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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group  

Combatir el extremismo con buenos modales

E. J. Dionne
E. J. Dionne
miércoles, 2 de diciembre de 2009, 07:50 h (CET)
WASHINGTON – El aspecto más sorprendente y decepcionante de nuestro discurso político es la escasa repercusión que ha tenido la retórica vil y extrema que ha caracterizado a un gran sector del movimiento anti-Obama.

La administración del Presidente Obama ha ignorado en gran medida a aquellos que le acusan de “fascismo” y “comunismo”, pensando supuestamente que la contención en la defensa de la dignidad no es ningún pecado.

Los políticos Republicanos, preocupados por futuros combates de primarias, han sido reacios a responder en enfrentamientos con una derecha radical que parece la parte más movilizada de su partido. Su “moderación” ha consistido en una corrección maligna a los extremistas, y en acusar al presidente Obama de “socialismo” simplemente.

Y así es que los primeros llamamientos a la moderación genuina han salido de un caballero que en la práctica carece de partido, y cuya propia conducta y carrera son definiciones de templanza.

Jim Leach pasó 30 años siendo un congresista Republicano de propio cuño. Si esto implicaba plantar cara casi en solitario a su caucus, no tuvo ningún problema en hacerlo.

Pero nunca hizo gala de ello, como corresponde a un tipo extravagante subestimado. El look Leach característico consiste en un jersey cómodo muy usado bajo una americana, con independencia de la estación. Está casi tan pasado como el personaje de Mr. Chips, el cariñoso y contenido director victoriano héroe de la novela de 1934 de James Hilton.

Leach perdió su escaño por Iowa en la marea Demócrata de 2006, pero salió más aliviado que amargado. Optó por la enseñanza, en lugar del tráfico de influencias con los grupos de presión que es favorito entre los políticos que salen derrotados, y en 2008 tomó parte en el acto definitivo de un rebelde (uno verdadero) al convertirse en un Republicano por Obama. El nuevo presidente a su vez eligió a Leach presidente de la Fundación Nacional de Humanidades.

Fue en este papel que Leach ofreció su crítica al extremismo en un discurso pronunciado en el Club Nacional de Prensa, titulado “Uniendo culturas” unos cuantos días antes de Acción de Gracias. Merece más atención de la que ha recibido.

“Poco hay más importante para la principal democracia del mundo en estos tiempos de cambio intensivo”, decía Leach, “que establecer una ética de reflexión y decencia de la expresión en la esfera pública.

“Si no intentamos entender y respetar a los demás, ¿cómo podemos esperar que nos respeten, a nuestros valores y nuestro estilo de vida?”

Pero nuestra política contradice la práctica de algo remotamente parecido a los modales, una palabra que Leach tiene tanto derecho a utilizar como cualquiera en la vida pública.

“Es particularmente difícil no estar preocupado por las costumbres en la vida pública estadounidense y la discordante retórica de nuestra política”, afirmaba. “Las palabras reflejan tanto emoción como significado. Ellas aclaran – u oscurecen – el pensamiento y suscitan la acción, en ocasiones sacando lo mejor de nuestra naturaleza, y en ocasiones nuestros instintos más bajos”.
¿Pero qué estamos haciendo en esta gran democracia? “Los funcionarios públicos”, observaba Leach, “están siendo tachados de ‘fascistas’ o de ‘comunistas’. Y más barrocamente, figuras relevantes del ámbito público han jugado con episodios de la historia repletos de radicalismo – la noción de ‘secesión’”. Esto último es una referencia a la iniciativa del gobernador de Texas Rick Perry por postularse a la reelección invocando un concepto que habría tenido que quedar desacreditado en 1865.

Leach no tiene ningún problema con un intenso debate, pero es cierto que mucho de lo que se hace pasar por debate ahora mismo tiene más de calumnia.

“Hay, después de todo, una gran diferencia entre tener una idea fiscal o sanitaria o de gasto público concreta”, decía, “y afirmar que un estadounidense que apoya ese enfoque o que es miembro de un partido político diferente es defensor de alguna de las corrientes políticas de odio que se acompañan de gulags y campos de concentración. Un marco de pensamiento define ideas rivales; el otro, enemigos”.

Como resultado, “los ciudadanos de diversas orientaciones filosóficas reflejan una falta de respeto hacia sus conciudadanos creciente y por tanto al gobierno democrático moderno”.

Leach aún tiene mucho de viejo Republicano moderno, y se muestra crítico con un sistema que, al crear tantos escaños seguros, ha generado considerables incentivos a que los políticos “se alejen firmemente del centro”. Añade: “La polarización institucional es el resultado inevitable”. También es cierto.

El discurso de Leach es el acto de apertura de una gira nacional, y mi impresión es que este hombre muy educado puede despertar a airadas críticas por el camino. Es raro que un llamamiento a pensar en el respeto mutuo pueda convertirse en una empresa polémica. Ese es precisamente el motivo de que el testimonio de moderación de Leach exija una dosis nada moderada de valor.

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