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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Último cotilleo

Kathleen Parker
Kathleen Parker
sábado, 5 de diciembre de 2009, 09:43 h (CET)
WASHINGTON - El frenesí informativo por conocer los detalles del pequeño encuentro de Tiger Woods con una boca de incendios ha elevado el voyerismo a nuevas cotas.

¿A dónde iba a las 2:25 de la madrugada? ¿Por qué no llevaba zapatos? ¿Por qué estaba su mujer haciendo añicos el parabrisas de su Cadillac Escalade con un palo de golf del nueve?

Las mentes curiosas quieren saber al parecer todo esto y más. Y los insaciables y omnipresentes medios de comunicación – desde la superficial blogosfera a las tertulianas de la sobremesa en el cable – están encantados de atender la demanda.

¿Podemos interrumpir este terrible episodio en la vida privada de un jugador de golf profesional para señalar que no es asunto de nadie? No es última hora. Es el último cotilleo.

La información finalizaba con una crónica que decía que Woods se había empotrado contra una boca de incendios en las inmediaciones de su residencia de Windermere, Florida, y que a causa de las heridas sufridas había decidido no jugar en su propio torneo. Esto debería bastar.

Por el contrario llegan en tropel los “expertos”, miles de los cuales deben de vivir en barracones subterráneos cercanos a los estudios de televisión – esperando a la siguiente calamidad, o tal vez enviando resúmenes informativos sugiriendo nuevos ángulos de la información.

Yo recibo una docena al día: “Si está pensando en escribir sobre tal o cual asunto, puede que le interese hablar de esto y aquello”.

De esta forma, los expertos en gestión de crisis ocupan franja horaria, hablando sin venir a cuento de lo que Woods debería hacer para proteger su imagen pública. ¡Los rumores, después de todo, podrían resultar ser ciertos!

(BEG ITAL)Pssst:(END ITAL) Puede que haya tenido una aventura. (BEG ITAL)Psssst:(END ITAL) Su mujer podría haberle hecho añicos el parabrisas por despecho en lugar de por intentar sacarle del coche. (BEG ITAL)Pssst:(END ITAL) Su (presunta) amante...

Qué cosas, Woods, el deportista más rico del planeta Tierra, ha disfrutado de una imagen impoluta que ahora se está viendo manchada por -- ¿qué? Insinuaciones y rumores de esa lengua viperina y difamatoria, la fuente anónima.

Entre las numerosas observaciones ridículas hechas durante el último par de días está que los estadounidenses perdonan cualquier cosa con tal de que la gente tenga su dosis de morbo. La implicación es que Tiger será perdonado por su transgresión, cualquiera que sea, sólo si NOS CUENTA LOS DETALLES JUGOSOS.

Por Dios bendito, Tiger, cuéntalo para que podamos volver a nuestras vidas cotidianas. O para que, Dios nos coja confesados, nos centremos en la perspectiva de que 30.000 estadounidenses más sean enviados a Afganistán.

La idea de que Woods debe a América una explicación se basa únicamente en el hecho de que es un famoso. Lo que significa que algún porcentaje de estadounidenses le adora, o al menos adora su sorprendente talento, y por tanto se siente con derecho a examinar con lupa su vida privada. Su enorme éxito - 71 PGA Tour, incluyendo 14 grandes campeonatos y 1.000 millones en ingresos de las victorias y la publicidad – le convierte en una especie de fundación pública de la que los curiosos esperan dividendos. Han ofrecido su diezmo en el altar de Tiger Woods y ahora esperan a cambio los detalles escabrosos.

La obsesión con los famosos está cortada del mismo patrón que la política de las minorías. Tiger no es uno de nosotros, pero claramente es (BEG ITAL)uno de los nuestros(END ITAL) – uno de esos personajes únicos de la historia estadounidense que hace que nos sintamos bien con nosotros mismos. Un crisol de culturas con patas, el Sueño Americano personificado, que creció en las televisiones de nuestros salones rompiendo por el camino récords y corazones.
Nosotros le encumbramos al Monte Olimpo. ¿Cómo se atreve él a caer?

Ser famoso en América ya no significa que se es admirado por los logros. Significa ser propiedad de las masas. Las estrellas pueden brillar, pero su destello depende de la mirada de aquellos menos afortunados. Como saben todos los gladiadores, la gente es inconstante. Como César, suben o bajan sus pulgares en respuesta a sus propias heridas narcisistas. Al negar la entrada a su santuario a los rumores, Woods ha invitado a una reunión de cuervos.

Consuela pensar que la mayoría de los estadounidenses no piensa realmente que los problemas personales de alguien son asunto suyo. Tiger, después de todo, no se está postulando para ocupar ningún cargo público. No está dirigiendo ninguna congregación desde el ejemplo. No está cambiando confianza por dinero, excepto en la medida en que la gente le paga por verle hacer lo que no sabe hacer ningún otro ser humano.

¿Podríamos darle menos importancia si salen a la luz más detalles que confirman los rumores? Cada mochuelo a su olivo. Pero alguien, en alguna parte de este oscuro camino a la privacidad perdida tiene que gritar, “es suficiente”.

Mi propia afición, y eslogan de golf, puede resumirse como sigue: no me importa si la pelota entra en el hoyo. Pero Tiger Woods va a ser mi héroe toda la vida si cierra la puerta y manda a los voyeurs por el camino habitualmente jalonado de buenas intenciones.

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