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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group  

La descafeinada estrategia de Obama

E. J. Dionne
E. J. Dionne
viernes, 4 de diciembre de 2009, 06:15 h (CET)
WASHINGTON - El presidente Obama ha ganado algo de tiempo en Afganistán y ha cumplido su promesa de buscar políticas que no se enmarquen en la filosofía de nadie. También ha dividido a su propio partido y reducido el entusiasmo de sus aliados naturales, pero aun así no ha cosechado ningún mérito duradero entre sus adversarios internos.

Con estos resultados, la estrategia de incremento y retirada de Obama es a la vez audaz y políticamente arriesgada.

Esta opinión cuestiona la descripción generalizada de su discurso la noche del martes como llamamiento político calculadamente equilibrado. Hubo cálculo en un discurso pero tenía que ver con ganar apoyos para su política, no con la ventaja electoral. En la cuestión de impulsar las posibilidades de elección de los Demócratas que concurren al Congreso el año que viene, el discurso fue un desastre neto.

Obama intentó identificar el término medio ofreciendo una estrategia descafeinada: ni demasiado militarista ni demasiado pacifista, sino en su justa medida. Aseguró oportunamente a los pacifistas que no tenía ningún interés en “una escalada dramática indefinida de nuestro esfuerzo bélico”, al tiempo que insistía a los militaristas en que “nuestra seguridad está en juego en Afganistán y Pakistán”.

Sostuvo que la única forma de acelerar nuestra marcha de Afganistán es acelerar la entrada de 30.000 soldados hoy para “dar un vuelco a la ventaja de los talibanes”. Durante los años de Vietnam, muchos hablaban de la elección “ganar o marcharse”. La elección de Obama es un plan consistente en “dejar de perder para podernos ir”.

Pero en nuestro actual clima político, aquellos que buscan el término medio son generalmente criticados desde todos los frentes. Esto sucede especialmente en política exterior, un terreno fuertemente politizado durante la presidencia de George W. Bush. La política ya no se detiene antes de correr la sangre; ahí es donde empieza.

Obama habló bastante de poner fin “al cinismo y el rencor y el partidismo que durante los últimos tiempos han envenenado nuestro discurso nacional”. A la luz de la reacción a su discurso, sólo cabe decir: buena suerte.

Hasta los Demócratas otrora partidarios del intervencionismo en política exterior se han visto refutados por la extralimitación de los años Bush. Howard Berman, Demócrata de California y presidente del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara, fue revelador – y honesto – cuando antes del discurso de Obama declaraba al Politico: “no soy tan partidario de entrar en guerras como solía ser".

Lo que dijo Obama en West Point acerca de Afganistán no habría sido considerado polémico en absoluto antes de la larga ocupación de Irak. Ahora la mitad o más del propio partido de Obama quiere poner fin cuanto antes a la guerra afgana. Probablemente no se someta a votación en el Congreso la financiación del nuevo incremento hasta la primavera porque los líderes Demócratas, particularmente los de la Cámara, saben de primera mano la oposición que hay entre sus filas.

Pero la respuesta del Partido Republicano fue tibia. Muchos Republicanos celebraron los compromisos de efectivos, pero a continuación pasaron rápidamente a la ofensiva, especialmente a cuenta de la insistencia de Obama en que podríamos empezar a retirar fuerzas hacia julio de 2011.

“Si informas al enemigo de cuándo te marchas, ello refuerza a tus enemigos y desalienta a tus aliados”, explicaba el Senador John McCain a la cadena CBS la mañana del miércoles plasmando la crítica común Republicana. Otros se molestaron ante las críticas a Bush vertidas por Obama por descuidar Afganistán en favor de Irak.

Observe lo que está sucediendo aquí: los esfuerzos de Obama por persuadir a los escépticos suficientes – en especial dentro de su propio partido – imponiendo un límite a la duración de nuestra estancia e intentando diferenciar a Afganistán de Irak no hizo sino granjearle la reprimenda del otro partido. Obama pierde el apoyo de los militaristas al intentar satisfacer a los pacifistas; intentando agradar a los militaristas, pierde el apoyo de los pacifistas. Los sabios que predican las virtudes del término medio no tienen un gran mercado últimamente.

Pero la paradoja es que al asumir todo este trance político, Obama triunfará en su objetivo a corto plazo de consolidar el apoyo suficiente para mantener en marcha la batalla en Afganistán y dar una oportunidad al incremento. Si el tiempo le da la razón en que se pueden hacer progresos rápidamente y que las tropas pueden empezar a retirarse, la oposición política retrocederá terreno. Si la política fracasa o no avanza, le va a salir muy caro.

Que los Demócratas no estén divididos en dos sino en tres frentes ayuda a Obama: un reducido grupo de militaristas que convienen con su decisión; una gran cantidad de pacifistas que se oponen a ella; y un grupo significativo incómodo con la elección de Obama pero que respeta la forma y el motivo de que la tomara. “Dios, espero que acierte” fueron las palabras que se escucharon a varios Demócratas, manifestando exactamente la mezcla de fe, esperanza y dudas que caracteriza a este grupo políticamente decisivo.

Estos Demócratas saben que las consecuencias políticas de esto serán malas a menos que la política termine por dar buenos resultados. Están predicando que Obama sabe lo que hace. Por el momento, van a tener que darle este año y medio de plazo.

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