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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

El momento anti-Facebook de Tiger

Ruth Marcus
Ruth Marcus
sábado, 5 de diciembre de 2009, 16:45 h (CET)
WASHINGTON -- Tiger, no digas una palabra. Ni una. El futuro de la civilización - como tal - depende de ello.

Exagerado, pero reviste un problema serio: el decidido silencio de Woods tras su encuentro a altas horas de la noche con una boca de incendios es un oportuno antídoto a la cultura del famoseo.

Woods está en las antípodas de los repulsivos intrusos de la Casa Blanca. Ellos anhelan la fama y parecen dispuestos a hacer lo que sea, sin importar lo humillante que sea, para alcanzarla. Él está nadando en fama y anhela la privacidad – tanto que en la práctica ha elegido bautizar a su yate de 100 metros de eslora de esta forma. A él le gusta el buceo, dijo una vez, porque “los peces no saben quién soy”.

Michaele Salahi, la intrusa de la Casa Blanca, se habría hecho fotos con el pez – y las habría subido a su página de Facebook. "MICHAELE junto a pez payaso en una exclusiva fiesta acuática".

Tras lo que llamó delicadamente “accidente de circulación”, Woods hizo una declaración asertivamente oscura.

La “situación", según sus propias palabras, “es culpa mía, y evidentemente es motivo de vergüenza para mi familia y para mí. Soy humano y no soy perfecto...

Se trata de un asunto privado y quiero que siga siéndolo. Aunque entiendo que haya curiosidad, los muchos rumores falsos, infundados y maliciosos que circulan actualmente sobre mi familia y yo son irresponsables... Me gustaría pedir cierta comprensión ya que mi familia y yo nos merecemos la privacidad sin importar lo intrusiva que pueda resultar cierta gente”.

Esto, aparentemente, no forma parte del manual de encuentros con famosos, en el que el encuentro tiene que acompañarse, instantáneamente, de una confesión televisada. O del formulario de registro en rehabilitación. O de ambas cosas.

Saber todo lo que un famoso hizo ayer se ha convertido en saber lo que hace a cada minuto. “Quiero estar solo” encaja en el límite de 140 caracteres de Tweeter, pero no en la mentalidad moderna dentro de la cual la única opción real es si vender la información a People o a USWeekly.

No estoy presionada al afirmar esto por el conocimiento (a) del golf o (b) de Woods, y entiendo que, con muchos de mis colegas de la redacción deportiva, Woods está pagando el precio de su actitud grosera. ¿O tiene derecho a la grosería? La columnista deportiva del Washington Post Sally Jenkins describió en una ocasión la postura de Woods como la de “una princesa veneciana venida a menos”.

La columna post-accidente firmada por Jenkins fue un devastador, bien redactado - y hasta donde sé, bien merecido - bofetón: “el hecho de que me haya embolsado mil millones de dólares por ser un famoso, en premios, bolos y patrocinadores”, dice Jenkins como si fuera Tiger, “no significa que cualquiera, en la policía y los medios en particular, pueda plantear cuestiones perfectamente razonables que yo no tengo intención de responder nunca, puesto que tales confesiones aparentemente revelan que no soy por completo quien digo ser”.

Ciertamente la policía puede hacer las preguntas que quiera, y exigir respuestas que legalmente puedan exigir. Desde luego que los patrocinadores tienen en cuenta el comportamiento público de su figura al decidir si quieren su representación. Pero ¿embolsarse mil millones de dólares significa que estás obligado a dar detalles personales íntimos?

Se produce una desaparición de la diferencia entre figura pública y funcionario público, entre conducta potencialmente delictiva y un pecado puntual. Si Woods fuera un funcionario electo – digamos el gobernador de Carolina del Sur que desapareció para ir a visitar a su amante argentina, o el gobernador de Nueva York en una habitación de hotel con una prostituta – la opinión pública tendría derecho a saber lo que estaba haciendo a las 2 de la mañana.

Si fuera una figura pública acusada de un delito – Michael Vick y las peleas de perros; Chris Brown y la violencia conyugal -- habría un interés público legítimo en desentrañar los hechos. Si fuera un aspirante a famoso que evidentemente despertó un escándalo y pudiera haber cometido un delito -- Michaele y Tareq Salahi vienen a la cabeza – tendríamos toda la razón del mundo al pedir una explicación.

Y si Woods decidiera, al estilo David Letterman, que su honor está mejor protegido mediante una admisión de culpa preventiva en directo, estaría bien – aunque por mi parte, me alegro de ahorrarme otro momento sofá insoportable a lo Hugh Grant en Leno. Es su decisión, no su obligación. Que conste, alto y claro: incluso si como afirma presuntamente el National Enquirer, Woods estaba teniendo una aventura con una anfitriona de local nocturno de Nueva York – hay diferencia entre un comportamiento adúltero y mantener relaciones con personas que trabajan para ti.

En cuanto al comportamiento de Tiger, no tengo ni idea. Me importa un rábano. Agradezco que Tiger no dé detalles.

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