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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Nueva ofensiva de las sotanas

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 7 de diciembre de 2009, 00:57 h (CET)
Cuando todavía no se han acallado los ecos de las amenazas de excomunión que penden sobre los “padres de la patria” que voten a favor la nueva Ley del Aborto, la carcunda eclesial vuelve a la carga esta vez con motivo de la proposición no de ley aprobada hace pocos días en el Congreso de los Diputados por la que se instaba al Gobierno a retirar los signos religiosos católicos de los colegios públicos. Con el tema de la Ley que regula la interrupción de embarazos no deseados los monseñores cargaron sus hisopos con anatemas y excomuniones amenazando a diestro y siniestro y algunas señorías, comenzando por el Presidente del Congreso, comenzaron a notar un leve temblor de piernas pensando en qué ocurriría el día que, como hacen habitualmente, acudieran a recibir el cuerpo de Cristo bajo la blanca forma de la oblea. Más de uno teme tener que pasar por la afrenta pública de ver cómo el sacerdote de turno le niega el alimento espiritual ante sus conciudadanos que, seguramente, a partir de ese momento le mirarían como a un rojo Satanás oliendo a azufre en lugar de a las caras fragancias que, tal vez, habitualmente utilizan.

Entre el Cardenal Rouco Varela y el Obispo Auxiliar de Madrid Martínez Camino les han metido el miedo en el cuerpo al grito de “vade retro Satanás” y todo por haber dejado durante tantos años que la Iglesia se mezclara y mangoneara en los asuntos de la sociedad civil como si todavía estuviéramos en aquellos negros años en los que aquel bajito dictador entraba bajo palio en las iglesias. Fue llegar Rodriguez Zapatero al poder político y los monseñores tocaron generala poniendo en guardia sus fieles mesnadas, manifestación tras manifestación cada sábado llenaban las calles con sus feligreses atacando al Gobierno mientras iban llenando sus arcas con el dinero que vía impuestos ese mismo Gobierno les iba destinando, y el Gobierno miraba hacia otro lado como si con él no fuera la cosa.

No creo que las amenazas de los purpurados lleguen a ramos de bendecir, por seguir con los símiles religiosos, me parece que más bien todo ha sido una baladronada dirigida a acongojar a los representantes del poder político y a sembrar cizaña entre ellos. Al fin y al cabo la Iglesia tiene mucha porquería escondida debajo de las alfombras, tan sólo por poner algún que otro ejemplo me referiré a la anulación de matrimonios de gente normal, pero también de nobles y famosos del mundo del colorín, por el Tribunal de la Rota mediante pago de onerosos estipendios, los flagrantes casos de pederastia dados en su seno, las simonías y nepotismos ocurridos a lo largo de la historia, la ostentación del poder y los oropeles vaticanistas cuando tantos millones mueren de hambre o la condena de los métodos preventivos del Sida entre otras cosas.

Pasado el momento álgido de la lucha contra la Ley que permite, en ciertos casos, la interrupción de embarazos no deseados ahora han abierto un nuevo frente defendiendo la obligatoria permanencia de los crucifijos en las aulas. Una proposición no de Ley aprobada estos días por el Congreso de los Diputados insta al Gobierno a su retirada pero los asotanados y sus voceros ya andan levantiscos contra todo el que se muestre de acuerdo en que la pared del aula se mantenga limpia de signos de cualquier religión. Habría que recordar a la autoridad eclesiástica que ya en 1984 el Tribunal Constitucional falló a favor de la retirada de signos religiosos en las aulas y que recientemente el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo se ha pronunciado en el mismo sentido estimando que la presencia de signos como crucifijos es una “violación de los derechos de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones” y un ataque a “la libertad de religión de los alumnos”.

Yo pasé parte de mi infancia en un colegio religioso donde al levantar la vista hacia la tarima en la que estaba el profesor siempre veía el mismo panorama, las fotos que nunca envejecieron con el paso de los años de Franco y José Antonio y entre ellas un Cristo que según nos explicaba murió para salvarnos pero que, según los cánticos que entonábamos, estaba “eternamente enojado”. Nos enseñaron una religión de miedo y castigo, no de amor y permisividad, ese miedo y castigo con pena de excomunión que ahora agitan los monseñores ante los representantes elegidos por el pueblo. Tal vez el Cardenal Rouco y Martínez Camino no fueron a clase el día que les tocaba estudiar en la Biblia aquel capítulo de Mateo, el 18.22 donde a la pregunta de cuántas veces se debe perdonar a una pecador Jesucristo responde “no te digo hasta siete, sino aún hasta setenta veces siete”. Desde el poder religioso se sigue esgrimiendo el temor para tener bien amarrados a los fieles.

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