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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Preso del contexto

Jim Hoagland
Jim Hoagland
lunes, 7 de diciembre de 2009, 01:00 h (CET)
WASHINGTON – La ampliación de la guerra en Afganistán por parte del Presidente Obama supera los rigores de la necesidad estratégica en el extranjero y del equilibrio político en el país. Es razonable por su parte esperar que su incremento gane tiempo para mejorar las cosas, en particular en Pakistán, el teatro vital de operaciones.

Pero ni siquiera el envío a Afganistán de 30.000 efectivos estadounidenses adicionales permite comprar al presidente el poder de cambiar las cosas allí a instancias propias. Seguirá siendo prisionero del contexto, un terreno descuidado durante la explicación de su estrategia afgana revisada la pasada semana.

Obama se enfrenta a los enemigos invisibles del tiempo y la distancia en la misma medida que a los fanáticos de al-Qaeda. Las encuestas muestran un apoyo a la guerra que va de capa caída, lo cual sólo puede ser reflejo del debilitamiento de la movilización que el recuerdo de los sucesos acaecidos el 11 de septiembre de 2001 despierta en los estadounidenses.

Muchos de nosotros sufrimos este debilitamiento, sospecho, hasta cuando nos resistimos a él. Mientras caminaba por los márgenes del río Potomac una brillante mañana de noviembre hace poco, un pensamiento familiar con doble filo me vino a la cabeza: el cielo está tan claro como el 11 de Septiembre. ¿Nos sucederá un nuevo horror otro día parecido? Entonces me di cuenta de que había caminado durante 10 minutos antes de presentarse ese escalofriante fantasma.

Durante mucho tiempo, un simple vistazo o dos a un cielo prístino sin nubes sobre los edificios de la administración me transportaba instantáneamente al día que cambio el resto de la década. Ahora los recuerdos se toman su tiempo para aparecer, convirtiéndose en un asunto más propio de reflexión que de evocación. Nos acostumbramos hasta a esto, pienso con descontento.

Einstein sugirió que la división del átomo lo cambió todo, menos nuestra forma de pensar. Quizá sea el mismo caso que el 11 de Septiembre. En su discurso, el presidente reconocía el desafío que supone el paso del tiempo para sus políticas.
“Es fácil olvidar que cuando empezó esta guerra, estábamos unidos – ligados por el recuerdo reciente de un atentado horrible... me niego a aceptar la noción de que ya no podamos invocar de nuevo esa unidad”.

Pero su discurso no tuvo ese efecto unificador inmediato. La mayoría de los legisladores del Congreso encontraron rápidamente puntos de discrepancia y, aunque sin atacar a Obama, distanciarse del incremento del presidente. Políticamente, Obama salió airoso de vender una estrategia digna de intentarse – durante un tiempo.

También recibió el modesto apoyo de la OTAN, encabezado por la aportación italiana de 1.000 soldados nuevos y los nuevos despliegues polaco y británico. Pero Alemania se plantó y Francia dijo que no podía prescindir de más efectivos de sus abrumadas fuerzas. En el aire quedaba el hecho conocido de que el Presidente Nicolás Sarkozy no está de humor para hacer favores a Obama después de una serie de desaires desafortunados hechos por el líder estadounidense al Presidente de la República francesa, que durante la campaña estadounidense de 2008 llegó a extremos insospechados para ayudar a Obama.

Más significativamente, Sarkozy está cada vez más preocupado por la “americanización” de la guerra de Afganistán. El nuevo influjo de soldados estadounidenses va a plantear problemas de mando al resto de unidades extranjeras y las va a obligar a depender más de las tácticas y la estrategia estadounidenses.

Esto forma parte de un contexto que la nueva estrategia de Obama no afronta directamente. Y una omisión aún más llamativa la noche del martes fue la de cualquier debate exhaustivo del incremento de efectivos civiles que se supone van a acompañar al destacamento militar y proporcionar mejores condiciones de vida y una mejor administración pública.

El asunto fue minimizado, sospecho, porque no hay aún acuerdo entre los asesores del presidente o los miembros de la OTAN en la forma en que el actual flujo ineficaz de ayuda financiera y sostén técnico del extranjero al gobierno del Presidente Hamid Karzai debe reorganizarse.

Se han hecho progresos en el establecimiento de una agencia de supervisión internacional en Kabul para combatir la corrupción. Pero se oyen claras voces discordantes en Europa contra las sugerencias administrativas que dicen que una autoridad encabezada por Estados Unidos debe asumir las competencias y coordinar los programas civiles, incluyendo a los de Naciones Unidas, en Afganistán.

Finalmente, la nueva estrategia del presidente fracasa a la hora de enfatizar que el contexto que rodeó los acontecimientos del 11 de Septiembre sigue presente, y limita sus acciones, incluso si la fuerza de los acontecimientos transcurridos en esa fecha se disipa.

Es un contexto de fundamentalismo islámico alimentado no sólo en Afganistán y el vecino Pakistán, sino también en Arabia Saudí, Yemen, Egipto y los demás países que Estados Unidos encuentra imposible invadir o atacar. Estamos condenados a combatir a al-Qaeda sobre el terreno en Afganistán con una fuerza cada vez mayor porque no podemos luchar contra ella directamente en el campo de batalla de otros lugares. Bienvenido a la paradójica situación en la que se encuentra Obama.

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