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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La repercusión de lo inmediato

Antonio Pérez (Madrid)
Redacción
martes, 1 de diciembre de 2009, 04:46 h (CET)
Sabemos que cada vez proliferan más los productos, asociados al consumo inmediato, envasados en los conocidos “abre fácil”.

En un principio, y a pesar de mi naturaleza poco tendente a la disciplina, cuando me disponía a liberar el preciado contenido siempre lo hacía siguiendo las instrucciones; por el lugar indicado.

Sin embargo, una empresa fácil en apariencia, se complicaba al pellizcar insistentemente con mis propias “tenazas”, ya sin uñas salientes - fruto de la corrosión y nerviosismo, accidentadas por la constante fricción con mis molares y escupidas tras haber sido suficientemente saboreadas – a un enemigo que no estaba dispuesto a deshacerse de lo que ocultaba en su interior.

Sea porque la herramienta no se encontrase en buen uso o por mi latente ineptitud, lo cierto es que mi ansiedad y nerviosismo aumentaban a medida que no conseguía mi propósito. Tanto es así, que el constante vaivén del recipiente y el orificio o apertura irregularmente ocasionados - insuficiente para extraer el ansiado botín -, provocaba un vertido de fluidos que tiznaban todo lo que había a su alrededor, incluido a mí mismo, hasta quedar depositados a mis pies. A continuación, con un monumental enfado, comenzaría a reparar los daños. La ropa, obviamente, no serviría para la inspección de quien gusta salir perfectamente inmaculado y el, suelo, se tornaría resbaladizo tras una friega urgente con el papel de cocina. Todo ello sin mencionar la amarga sensación sufrida tras el continuo y desagradable chasquido (cabría mencionarse la repercusión sobre nuestra presumiblemente formada identidad tras la repetida derrota sufrida en la infancia al no haber conseguido romper una bolsa de crujientes pipas) de mi dentadura que, aunque visiblemente deteriorada, aún cumple una función insustituible y que no quisiera, por el bien de mi exiguo bolsillo, tener que someter al examen y puesta a punto de cierto sector de profesionales no precisamente en la indigencia.

De modo que, ahora, no sólo no sigo las instrucciones de apertura de los envases, sino que aplico con las tijeras de podar – que siempre mantengo en un lugar visible - un golpe certero donde primero se me antoja, logrando, de este modo, poner límite a un creciente complejo de inferioridad que podría derivar en una crisis personal aguda necesitada de atención profesional y, también, dar rienda a un desahogo – hay pocas ocasiones para ello – sumamente útil para afrontar los problemas más diversos.

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