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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Te lo confieso

Helena Trujillo Luque
Redacción
lunes, 7 de diciembre de 2009, 06:31 h (CET)
Yo estuve allí. El sábado me acicalé, cogí mi coche y me dirigí al Teatro Cervantes, no sin sortear el intenso tráfico que la tarde-noche poblaba las calles más céntricas de Málaga. No soy asidua a obras teatrales, ello no quita mi interés por este arte y mi deseo de participar, cada vez más, en la vida cultural de nuestra ciudad. Dicho y hecho, el otro día consulté la programación del teatro y bingo, una obra curiosa “Confidencias muy íntimas”, un argumento perfecto para animarse.

El teatro estaba abarrotado, qué alegría. Personas de todas las edades, jóvenes y muchos mayores, animados a pasar una entretenida noche. Se apagaron las luces, el espectáculo comenzaba. Un diván o chaise-longue destacaba en el escenario. La obra resultaba entretenida, con diálogos sencillos que no profundizaban demasiado en la vida de los personajes. Una confusión era el centro argumental del texto, confusión que dio paso a una curiosa relación entre dos personajes, uno un falso psiquiatra-psicólogo-psicoanalista y otra, la arrolladora paciente-confesora.

Tras mi alegría por sentir el protagonismo de la relación terapéutica, sobrevino mi ofuscación. No sólo confundían términos, psiquiatra-psicólogo-psicoanalista, gran error, sino que además, el verdadero psiquiatra-psicólogo-psicoanalista era un personaje despreciable y dominador, sólo interesado por el cobro de los honorarios. Me indignó el protagonismo de los prejuicios y la desinformación al respecto. Cualquier persona que haya pasado por la consulta de un verdadero psicoanalista habrá comprobado el escrupuloso respeto que este profesional profesa a sus pacientes, son importantes los honorarios, claro, como en todas las profesiones, pero una de las premisas fundamentales es que el psicoanalista no cobra, no va detrás del paciente para que éste le pague, sino que es el paciente el que paga al psicoanalista, el que necesita pagar para obtener no sólo el tratamiento, sino también la libertad.

Debajo de ese aparente carácter chistoso de la obra se escondía la idea de que todo el mundo puede escuchar y que por el mero hecho de hablar una persona se transforma y se libera de sus síntomas. Si esto fuera así, otro gallo cantaría. No reconocen que el propio paciente es el que presenta más resistencias a abandonar sus síntomas, que no son las palabras dichas de cualquier forma las que curan y que, por otro lado, el que más queda afectado por la relación es el que escucha, de ahí la importancia de la formación del psicoanalista.

Basta ya de tanta confusión. Un psicoanalista no es igual que un psicólogo o un psiquiatra. Dejémonos de comportarnos como gente inculta. A estas alturas no nos conviene. Sí, me lo pasé bien en el teatro porque sabía que luego escribiría este artículo. Pero me gustaría que el mundo supiera aprovechar lo que el mismo mundo nos da. Muchas personas necesitan tratamiento psíquico y necesitan saber a dónde acudir. No les confundamos más, leamos algunos libros, documentémonos bien, este error no ocurriría si se tratara de otras profesiones. Perdón y gracias. Hasta la próxima.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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