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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Cultura legal

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
sábado, 5 de diciembre de 2009, 09:46 h (CET)
El problema de la Cultura cuando alcanza las riberas de lo legislativo es la falta de claridad de ideas de los políticos, quién sabe si por incultura. Para empezar, ningún político parece entender que una sociedad es ni más ni menos que su cultura, precisamente, y que ellos, de todas, todas, son, en consecuencia, los valedores de la cultura y no sus detractores, limitadores o manipuladores para que los beneficios de ésta recaigan sobre unas pocas manos. No estaría de más, llegados a este punto, recordarles a nuestros políticos que Cultura es el conjunto de usos y costumbres de una sociedad, incluidos, por supuesto, sus modos de expresión. Limitar, pues, la cultura, es ni más ni menos que limitar a la sociedad, y a eso se le ha dado históricamente el nombre de fascismo; esto es, el dirigismo totalitario (legal) estatal y la implantación de una economía dirigista, ¿Les suena?... Para mí que el PSOE está perdiendo los papeles..., si es que alguna vez los tuvo.

El meollo de la cuestión legalista que la señora Sinde pretende implantar en el ámbito de la Cultura por instrucciones dimanadas de su partido, las cuales dimanan a su vez de oscuras logias que, pasito a paso, pretenden implantar un nuevo orden totalitario, es el beneficio de unos cuantos cejilleros que proporcionan a su tendencia (porque nos tiende a todos) una supuesta cobertura chic, in, pop y de lo más modelna y populista, aun cargándose por vía legal el derecho de los ciudadanos a sus propios usos y costumbres, que es decir a su propia definición de su propia cultura. Una trampa legalista que no sólo coarta y limita le evolución expresiva de la sociedad, sino que la pone en mano de grupos psudohampones como la SGAE, además de sentar las bases para un control de pensamiento social y de las libertades individuales, por cuanto pretende que simples comités ideológicos puedan dirimir qué es legal o conveniente y qué no lo es. Fascismo en estado puro, en fin.

Como autor –que lo soy- tengo derecho a mi propiedad intelectual, pero no a cobrar porque un ciudadano repita una frase de mi obra o porque fotocopie unas páginas de cualquiera de mis novelas. Todo lo más, y puesto que no puede o no quiere pagar una obra encuadernada y puesta a la venta en una librería, me sentiría orgulloso de que haya personas como él o ella que se toman tales molestias porque mi obra se difunda, dando así sentido a mi propia vida, pues que autor nací y mi único propósito en mi vida es difundir mi pensamiento, en tanto que creo que aporta algo interesante a la sociedad que habito, me contiene y me ha proporcionado los materiales que me constituyen. He de cobrar por lo que vendo, sí, pero no por lo que soy o por lo que mis congéneres usen de mí. Nunca pagué por hablar, aunque yo no inventé el lenguaje, ni aún por escribir o por aprender de mis maestros literarios las técnicas de expresión que me caracterizan. ¿Habría de pagar un autor por usar, verbigracia, el realismo mágico como medio de expresión?..., ¿y un matemático por aprender la Teoría General de la Relatividad?..., ¿y un niño por aprender a sumar?..., ¿y un cantautor por haber aprendido a tocar la guitarra?... ¿Qué, por al amor del cielo, ha inventado un músico moderno de la ceja y el lametón, más allá de un absurdo sonsonete de cuatro notas trastrabadas?

No hace falta ser un talento muy especial para comprender que esto que pretende el PSOE-Sinde es un auténtico despropósito. Cuando un autor construye una obra, sea éste un sandunguero coplista o un rigorista y sesudo literato, debe percibir haberes por aquellos ejemplares de su obra que se venden en un formato determinado, que es el negocio de editoriales, discográficas o lo que sea, pero no por un pensamiento o una construcción que ha sido desarrollada en base a conocimientos y experiencias proporcionados por la propia sociedad en la que vive. Si yo como autor he escrito una novela memorable, ha sido porque me inspiro en mi cultura y mi sociedad, tomo como referencias y aun como personajes a miembros de mi sociedad, y lo único que es propiamente mío es la síntesis de ese pensamiento mío que pretender revertir en el conjunto de mi sociedad. Bien está, pues, que cobre porque alguien compre eso encuadernado, pero si yo cobrara porque alguien repite una frase o un postulado mío, debería yo pagar previamente a la misma sociedad por haberme proporcionado los mampuestos de mi obra. Es de tal punto descabellado el tramposo artificio legalista que pretende implantar el PSOE-Sinde, que de ninguna manera puede ser clasificado de otro modo que como un abuso fascista.

Su desquicio llega tan lejos que incluso pretenden evitar que la cultura se difunda libremente por Internet en esas webs o páginas de intercambio, que como muy acertadamente ha expresado el PP -¡quién lo iba a decir!-, son minúsculos medios de comunicación. Es una definición tan exacta que sobran los comentarios. Impedir semejante cosa, es ni más ni menos que erigirse en señores del pensamiento de la sociedad, tenga esta libertad el costo que tenga, y aun siendo que eliminara de facto a las editoriales o a las discográficas. ¿Acaso no puede elegir la sociedad sus propios caminos culturales?...; pero, es más: ¿qué autor dejaría de serlo porque no percibiera retribución por ser lo que es?.... Si hubiera alguno, sería lo que fuera, menos autor. La obra creativa de un autor no cesa por falta de haberes, ítem más, se incrementa.

Por otra parte, que los cejilleros ésos que viven todavía a costa de lo que hicieron cuando había un dictador que les nutrió de haberes y que han demostrado que sin él no son nada ni nadie, deberían revertir buena parte de cuanto tienen a Franco, pues que gracias a él son lo que son. Estos autores deben su naturaleza al momento, al instante social y no a un talento que les haga merecedores de bienes eternos como si hubieran inventado la cuadratura del círculo. Son –somos- productos de nuestro tiempo, y, por ello mismo, a nuestro tiempo le debemos todos nuestros derechos. Cada uno. “Sol solus non soli” (“Sólo un sol, pero no sólo para algunos”): una frase tan hermosa que, por más que sea de un autor, es patrimonio de la humanidad y por la que no debemos pagar derechos de autor. Sólo los necios pueden pretender que su pensamiento sea sólo suyo o creer que de la nada extrajeron algo. Los hombres no creamos, sino que sólo elaboramos a partir de otros materiales. Sólo el Gran Autor puede cobrarnos derechos, y, sin embargo, no lo hace.

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