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Etiquetas:   Carta al director  

La pertinaz desigualdad

Francisco Arias Solís
Redacción
lunes, 7 de diciembre de 2009, 06:39 h (CET)
Las relaciones entre los sexos están felizmente condenadas a la difícil igualdad desde una cuidadosa valoración de la diferencia. Tal situación se ve frenada por las obstinadas tendencias de dominio de un sexo sobre otro y sus consecuencias en el mantenimiento de opiniones de desprecio hacia la mujer en una organización social que la discrimina.

No es preciso recordar que la historia humana está escrita sobre el dominio del varón sobre la mujer. También la historia tiene alguna que otra excepción a la regla, pero, en general, la mujer es considerada como un ser humano de segunda clase.

El hombre, de acuerdo con una constante en el mundo de los vertebrados superiores dispone de una mayor fuerza física. El elemental planteamiento de “quien pueda a quien” que habitualmente se resuelve en favor del poderoso, ha constituido una diferenciación potencialmente marginadora de la mujer. En la actualidad es buena prueba de ello el frecuente caso de mujeres físicamente maltratadas por el hombre (y no viceversa), a pesar de que en nuestro país la mayoría de los malos tratos ni siquiera son denunciados.

La rica disponibilidad afectiva de la mujer que no responde a una fantasiosa imaginación romántica o a una simple estructuración cultural sino que es un aspecto mental de la diferencia biológica general y encefálica particular que se da entre los sexos en todos los vertebrados, no puede significar marginación sino enriquecimiento, salvo en el caso de que determinadas personas o culturas interesadas en la desigualdad, por miedo a perder sus privilegios, decidan marginar un sexo desde la preponderancia del otro.

La disimetría entre los sexos por lo que se refiere a las competencias reproductoras es espectacular, y ha supuesto para la mujer una situación de confinamiento reproductor. La mujer invierte en la reproducción mucho más que el hombre, desde los gametos, hasta la gestación y los primeros tiempos del desarrollo extrauterino. En el periodo de reproducción la mujer queda muy monopolizada por este quehacer que le supone el freno a su presencia en la sociedad. No obstante, esta fuente de diferenciación está sufriendo en su vertiente poblacional un cambio fundamental.

Por primera vez en la historia de la Humanidad, la reproducción ha dejado de ser una urgencia y ha pasado a una situación de regulación. Todo ello por causa de la relativa generalización de la sanidad. La extensión de la limpieza, la cloración del agua y el descubrimiento de los antibióticos han significado un cambio en la relación entre los sexos tan fuerte como el derivado de cualquier modificación ideológica; y todo ello debido a la liberación del confinamiento reproductor de la mujer facilitada por la lógica disminución del número de hijos, puede decirse en términos generales que el confinamiento reproductivo ha quedado reducido a un tercio del anterior, o lo que es equivalente que la presencia social de la mujer se ha triplicado.

Los hechos cambian pero también con extraordinaria lentitud incluso en sociedades teóricamente respetuosas de la igualdad entre sexos. No deja de ser preocupante que actualmente en Francia, uno de los países de la Unión Europea más avanzado en este aspecto, sólo un 19% de mujeres, frente a un 52% de hombres han acabado en un nivel de empleo más alto al de su comienzo, que una mujer de cada tres ha sido objeto de algún tipo de acoso sexual en el trabajo durante su vida laboral y que una de cada diez ha visto afectada su carrera profesional en sentido positivo o negativo según haya consentido o resistido a dicho acoso sexual.

Las causas del patriarcalismo van desde los genes a las ideologías y es a cada uno de los niveles que entre genes e ideas existen, que hay que aplicar un análisis racional y afectivo para establecer opiniones y relaciones dignas entre mujeres y hombres.

Por otra parte la restauración de la igualdad o su establecimiento, no sólo repara la injusta marginación femenina, sino que mejora el balance total de la organización social. La participación libre de las mujeres en la vida social y laboral puede aportar a la convivencia humana los aspectos enriquecedores que le ha hurtado la pertinaz desigualdad, más perversa que aquella otra pertinaz sequía. Y como dijo la poetisa Gloria Fuertes: “Hoy me quieres recoger... / Yo era el agua. / Yo soy el agua, / -quiero y no puedo volver-.”

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