no el único-, la mayor amenaza que puede pesar sobre un centro hospitalario. Y también es el riesgo que más preocupa. No hay que olvidar que en su interior se encuentran miles de personas que, al estar en su gran mayoría impedidas, podrían quedar atrapadas en el interior de las grandes moles blancas si se produjera un incendio.

Y a pesar de ser lo más preocupante, lo más peligroso, los incendios se siguen produciendo en los grandes hospitales.

Los estudios e informes que se han realizado sobre los grandes centros hospitalarios dan unos resultados, no demasiado halagüeños: una media de 30 o 40 deficiencias por centro. La mayoría de estas deficiencias se refieren a la materia de la protección contra incendios: estructuras metálicas no resistentes al fuego; falta de compartimentación de plantas, escaleras, aparatos elevadores y centros de transformación; fallos en la detección y alarma; escasez y falta de adecuación de la extinción automática, bocas de incendio equipadas y extintores portátiles; excesivas distancias de evacuación; obstáculos en las salidas de emergencia; falta de señalización y alumbrado de emergencia; inexistencia de ventilación natural en aparcamientos, almacenes y cuartos de instalaciones, etc., etc.

Por aquello de “mal de muchos, consuelo...“, hay que decir que nuestro país no es el único que andan mal en estos temas.

Pero, por desgracia, en un hospital no nos podemos limitar a un solo riesgo. Acompañando al riesgo de incendio, que no excluyéndole, aparecen muchos riesgos potenciales.

Existen caídas de tensión, problemas eléctricos y de mantenimiento, fallos en equipos, residuos peligrosos (los hospitales españoles generan diariamente más de 500 toneladas) que se amontonan sin control, falta de salubridad...

Todos estos riesgos, habidos y por haber, encerrados entre las cuatro inmensas paredes que informan estas grandes moles blancas. Mientras tanto la seguridad –cuando se habla de prioridades económicas- continúa en segundo plano. Falta de presupuestos, falta de concienciación, falta de adecuación a las normas, falta... Demasiadas faltas para muchas necesidades vitales. Y como dijo el poeta: “:Lo que tú sabes de sobra / es que una vida que se pierde / ya nunca más se recobra”.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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