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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

El elevado coste de la escalada

David S. Broder
David S. Broder
martes, 8 de diciembre de 2009, 07:15 h (CET)
WASHINGTON – En la tarde del mismo día de la semana pasada en que el Presidente Obama se desplazó a West Point para detallar sus planes de enviar 30.000 efectivos estadounidenses más a combatir a los talibanes y a Al Qaeda en Afganistán, los cuatro candidatos Demócratas de Massachusetts que esperan ocupar el escaño de Ted Kennedy en el Senado se encontraban para celebrar un debate televisado.

Cada uno de los cuatro – incluyendo al favorito de las primarias del martes, la fiscal general del estado Martha Coakley – decía oponerse a la decisión del presidente de escalar. Refiriéndose a la promesa de Obama de comenzar a retirar una cifra indeterminada de efectivos “del incremento” hacia julio de 2011, Coakley decía: “Me parece que no es práctico, teniendo en cuenta cuál pensamos que es la misión y la cifra de tropas que estamos destacando.

“No vamos a ser verdaderamente capaces de terminar el trabajo en 18 meses e iniciar una estrategia de salida allí”, decía.

El rechazo a los argumentos de Obama por parte de la favorita a representar a un estado abrumadoramente Demócrata ilustra hasta qué punto ha fracasado el presidente a la hora de convencer a sus correligionarios de que lleva razón en la decisión política de mayor impacto sobre la seguridad nacional de su mandato.

Ello es síntoma de un problema más extendido; Coakley y sus rivales son emblemáticos de la disidencia Demócrata generalizada en la cuestión de Afganistán.

Escuche, por ejemplo, a la presidenta de la Cámara Nancy Pelosi, que normalmente es la principal impulsora de los programas de Obama en el Capitolio. Al ser preguntada durante la conferencia de prensa del jueves por su advertencia pre-discurso de que había escaso apoyo a la escalada en el hemiciclo Demócrata, ella reiteraba esa opinión y añadía que quería más sesiones informativas acerca de los motivos y los planes de Obama antes de que los representantes sometieran a votación la financiación de la guerra.

Evitando escrupulosamente cualquier mención que pudiera interpretarse como apoyo a la política de Obama, decía “Yo creo que debemos tramitarlo con cuidado, escuchar lo que plantean y después los miembros tomarán su decisión. Algunos ya han tomado su decisión, y han sido muy claros en la materia”.

En la práctica, muchos de sus aliados más próximos en la Cámara como la Representantes de Connecticut Rosa DeLauro han anunciado que se opondrán a financiar el programa de Obama. “Me va a ser muy difícil votar a favor de la financiación destinada a un mayor compromiso militar para combatir a los talibanes y a los diversos grupos insurgentes que llevan la inestabilidad a Afganistán y Pakistán, en particular cuando no parece que tengamos un socio creíble en el gobierno Karzai, e intentamos llevar estabilidad a unos de los países más corruptos del mundo”, decía DeLauro.

Ésa no fue la reacción universal. Los Demócratas conservadores y los centristas y aquellos que ocupan un puesto en el Comité de las Fuerzas Armadas tendieron a ser más partidarios de la decisión de Obama. El año que viene, cuando estén destacadas las tropas adicionales y venzan las primeras facturas, probablemente haya suficientes Demócratas dispuestos a unirse a la gran mayoría de Republicanos en la financiación del incremento afgano.

Pero las lecciones de una guerra anterior en territorio asiático no pueden ser olvidadas. Cuando Lyndon Johnson escaló en Vietnam, en un principio tanto Republicanos como Demócratas le dieron su apoyo - y la opinión pública era más positiva de lo que es ahora con Afganistán.

Las deserciones empezaron a producirse en la izquierda Demócrata – donde la oposición a Obama es más visible hoy – y al final, la mayoría de los Demócratas y muchos de los Republicanos habían abandonado a Johnson a su suerte política.

Un presidente que emprende una guerra apoyada principalmente por sus enemigos políticos por encima de la oposición de un gran número dentro de su propio partido está corriendo un riesgo político enorme. Incluso si se impone durante un tiempo, pagará un precio en forma de la pérdida de sus partidarios más incondicionales.

Obama podrá decir con toda razón que durante toda su campaña dejó claro que veía una necesidad vital en seguir luchando en Afganistán. Pero obviamente no ha convencido a muchos de sus seguidores importantes hasta la fecha de que deben apoyar su punto de vista. Y a excepción del triunfo en el campo de batalla no es probable que algo les convenza de que él está en lo cierto.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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